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sábado, 16 de mayo de 2020

Portal hacia la eternidad

Por: Gustavo Torres G.


¿Qué posibilidades de materializarse tendría ahora que decidió por fin olvidar a sus acólitos? ¿No era lo que hacían los demás una vez resignados? Ni bebiéndose todo el Mar Negro su deseo de sentirse en carnes podía ser saciado. La última vez que el peso de sus pies movilizó una hilera de arena frente al templo en su honor, el suplicio que lo convocó apenas estaba consciente de cuál era su motivo. Aquellos ropajes dorados, escurridos entre su amplio pecho y la pesada barba que lo caracterizaban en los tiempos en los que el hombre ni siquiera le había dado nombre a las cosas, ahora no eran otra cosa más que harapos, tristes recuerdos con consistencia de humo sobre un cuerpo ahora apenas sostenido en lo que todavía se puede llamar existencia. Ese era ahora Marduk.


Qué días aquellos cuando el mero pensamiento en los hombres y mujeres de Babilonia eran suficientes para sentirse vigoroso. No hacía falta ni media ánfora para saberse presente, esa vitalidad en el ambiente podía ser absorbida por todo su ser con sólo estar ahí. El regocijo en el temor de los estúpidos sacerdotes en el templo bastó siempre para invocarlo; ese primer aliento divino le bastó para saber que aunque no había nacido nunca, la posibilidad de morir por mero acto de olvido latía como otro corazón sobre su piel bañada de inmortalidad, pero para algunos dioses, el terror de saberse olvidables es prácticamente inmanejable, y su manifestación se convierte en automático en sinónimo de muerte, así con todo el panteón entre el Tigris y aún más allá del Éufrates. Si el sonido del viento sobre las arenas remitió indistinguiblemente a la noche de los tiempos, resulta fascinante y contradictorio que esa "noche" en realidad fuese un festín de sol, el único y verdadero dios eterno sobre un planeta que ahora yacía víctima de su más grande creación y enfermedad. Sobre la Tierra, ya no quedaba nadie, ni nada.


Recordó en muchas oportunidades, tantas como fue posible hacer llegar a su memoria, el último encuentro con el más poderoso de sus creyentes: Azriel, aquel hermoso babilonio cuya fe lo arrastró inocentemente a un destino funesto, cediendo a tentaciones de mortal siendo ya algo más que un simple espíritu errante, mucho más. ¿Qué sería eso que los humanos llamaban amor? ¿Valía la pena sacrificarse por una sensación tan mundana, tan incierta, tan fugaz? ¿Era un dios capaz de amar alguien más que a sí mismo? Todo lo que podía concebir en su asombro era el recuerdo de las masas entrando a su templo para adorarlo y premiarlo con sus humores, sus miedos y esperanzas, el preciado alimento inmaterial que insuflaba ánimos dentro y fuera de sí. Azriel lo amaba como nunca nadie antes ni después lo hizo, pero todo ese afecto era acaso poca cosa para Marduk; el amor de ese mortal lo empalagaba como una golosina al paladar de un hombre adulto, quien en su afán de mostrarse maduro rechaza las suavidades del gusto. Así, aquel perdió su vida voluntariamente para volverse un algo muy parecido a un dios, pero sin serlo, era algo peor. Para entonces, Marduk todavía disfrutó de las mieles de las reverencias sobre su estatua tal vez un par de milenios más, apenas un suspiro para quienes el tiempo en realidad no existe, pero que en este caso, el peso de la ausencia de su creyente más amante, de su amante más creyente, se hacía sentir mucho más que dos mil años sin una religión que sostuviese su existencia. Todo lo que valía la pena de ese enorme pastel de quinientos pisos era la cereza en una cima que se había caído mucho tiempo atrás. La soledad le invadía, y su cuerpo, apenas perceptible por el resto de las almas deambulando sin rumbo por el universo, contemplaban el desplome inevitable de aquel antaño potencia celestial en el mundo de los hombres, cual ladrillo desprendiéndose de los escalones del más frágil Zigurat.


Recordó entonces, a uno de esos dioses de muerte haberse autoproclamado "dios del universo", pero hasta donde sabía, el universo estaba solo, todo rasgo de biología latente, punzante, creciente, se limitaba a ese insignificante pero maravilloso punto azul en medio de la nada, ese donde había habitado desde siempre, o al menos desde que alguien tuvo algún atisbo de consciencia. Marduk viajó a las orillas del universo sólo con pensarlo, creyendo primero que no sería capaz de hacerlo, nunca lo había deseado. Una vez allí, en el silencio total, donde ni la luz ni el llanto de las almas en pena podían acceder, intentó ver más allá de los límites, una fe irremediablemente acogedora le suplicaba desde sus decrépitos interiores que trascendiera al universo que lo vio nacer, que se resistiera a desaparecer en la nada, que morir ni siquiera era concebible para un ser de su naturaleza. No podía quedarse varado en ese punto. De nuevo, con sólo pensarlo, se desplazó a la esquina opuesta del todo. Se dio cuenta en un instante que el tiempo comenzaba a atravesarlo, junto con la última luz que una estrella emitió antes de volverse una supernova implotada. El llanto de las galaxias le pareció tan insoportable, que no tuvo otra opción que quedarse ahí.


Con la calma que da la luz del sol al fondo de un estanque, Marduk sintió ganas irrefrenables de respirar... ¡De respirar! Sintió ganas de estar vivo, sintió ganas de manifestarse ante las multitudes, ahora perdidas para siempre en el sótano de los tiempos. No tuvo otro remedio que aceptar la necesidad de amar, tal como Azriel lo hizo eones atrás, tal como continentes enteros le demostraron con su propia sangre cuando el mundo hervía de juventud e ímpetu. Sintió la arena del Sahara en sus mejillas de porcelana, en su piel de piedra, de diamante, de todos los demás materiales habidos en el mundo. Marduk convulsionó hasta salirse de esta realidad marchita. Feliz, lo entendió: era su turno para crear, para poner su rúbrica en este nuevo plano de existencia, para ser por fin aquello que nunca pensó ser, el primero en un universo propio, a medida. Había que empezar de cero, pero su voluntad era suficiente, y en un instante, el tiempo comenzó a correr en el nuevo y propio universo de Marduk, aquel quien ahora comprendió, era mejor volverse nada.




Licencia Creative Commons
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martes, 28 de enero de 2020

El sirviente de los huesos: obra maestra bañada en plata.


Por: Gustavo Torres G.

Anne Rice es LA autora de novelas de vampiros. Fans de Crepúsculo, absténganse de leer este artículo, o mejor dicho... quédense para aprender lo que es bueno. Lo dicho, si lo que buscas es una buena novela de chupasangres inmortales y seductores, la mejor opción es conocer la saga de Lestat y el resto de fabulosos personajes creados por esta autora estadounidense; no solamente son excelentes novelas, perfectamente escritas, planificadas, sino que tienen el valor literario del que adolecen muchas de las sagas juveniles contemporáneas que han intentado abordar la temática sí con muchísimo éxito comercial, pero con resultados sinceramente paupérrimos en aspectos técnicos, estilísticos y de lenguaje, sin mencionar las ridículas premisas argumentales con las que intentan vendernos sus historias.

Entre las novelas únicas de Rice, aquellas que no tuvieron continuación o se encontraron en el mismo universo, encontré “El sirviente de los huesos”, cuyo planteamiento me atrapó nada más por la ubicación temporal y la referencia histórica (me chifla, perdón por la expresión, todo lo relacionado con las culturas originarias del Tigris y Éufrates), además, claro de la reputación de su autora. Este libro narra con gracia y mucho estilo la vida de Azriel, un hombre que viviendo en la época de esplendor de la cultura mesopotámica, tiene la habilidad de entablar conversaciones con Marduk, el poderoso dios babilónico, y que, en la tranza de unos sacerdotes de sospechosas intenciones, termina siendo sacrificado por motivos que prefiero no revelar al lector, pero que es conveniente aclarar, tanto en la forma de sacrificio, como en los resultados del mismo, Anne Rice demuestra por qué es una maestra de la narrativa fantástica, dibujando con detalle y exquisitez las formas y momentos en que el protagonista termina convirtiéndose en un algo, no sabemos si ángel, demonio, genio o espíritu, tan poderoso que es capaz de rivalizar en fuerzas y habilidades con el mismísimo panteón de divinidades sumerias.

En la convención de Azriel y todo lo que representa su existencia, la trama va avanzando en el tiempo, moviéndose en el espacio, detallando aprendizajes y desventuras hasta entender su condición como desgracia, mas no como fortuna; aun con la casi omnipotencia del demonio angelado, saberse indestructible se vuelve peor noticia que la propia promesa de muerte para el resto de los mortales. Hasta su llegada a nuestros días, el propósito de su existencia no dejará más que preguntas y cabos aparentemente sueltos, mismos que van haciendo una historia sumamente emocionante y que en algunos pasajes, da rienda suelta a la imaginación de la autora, sin que eso signifique la pérdida de coherencia o la ganancia gratuita de absurdos o recursos que rompen las reglas aristotélicas de la literatura.
En definitiva, los puntos fuertes de esta obra pasan por la estimulación de la mente del lector valiéndose de lo mejor que Anne Rice tiene como autora: desenvolver con sensualidad las bajas pasiones de sus personajes sin reparar en moralidades sin sentido, priorizando con mesura, claro, todo lo exótico y erótico que puede ser un ángel con permisos de diablo y apetitos absolutamente animales, todavía sin perder su naturaleza metafísica.

Puntos negativos, muy pocos: las situaciones pierden fuerza después del tercer cuarto del libro, se vuelve un texto monótono y unitemático, triste si se piensa en las posibilidades argumentales que la propia escritora generó durante toda la primera mitad. Si bien el final es relativamente sorpresivo, resulta poco creíble en función del personaje que acapara la casi totalidad del volumen del texto, que a decir verdad, también podría considerarse un punto negativo, eso de no aventurarse a cambiar de derroteros con el delicioso bufete de personajes secundarios que, debe decirse, son buenísimos, cargados de carisma y personalidad.

Si lo que buscas es un libro emocionante, bien narrado y entretenido, este puede ser, pues me parece que el mejor de los halagos posibles es el hecho de ser único en su tipo, pues no es propiamente una historia vampírica, aunque se tome cierta esencia de la realidad de los mismos. Tampoco es un texto tan profundo como para huir a la primera de cambio, pero como dije, es Anne Rice y eso es garantía de historias bien contadas.


El último sueño: sobre los 30 años del «último baile» con Soda Stereo

Por: Gustavo Torres Gómez 1995 como ecuador de una maravillosa década en lo musical coincidió con la aparición de Sueño Stereo , obra última...