martes, 18 de abril de 2017

Sobre el miedo y su evolución. Parte 3 y última.

Por: Gustavo Torres G.

Miedo a ser uno mismo.
Tras la prolongadísima pausa hecha entre la parte intermedia y esta, la última, no es pretexto el hecho de no saber cuál de todos los miedos está inminentemente presente en la humanidad tal como la conocemos, simplemente había que madurar cómo plantearlo desde un lugar objetivo, no irascible. Finalmente caí en la cuenta que la tendencia a la asociación como mecanismo de supervivencia social es un poderoso motor constructor de grupos, donde de hecho, muchísimas prácticas formativas en edades generalmente tempranas contribuyen a estructurar la faz con la cual el individuo pueda ser aceptado en los contextos que enfrentará a lo largo de su vida.

Se ha dicho en dosmil ensayos este asunto de “la faz” como la máscara que utilizamos para mostrarnos a otros; pocos evidencian su verdadero yo por temor a desencajar, a ser señalado, a romper lazos (reales y posibles). ¿Qué tan grave es no ser parte del grupo? Cada cual valora la respuesta de acuerdo a sus recursos alternativos, dígase educación desde la familia, formación académica, círculos sociales tempranos, experiencias y, por supuesto, decisión propia. La relación más importante de cualquiera empieza por sí mismo, y es el olvido de esto lo que provoca la enajenante y permanente tentación de olvidarse para entregar el todo a la manada. Nietzche, en total uso de conciencia dijo: “El individuo ha luchado siempre para no ser absorbido por la tribu. Si lo intentas, a menudo estarás solo y a veces asustado. Pero ningún precio es demasiado alto por el privilegio de ser uno mismo”. Esta es la referencia que no resulta obvia para muchos, imposible para otros, ¿debería negar el deseo de pertenencia? No creo que sea factible dada nuestra naturaleza, tampoco enaltezco el antisocialismo, el punto es reconocer como superior la necesidad de autenticidad, en una cultura que además castiga al aislado.

La gran paradoja de la unidad mínima de grupo (dos) es que en esta sociedad clonificada, el miedo a perder la “individualidad” a la hora de complementar en pareja va en el equívoco entendido de que estar con otro implica dejar de ser uno. Nada más falso. En la colección de vértices que nos envuelven, la alegría de crecer personal, espiritualmente, es increíble cuando se vivencia en par, con un compañero o compañera de vida, según sea el gusto, así que “la paradoja del amor es, ser uno mismo, sin dejar de ser dos”, según el filósofo Erich Fromm. ¿Qué individualidad se tiene miedo de perder entonces? ¿Una armada de clichés y esfuerzos por encajar? Como lo mencioné en la primera parte de este texto, para muchos es mayor el miedo a quedar solo, que a la mismísima muerte. Incongruencias de la temeridad.

No debe confundirse el afán de encuentro de sí con ego ni aislamiento, es imposible separarnos del resto, el inmortal Borges proyectaba “… soy todos los libros que he leído, toda la gente que he conocido, todas la mujeres que he amado, todas la ciudades que he visto, todos mis antepasados… ”. La pintura de la vida requiere de trazos en diferentes ángulos, cada uno con su propia raíz; si bien el propio Jodorowsky hablaba de la “jaula mental” en referencia al individualismo, queda claro que tampoco somos una colonia de esporas u hormigas, el don divino de decidir, de discernir, es la habilidad que legitimaría, idealmente a cada uno de nosotros como personas.



sábado, 4 de febrero de 2017

La república del corazón


Por: Gustavo Torres G.

Recientemente leía un artículo sobre algún tema seguramente espurio, producto del ocio, donde se afirmaba, por alguna razón que no explicaré ahora, que sólo el 25% de la población tiene alma. Si bien no soy afecto a tratar temas metafísicos o de filosofía trascendental, sentí una perturbación en los cimientos del pensar. Las preguntas son inmediatas, algunas automáticas, y la reflexión es obligada.

El concepto de alma

Aparece como inseparable la concepción general de que alma es sinónimo de movimiento, una demostración de vida, con la maravilla inherente de la conciencia al concebir el hecho, por cualquiera que sea el origen o motor. Coincido con Aristóteles al determinar inasible la naturaleza de la misma, pero en cuya complejidad, los anales de todas las formas organizadas de reflexión han tratado de dotar de algún sentido metodológico. Si la memoria no me traiciona, de los antiguos egipcios es posible distinguir entre al menos tres tipos o niveles de alma, aunque la idea judía comparte ese principio de un todo “modular”, a saber:

"Es llamada por cinco nombres: Nefesh (alma), Ruaj (espíritu), Neshamá (aliento), Jaiá (vida) y Iejidá (singularidad). Los maestros jasídicos explican que los cinco "nombres" del alma realmente describen cinco niveles o dimensiones del alma. Nefesh es el alma como motor de la vida física. Ruaj es el ser emocional y la "personalidad" (Tauber).

Revisado así, el concepto en cuestión podría, ambiguamente ser aplicado a cualquier ser humano, pero estrictamente hablando, millones de casos a través de los tiempos han evidenciado individuos cuyo lejidá ha sido arrebatado o directamente renunciado, al igual que la ruaj; aunque el envoltorio rebose de potencia, como animal en celo, el apego a lo ordinario termina por “desacompletar” el paquete donde se construye el alma. En este sentido, la afirmación del 25% parecería nada descabellada.

El mito cristiano y el uso popular de la acepción

Dentro de la tradición occidental imbuida en el cristianismo, tanto el Éxodo como el Levítico hacen referencia al alma como una propiedad de los seres vivientes que es capaz de desaparecer, morir; contrario a la idea popularizada (en la más vulgar de sus interpretaciones) como un elemento permanente e inmortal. Llegamos a calificar como “almas en pena” a las conciencias de los muertos que no han terminado de cerrar sus ciclos, una especie de software que sigue operativo mucho después de haber cortado la corriente del CPU. Cimentamos esperanzadoramente todos nuestros actos para que llegado el momento, esa programación no se pierda y quede, literalmente, guardada en la nube. El miedo a desaparecer es más potente en tanto el individuo se convence de que es posible seguir existiendo mucho después de morir, dejando todo el sentido existencial a la única cosa que sabe segura: la oportunidad de evitar su propia intrascendencia.

Yo, robot

Spooner (humano): “Can a robot write a symphony?”.

Sonny (robot): “ ... Can You?”.

El genial diálogo de la película I, robot, basada en los relatos de Asimov, retrata plenamente la cada vez más indistinguible línea separadora entre aquello que nos vuelve humanos y lo que nos acerca a ser apenas poco más que máquinas de carne y hueso. En mi opinión, sólo la inquietud y el acto creativo ratifica al humano sobre aquellos que no lo son. No se pertenece a la especie si no se crea. No involucro al arte porque hay muchas áreas podridas, en concepto y concepción; no es artista el que reproduce, sí el que produce, el que se hace emerger. Si hubiese un rasgo distintivo para identificar al 75%, probablemente sería la incapacidad de generar de sí para el resto; sólo existe para sus intereses, se abre paso como la serpiente, sólo para comer; insensible a los colores, olores y formas, sólo atraído por la temperatura de la sangre en otros. No se compromete, no quiere conexión porque le es imposible, no tiene con qué.

El ying y el yang

En el equilibrio dinámico del universo, la teoría taoísta de los opuestos complementarios puede servir de referencia para corroborar aquello de los componentes modulares del alma. Una persona, cual átomo, no es un ser único e indivisible, tiene en sus interiores (no en sentido físico) migajas equilibradas en naturaleza y fuerza; electrón, protón... no existe uno sin el otro. Para las personas, su predominante masculino o femenino no son absolutos, requieren matices del ying o el yang para considerarse plenos. Los asesinos, rateros, sociópatas, sicópatas, el inconsciente que se atraviesa a mitad de la carretera, los que maltratan animales, quienes sorprendentemente pueden vivir sin música, los narcos, casi todos los políticos, los que no comen palomitas... todos ellos son unos desalmados, seres físicos cuya visión del mundo se reduce a lo que no pueden entender en la poesía.


Referencias.

http://es.chabad.org/library/article_cdo/aid/899895/jewish/Que-es-el-Alma.htm

https://www.jw.org/es/ense%C3%B1anzasb%C3%ADblicas/preguntas/qu%C3%A9-es-el-alma/

viernes, 20 de enero de 2017

El diluvio que viene (invocado)



Por Gustavo Torres G.
 
Dos clases de superstición gobiernan inconscientemente mi forma de ver la vida, no se de dónde salieron, ni por qué les sigo teniendo fe. Ambas tienen que ver con el sentido de renovación que la naturaleza nos recuerda se debe tener; por ejemplo, el hecho de que la gripe o resfriados no son otra cosa que una etapa de mutación que nos prepara y transforma hacia personas más fuertes para lo que viene. No sé tú, pero siempre el primer día de salud después de una semana de tos y calenturas, parece convertirnos en el ser más poderoso sobre la faz de la tierra. La enfermedad inmuniza, cicatriza el alma cuando se sabe enfrentarla.
La lluvia es esa otra cosa que indudablemente, sin temor a caer en un lugar común, representa efectivamente, un acto de limpieza, de purificación. Para como se están dando las cosas en el país, estas tres tormentas consecutivas en la región no son otra cosa que la ratificación de una premonición construida: todo se cae a pedazos. Hace falta un resfriado social.
Recapitular el 2016 en eventos significativos para la historia popular termina siendo la colección de personajes cèlebres en su defunción, pero aùn ahì hay simbolismo, ¿està muriendo la magia? ¿O simplemente persiste el temor de quedarnos sin figuras paternas/maternas? Como si las guìas espirituales del escape para nuestras ilusiones, vìa música, cine o televisión estuvieran obligando a las masas a dejar el nido; ya no hay nada màs que ver ni escuchar, es momento de apagar la tele y madurar. No màs Star Wars, no màs Bowie, no màs Iwata, no màs George Michael. La realidad, como dije, se està cayendo a pedazos.
"Alguien dijo una vez que la única diferencia que existe entre las personas que están dentro de las instituciones mentales y aquellos de nosotros que estamos fuera… es que nosotros somos la mayoría. Si ellos fueran la mayoría nosotros estaríamos dentro" dijo alguna vez Sugel Michelen, en idea foucaltiana. Ante una realidad enferma, resulta innegable afirmar que las puertas del manicomio han desaparecido por completo. Somos todos parte del Macondo que temimos siempre habitar.
Como sea, si mis conjeturas son ciertas (como de costumbre), la efervescencia del momento darà paso a días luminosos sobre una colina verde, un puño de niños pecosos corriendo sobre ella y un perrito salchicha regodeándose de un mundo que, en realidad, no se quiere acabar.

lunes, 12 de septiembre de 2016

El inexcusable destino del porfiado uróboro.

Por Gustavo Torres G.

¿Qué antídoto hay contra la necedad? ¿Cómo se es tolerante ante la intolerancia? ¿Cómo debe entenderse? ¿Debe entenderse? ¿Debe atacarse? ¿Se debe tener actitud pasiva? Hay muchísimas interrogantes que acusan respuestas si no inmediatas, sí contundentes respecto al asunto tan necesariamente actual de los derechos de las personas con orientaciones y preferencias sexuales “no naturales” en ojos de la cristiandad, la urgencia de cordura en un país caracterizado por no tenerla.
Decía el insoportable e intenso Michel Foucault, que el sexo, la sexualidad es un asunto de poder, de dominio. Probablemente nunca antes en la historia se haya pensado en los bajos instintos como hoy, con la aceptación del placer como inexpugnable del acto carnal, y, en ese sentido, las explicaciones sociológicas al respecto de por qué el disfrute de las aptitudes sociofisiológicas que encarnan al acto sexual (nunca mejor dicho) son todavía (o cada vez más) tan amonestadas por la iglesia en todos sus niveles.

El asunto es que la sexualidad no es sólo disfrute, tendría una connotación limítrofe si se deja en ese horizonte; estamos hablando de toda una estructura de pensamiento y personalidad construida alrededor de la identidad sexual, que se intercala inequívoca e inseparablemente de los roles y patrones de comportamientos que se ajustan o no a lo esperado socialmente, o trágicamente, por el consciente-inconsciente del individuo, en ese orden.
¿Cuál es, entonces, el propósito de condenar el legítimo y natural derecho a ser uno mismo? ¿Por qué coartar la felicidad y realización individual en lo colectivo, cuando los hábitos en la cama son estrictamente individuales e inviolablemente íntimos? Si hay alguien que pueda defender razonable y lógicamente el hostigamiento, la persecución inquisidora contra lo que contemporáneamente se denomina sociedades de convivencia,  contra las personas de actitudes y prácticas de sexualidad “no convencionales”, la quiero saber.

Sobre las desventuras sufridas por la humanidad padeciéndose a sí misma durante siglos, entender la existencia del otro y su derecho a la individualidad ha sido el reto más importante por superar, especialmente por las grandes religiones del mundo. Nos asombramos por las barbaridades del Estado Islámico en medio oriente con sus crímenes de lesa humanidad y contra la cultura, pero olvidamos convenientemente que la iglesia católica quemó gente viva durante una bonita etapa histórica conocida como Inquisición, sin dejar de mencionar la evangelización forzada de prácticamente todos los pueblos “incivilizados y sin alma” en la América recién colonizada. Recordamos a Hitler con su consabido repeluz ante los judíos, pero no hacemos memoria de las decenas de papas hipócritas que condenaron con sangre, encierro y marginación a personas con un nivel de homosexualidad apenas debajo de la de ellos mismos. No condeno la homosexualidad, señalo el cinismo de las altas cúpulas ultraconservadoras, extremistas, cerradas y retrógradas de todas las religiones. El camino hacia cualquier dios, según ellas mismas, es el amor, pero no entre maricones o tortillas, porque es pecado mortal. Los cielos se van a confundir mucho cuando hagan corte de caja. Dijera el gran Orwell en su Rebelión… “todos somos iguales, pero hay algunos más iguales que otros”.

La falacia que sostiene la legitimidad de la iglesia como institución superviviente en nuestros tiempos tiene que ver con la unificación social y la transmisión de valores, y es cierto, lo hace, pero ¿son la intolerancia, la ignorancia, el dogmatismo, la impulsividad sexual depravada de los sacerdotes, la fé estúpida, la irracionalidad, el misticismo, fanatismo, superchería, mitomanía sistemática, cinismo encubierto, lavado de dinero, pedofilia, negociaciones con empresas armamentísticas, solapamiento de genocidios como los de Ruanda, Auchwitz o Pretoria, afán de protagonismo, pedantería, valores o situaciones que necesita la humanidad a estas alturas? Catafixio todo eso por racionalidad, sentido común, tolerancia y sobre todo poesía, mucha poesía.

La gran Simone de Beauvoir en sus brillantes reflexiones sobre el papel de la mujer, sus roles y demás problemáticas de la personalidad dijo: “No se nace mujer, se llega a serlo”, explotando así, hermosamente, el sentido profundo de lo que significa identidad sexual, pues es innegablemente un constructo, una pirámide artificial determinada o sopesada según las necesidades/ideas de la sociedad donde se edifica. No aprendemos a ser hombres o mujeres, se nos enseña, que es bastante distinto. Tener pene o vagina, pues, no implica destino, ni formas, ni ideas que “se tienen que seguir”, no hay nada natural en ningún comportamiento, en ninguna institución social, especialmente en lo que se empeñan en definir como “familia funcional”, es un asunto de poder, como ya mencioné, no de moralidad, ni de una decisión divina. No hay teocracia ni teología que sustente lógicamente la barbarie del rechazo a los grupos sociales a los cuales me refiero, no cuando se desestima el poder de personas que genuinamente pelean su derecho a amar.

Llegará el día en que se considere ilegal cantar, porque no es natural del ser humano, se condenará la educación en escuelas porque la ciencia nunca ha aportado algo apenas útil, será pecado hasta pensar y nos consumiremos a nosotros mismos como nación, cual serpiente que ha encontrado su cola, la consume y felizmente asume su dolor como la única y vulgar manera de justificar la saciedad de su apetito. Eso es México.



martes, 9 de agosto de 2016

Tú, mi lienzo

Por: Gustavo Torres G.

¿Y si lo pintamos juntos? Si, tomarás la bata y la ajustarás a tu cintura y a tu cuello,
a la primera, para no mancharte los pantalones, al segundo, para evitarme atizándote un beso.

Esperaré el pincel cargado en rojo, ya porque es tu idea del cielo, o acaso porque mi infierno nace del mismo. Entre un trazo y otro, la purga de verte frente al lienzo hace injusta la afrenta: mi arte, torpe, de impulsos, no encuentra colores para siquiera enmarcarte.

Ya lo propuse, dibújalo tú. Miraré atento el precipicio de azules abriéndose paso por la senda de flores que cuidadosamente tracé para ti.

Dalí envidia con toda su divina locura las ledas atávicas, tu cuerpo confundido en el óleo, mientras me doy cuenta, de alguna manera, que logras ser Gala e histeria sólo con pensarte, sólo con verte.

Pintemos de nuevo. Esta vez decides el lienzo. Si soy yo, haz de mí lo que quieras, si eres tú, haré de tu propio sudor, colores.

martes, 12 de julio de 2016

Crin de luz

Por: Gustavo Torres G.

Y me vi reflejado en el techo. No me reconocí, pero era yo, sin duda. Le di un beso a esa imagen para afirmar que me aceptaba tal cual. Hacia abajo, el abismo. No sentí miedo, pero el escalofrío duró mucho más al entender en qué situación me encontraba: era libre.
Muchos otros aparecieron y entendí todo al instante. No necesité pronunciar palabra; era uno con todos. Ir a cualquier lugar era lo mismo que sólo pensarlo; deslizar el cuerpo sobre las piedras sin tocarlas, dejar una estela sobre la superficie a la velocidad del sonido, descender para eternizar polvaredas ante los atónitos ojos multicolor del cangrejo martillo… formas elegantes de manifestar el placer de vivir sin preocuparse por más.

Los días existen sólo para recordarnos la mitad de lo que somos, cuando siento que la realidad me alcanza y de nuevo he de caminar sobre dos pies, con la sonrisa que en mi otra vida no puedo mostrar, pero guardo celosamente para quienes amo aquí, y me cuidan. Son mi tesoro. Soy su tesoro, en este cofre inmundo, hermoso y breve que es mi cuerpo.

Aquí donde no puedo ir al abismo, aquí donde las palabras hieren por ser tantas, demasiadas para alguien que sólo necesita decir “te quiero”; escuchar lo mismo de ti, de todos. La noche llega como el mayor de los premios, porque regreso a la sal, las mareas salvajes de un océano sin fin.
Y me da miedo entonces, porque en mi regreso a la libertad, alcanzo a ver cosas que no puedo cuando el cansancio gana, la mitad de mí sigue soñando en la otra vigilia y no entiendo entonces si es esta o aquella la verdad, si alimento el cuerpo de mi vida a dos pies sólo para poder seguir impulsándome acá, tras un cardumen que huye despavorido ante mi evidente superioridad, la perfección encarnada en dos aletas, el vértigo y el goce de existir.

¿Por qué me despiertas, mamá? No puedo resistirme a la calidez de tu regazo, ni partirte el corazón si revelo aquel hermoso secreto mío, donde sólo falta tocar las estrellas para pensar un poquito al menos, que el verdadero sueño es el amor que me entregas, como las tímidas olas acariciando todo cuanto ha crecido bajo el mar.


viernes, 1 de julio de 2016

Rubí

Por: Gustavo Torres G.
Hace un rato se dejó de escuchar la radio. Por alguna razón los murmullos de los niños en la calle se convirtieron en un ruido extraño. La calma como tal comenzó a preocuparle, nunca desde que se perdió había tenido la sensación de que todo estaba bien, aunque esta vez sus entrañas emitían tal vibración que pudo haber corrido un maratón ida y vuelta sin cansarse; ¿qué estaría pasando ahí afuera? Quitándose lagañitas, apenas con un camisón blanco encima, tomó valor para hacer a un lado esa sucia cobija de trapos. La excitación de comenzar un nuevo día no se perdía todavía en ella. Respiró lenta y profundamente, en tanto su esmirriado cuerpito de apenas metro y medio de pura actitud se estiraba a modo de calistenia. Un par de huesos tronaron y no pudo evitar soltar la carcajada.

Mucho antes de encontrar esta casa abandonada había conseguido acostumbrarse a vivir bajo los puentes de acceso portuario, el único lugar donde las banditas de la ciudad no cobraban derecho de piso. Una mujercita de su edad aún no levantaba pasiones desenfrenadas entre los niños de la zona, pero sí rivalidades automáticas con el resto de las niñas, territoriales hasta las últimas consecuencias. Los recursos nunca abundaron, la tolerancia tampoco. El barrio no pregunta. Mata. Un día el nivel del mar comenzó a subir y tuvo que buscarse un refugio lo suficientemente sucio como para no atraer a las ratas, lo suficientemente aislado para prender su receptor de radio, único vínculo con un pasado que ya había dejado atrás, pero se resistía a abandonarla.

No había llegado al baño aún, cuando escuchó un rasgueo tras la puerta. -¿Quién será?- Pensó verdaderamente sorprendida; hacía años, literalmente, que no entablaba conversación con absolutamente nadie, mucho menos reveló el escondrijo que utilizaba como domicilio. La sorpresa fue mayúscula: un gato criollo de bigotes elegantes se abalanzó tras sus tobillos y se embarró como si saldara una deuda. Paralizada, apenas notó una lágrima caer hasta el piso; era nada menos que Bastet, la vieja mascota de su abuela, finada cuando ella cumplió los seis. Era ella, sin duda. Ese collar y media oreja derecha no podían ser de nadie más.  Olía a jardín. Levantó la mirada, sintiéndose observada. Todo se puso blanco.

Veía caer una bruma que llegó hasta su cama, en tanto la gata trepó a sus brazos, buscando abrigo. No supo cuándo, pero de pronto estaba con la puerta detrás, sólo la puerta y su casa desvanecida. Tembló por frío o por miedo, al ver de frente una calle absolutamente vacía y sus brazos aún encogidos sobre un animal que ahora tampoco estaba ahí. Creyó escuchar un piano a lo lejos, juraría que una obertura de Prokofiev, como la que pasaban diario en el cierre de su estación de radio a la media noche… pero no era media noche, esta neblina evidenciaba una mañana radiante que el cielo se negaba a asomar.

Una voz tarareaba la melodía que creyó escuchar desde el radio, añadiendo un allegro propio de las mejores escenas de Vivaldi en sus estaciones, desentonando con el frío sepulcral del momento; ese pedazo de tela vieja que llevaba encima apenas servía para detener el vientecito helado del ambiente, cada vez más mordaz e implacable. Ya no sabía si era el suelo cobrando vida, o el cielo cayéndose a pedazos. Como fuese, aquella voz estaba cada vez más cerca y por fin pudo identificar su origen: ¡Venía del cielo! Su corazón se detuvo un momento… aquel cantar celestial tenía mucho de lo que en sus mejores veranos recordaba. Algo de todo aquello no estaba bien.

Nube tras nube, el cielo se fue aclarando, dejando ante nuestra mujercita, el paisaje más hermoso que jamás pudo haber imaginado. De la nada, donde debían estar derruidos edificios y calles de asfalto, postes de tendido eléctrico, basura amontonada y prostitutas vendiendo cualquier cosa que pudieran ofrecer, ahora una vereda de piedras lisas y auténticas paredes de arbustos trifoliados con gigantescos helechos como guías cuesta abajo, abrían paso ante una temerosa e incipiente sonrisa.

Como pudo, evitando pisar alguna espina o traicionera piedra del camino, puso un pie sobre otro hasta acercarse a un inesperado acantilado, donde sintió la confianza de lanzarse, así sin más. La sensación de liviandad había curado desde hacía un rato el escozor de la helada tras la niebla; se sentía preparada para todo, ahora era invencible. Cayó cual hilo al aire: paseada por una fresca ventisca casi al azar. Ya no importaba dónde estaba, ni a dónde iba, todo lo que sentía era felicidad, salida de quién sabe dónde. El sol, a punto de poniente, bañó de dorado todo cuanto la vista alcanzaba a captar, como una caricia en las pupilas, como un regalo divino ante lo cual no puede haber negativa ni objeción. Se sintió más viva que nunca, sin edad, eterna; había vivido por siempre y al mismo tiempo todo comenzaba. El talle, ya desnudo, lijó el agua sobre la cual desplazó su etérea humanidad.

- ¿Tú? – Escuchó de pronto. - ¿Qué estás haciendo aquí? De pronto todo el verdor platinado a su alrededor comenzó a tornarse gris… y de pronto a esfumarse, como la bocanada que se da a un habano. De lo denso a lo liviano, la abuela acaecida dejaba verse de nuevo, acaso preocupada por encontrarse inesperadamente a su nieta en un lugar al que definitivamente no debía acudir aun. –No debes estar aquí, mi niña – dijo con dulzura infinita, y una mano tocándose el pecho, en señal de pena. –Te daré el regalo del tiempo, pero por favor ya no me des un susto como ese, tesoro mío – musitó la anciana.

Qué tan confundida estaba la mujercita, que no supo si correr a abrazar a su abuela o caer rápido en cuenta del derrumbe de esto que definitivamente no era la realidad. Los tallos se volvieron columnas de concreto; las aves a lo lejos, mosquitos en busca de sangre sobre la piel de los brazos; el suelo cálido de un verano utópico, frío asfalto negro y quebradizo. Rachmaninoff al fondo, en una estación de cortísima amplitud, hacía parecer aquello el apocalipsis adelantado de una infancia nunca vivida, el alma vieja de una niña cuya vida nunca fue y hasta en el trance al otro mundo la felicidad le estaba siendo negada.

-Alegra el corazón, mi niña- repetía una y otra vez la vieja, con amor, mientras se elevaba lentamente hasta perderse en las nubarronas que aparecían de nuevo. El camisón blanco se materializaba sobre el bracito enclenque, extendido hacia las arrugadas manos ahora perdidas en el firmamento. Así hasta que se vio de nuevo en su cuarto, sobre un tapete sucio de plástico hecho en China, la mugre sobre las mejillas diseccionada salvajemente por miles de lágrimas nostálgicas y el ruido del radio con su estación favorita mal sintonizada.

La noche cayó al instante. Un hermoso sueño sobre las sábanas de algodón.

Vista desde el cielo, la ciudad no parecía tan mala, incluso para un gorrión como este que había nacido en la falda de una montaña y había visto las delicias de la naturaleza imponerse o caer ante el asedio humano. Conforme acomodaba su vuelo para hurgar en los ventanales de ese modesto hospital, le pareció ver colarse una luz a través de los ventanales. Le dio tiempo para curiosear.

Pero nada que haya visto antes se parecía a esto: vio una sombra de bata blanca desplazarse hasta el vientre de una neófita emocionada a punto de parir.

-¡Es una niña! – gritó el doctor, emocionado.

-¡Imposible! – se dijo el gorrión, al ver aquella luz habitar al nuevo cuerpecito, ahora rebosante de energía. Y entonces entendió.

De vez en cuando, segundas oportunidades se dan a las almas que, víctimas de sus circunstancias, eluden toda posible vía de felicidad y se dan cuenta en último momento que nunca fueron tan plenas, como en la más tierna de las inocencias.


Tocar la puerta a arañazos, comenzó a ser un hábito para una bolita de pelo llamada Bastet, quien en adelante se aseguraría de no dejar a su joven joya enfriarse de nuevo en ninguna bruma, ni brisa advenediza, aun cuando no pudiera protegerla más que en sueños, como sus milenarios antepasados hicieron con faraones y reinas revestidos enteramente en oro, añorando un atardecer perpetuo que ya no diese marcha atrás.



miércoles, 29 de junio de 2016

La huida del asafino

Por Gustavo Torres G.

El arte de la caza  se inventó sobre tierra por necesidad de los primeros humanos, se dieron cuenta que la satisfacción calórica por la ingesta de insectos, frutos y otras viandas regaladas por Madre Naturaleza, se quedaba corta ante el consumo desmedido de energía en esos incipientes, aún encorvados cuerpos blandengues. Costó trabajo hacerse primero a la idea de tomar la vida de un hermano mayor; al principio, ninguno soportó el tacto gelatinoso de las entrañas ajenas, pero la fisiología hizo su trabajo al no dejar opciones, salvo sobrevivir. Tomar una vida no tendría otra justificación que esa. La recompensa a esas largas jornadas tras la desafortunada presa fue siempre, para el cazador, el regazo de su hembra al regresar, o bien, saberse en igualdad momentánea ante el poderío de todas las demás especies animales.
Legitimaba su menú al elegirlo. Ese fue siempre su único distintivo. No se come lo que hay. Se come lo que se quiere. Fue siempre así hasta que negó el placer del sudor, la sangre y el riesgo de su propia existencia al crear el cautiverio y la crianza, aberraciones de la inteligencia humana, de su soberbia, del talante falso de la organización. Negó su propio propósito y pagó el precio: por las noches, cuando las necesidades han sido satisfechas en demasía durante la vigilia, toda su estirpe enfrenta al ancestral espectro de la noche, implacable e inmune al paso del tiempo, aquello tan temido por quienes creen haberlo comprendido.

Anterior a nuestra raza se enfrentaron a tan oscura fantasía tecolotes, ratas, peces y delfines, todos quedaron con heridas noctámbulas para la eternidad. Algunos más afortunados simplemente prefirieron no enfrentarla y perecieron eones antes, ¿o alguien ha escuchado alguna vez de algún tiranosaurio que durmiera?


El último sueño: sobre los 30 años del «último baile» con Soda Stereo

Por: Gustavo Torres Gómez 1995 como ecuador de una maravillosa década en lo musical coincidió con la aparición de Sueño Stereo , obra última...