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jueves, 21 de enero de 2021

Say no more!

 

Say no more!

Análisis y crítica al documental de Netflix Rompan todo (y a los criticones del mismo)

Por: Gustavo Torres G.

20 de enero de 2021


Empezar el 2021 sin serie de cabecera no es bueno para nadie, especialmente para quienes estamos habituados al entretenimiento electrónico y pagamos puntualmente la mensualidad de nuestro servicio de streaming favorito, digo, ¿para qué pagar por algo si no me va a ofrecer contenido de calidad? Entre las muchas opciones para desquitar la inversión, los documentales con tema musical suelen ser bastante aceptables, genéricos, de fórmula, pero aceptables; el nivel de producción de Netflix en gran parte de los productos visuales de ese tipo que ofrece desde hace ya varios años suele ser impecable, pero faltaba algún tipo de retribución para los miles de suscriptores que crecimos entre los 80s y 90s.

De entrada, tenía mis dudas, sabía que habría algún tipo de tendencia, dado que parte de la producción correspondía al legendario Gustavo Santaolalla, nada en su contra, pero es un dato que debe tenerse en cuenta cuando se ve la miniserie Rompan todo: historia del rock en América Latina. Una vez que se ve, es necesario hablar de algunas cosas.

Sobre los orígenes

El trabajo investigativo de quien haya estado involucrado en el proyecto de este documental es digno de respeto, el cuidado que le pusieron al delicado asunto de la objetividad a la hora de cumplir como registro verdaderamente histórico, sorprende por su ocasional frialdad, y no porque haya narrador o algún hilo conductor que pretenda ser imparcial, sino porque el presupuesto alcanzó para entrevistar a cada uno de los artistas que se van nombrando en cada etapa (obviamente, los finados aportan desde la crestomatía, inteligentemente editados, he de decir).

Desde el inicio, la brújula tiene bien claro dos destinos inevitablemente importantes para lo que después sería conocido como Rock en tu idioma: México y Argentina, el segundo con Buenos Aires como epicentro del acontecer musical sureño; el primero, mostrando atinadamente el gigantesco país que es, reconociendo no solo al extinto Distrito Federal como lugar de generación rockera, sino que extiende merecidamente la visión hasta Jalisco, Tijuana y Monterrey, con su mítica Avanzada Regia y el brutal aporte creativo que se dio en los 90 como parte de la explosión creativa que los melómanos gozamos toda esa década y ya entrado el nuevo milenio.

Personalmente, respeto lo que significaron figuras como Enrique Guzmán, Angélica María (que no aparece en el documental), Alberto Vázquez (tampoco aparece), los Teen Tops y algunos otros tantos que abrieron la feliz posibilidad de hacer rock and roll en nuestro idioma, pero debo confirmar como cierta la queja que hace el señor Guzmán y otro señor que no identifico, en relación a que se les acusa de haber sido “meros copiones”, que prácticamente todo su repertorio consistía en cóvers (con bastantes permisos literarios, diría) y que básicamente su única aportación fue la de traducir. Me parece cierto, pero reitero, sin ellos abriendo la puerta, la historia hubiese cambiado por completo, sin embargo no considero que hayan tenido ese pequeño gran detalle que es tener originalidad o identidad, pues argumentan haberle puesto “sabor mexicano” a su música, pero homenajeando al gran Dtoke: “coverear está bien, pero nadie se construye así una carrera completa”1 (¡barras, barras!).

No cabe duda que los extremos geográficos de Latinoamérica fueron determinantes para el futuro del rock en castellano, pero es justamente la redundancia en ese abordaje el que carcome la credibilidad del programa más adelante...



Sobre el asunto sociocultural del rock

Atribuía la frase “rompan todo” al inconmensurable Charly García. Oh, equivocación. Resulta que le perteneció a Billy Bond, otrora símbolo de la anarquía juvenil argenta de los años 70. Me parece acertadísima la elección del título de la serie dada las circunstancias en las que se generó, además que engloba perfectamente la intención de proyectar al rock como símbolo de rebeldía, de la juventud y su legítimo deseo de cambio, el resto de episodios va de eso y está perfecto. Bueno, está bien. Bueno, no tanto. Explico: siendo benévolo, concedería dos y medio capítulos, tal vez tres, como excelentes referencias de lo que pasaba en Latinoamérica a nivel social y las implicaciones que tuvo la música popular juvenil desde 1960 hasta 1980, tal vez.

La cosa es que conforme avanzan los capítulos, la rigurosidad en el tratamiento de la información parece disminuir y cada minuto parece un collage inconexo entre lo que pasaba en las calles y los grupos o músicos que reflejaban el fervor del momento, aun así, no me parece un despropósito del todo, pero lo explicaré más adelante. Queda clara la influencia norteamericana y británica en términos artísticos, pero se deja de decir mucho en relación a la forma de pensamiento de algunas figuras emblemáticas, así como el trasfondo de temas que marcaron a generaciones enteras. En mi opinión, un par de temporadas más tratando este tipo de cosas vendrían muy bien para cerrar algo que se ha vuelto una opinión generalizada por internet en las últimas semanas y es que la serie se siente corta, apresurada, como decía, el hilo de lo histórico agotó su carrete antes del cuarto capítulo, y eso desalma al trabajo hacia el final, que paradójicamente, representa la parte más interesante del relato, porque por fin aparecen las bandas y figuras que le dieron cara al movimiento en todo el continente, pero una vez más, se siente una suerte de desconexión entre lo que sucedía en los escenarios y el calor de mediodía en los asfaltos de Quito, Caracas, Lima y tantas otras latitudes que por lo visto no existieron nunca para los responsables del Rompan...


Lo bueno y muy bueno

Es emocionante, mucho. Llegué al punto de las lágrimas y el puchero alimentado por la nostalgia varias veces, fue muy sabroso. Para los de mi edad, ver reconocido, legitimado, estudiado el movimiento musical de la época en la cual crecimos, es totalmente una graduación, una confirmación prácticamente certificada para los grandes públicos, la certeza de que existimos como jóvenes en un tiempo que fue hermoso/ que fui libre de verdad2… Es un trancazo al corazón, en verdad; esta máquina del tiempo que es la música revive con cada entrevista en voz de sus protagonistas, ver por ejemplo al enorme Javier Bátiz platicando cómo se convierte en maestro de Carlitos Santana, así chiquito, es una gozada, lo mismo cuando dice que le hubiese encantado conocer en persona a Gustavo Cerati: “¡era un extraterrestre!” ¡dice con una ternura!

Señor, ¿quiere ser mi abuelo?, dije en voz alta frente a la tele. Javier Bátiz es una auténtica vaca sagrada del rock y soul en español, pero no tenía idea que fuera tan humilde. Lo quiero, más todavía.



Netflix le puso varo, mucho, se nota en los valores de producción. La edición y posproducción de Rompan todo es espectacular, justa para el tipo y tamaño de proyecto, perfecta para los tiempos que corren, al nivel o más alto de lo que se ha hecho en cosas similares para música en inglés u otro idioma.

 Muchos momentos son emocionantes porque recogen material inédito; yo, siendo fan de hueso colorado de Soda Stereo y Cerati, me sorprendí más de una vez con imágenes y clips que jamás había visto (y he visto mucho), lo mismo con otros tantos personajes. Luis Alberto Spinetta (santo padre del rock como arte), Charly García (su mero patrón), Gustavo Cerati (un ángel eléctrico), David Lebón (genio infravalorado), Pedro Aznar (último titán argentino de pie y con dignidad) Saúl Hernández (necesitamos que vuelva), Julieta Venegas (me quiero casar con ella), Sabo Romo (tan insoportable como siempre), Adrián D´Árgelos (genial, as usual), Andrea Etcheverri (diosa ABSOLUTA), Zeta Bosio (tipazo, digan lo que digan), Charly Alberti (reservado, como debe ser), Patricio Rey y los redonditos de Ricota (sí, ellos), Los Prisioneros, Beto Cuevas con y sin La Ley (pero con mucho rímel3), La Maldita Vecindad (La Bendita, son unos dioses), Café Tacvba, Neón, Control Machete, Plastilina Mosh (el mundo es mejor gracias a ellos), Los Tres, Illya Kuriaki, Dante Spinetta, Pappo Blues, Andrés Calamaro (lúcido, encantador), el Mtv de los 90 y otros muchos tantos aparecen a lo largo de los seis episodios en que se divide la serie. Es un deleite, no hay duda.


Lo malo, lo peor y lo imperdonable

Las críticas más severas dicen que es un “Santaolalla and friends” o “Cómo Santaolalla se autonombra el máximo prócer del rock en español”, o en el mejor de los casos “Santaolalla y los grupos que le gustan”, y ¿saben qué?, en muchos aspectos, tienen razón. Como he dicho al principio, el hecho de que Gustavo haya sido productor de esto parece haber parcializado u orientado sobremanera el producto final. Okey, fue productor de algunas de las bandas más importantes de todos los tiempos, como los tacvbos o La Maldita, pero su trascendencia en la música, aunque es innegable (multitud de premios de todos colores y sabores, entre ellos, un óscar4) para efectos y objetivos en la escencia del documental, me parecen totalmente fuera de lugar, él mismo y sus bandas no aportaron un pepino a la escena de manera directa, y el colmo es cuando muestran fragmentos de “El Mareo” con Bajofondo Tango Club5 como si hubiesen significado algo para el rock. Es muy duro, no sé si hasta grosero de mi parte, pero creo que el resto estará de acuerdo conmigo, sobre todo cuando a Patricio Rey apenas se le dan tres minutos, casi por compromiso, solo porque no podía faltar, con lo que ha significado para legiones enteras de seguidores, casi a nivel religioso, aspecto social que no se atrevió a tocar el documental. ¿Y Spinetta? ¿Cómo mierdas es más importante para el rock Santaolalla que Spinetta? ¿Y Charly? ¿Y Gustavo, el que sí es importante? ¿Y Cecilia Toussaint? ¿Y Kenny, la de los eléctricos? ¿Por qué se pone Fito Páez como un mero relator cuando es EL genuino genio del pop? ¿Por qué ni aparece María Gabriela Epumer y el mito en que se convirtió? ¿Y Carlos Baglietto? ¿Por qué ni se menciona a Los Héroes del Silencio o a Enrique Búnbury? ¿Y la Unión? ¿Por qué es más pinche importante un grupo caguengue como Nacha Pop o los anodinos de Radio Futura por sobre mitos como Mecano? Sí, dirán que Mecano es totalmente pop, pero también la línea de esta docuserie estaba marcada desde el principio por la trascendencia social y la responsabilidad de los artistas para con su contexto político y temporal ¿no? Mecano es tan o más importante para la música en español en los años 80 como el que más en su contraparte rockera y apenas se le menciona una vez, queda claro que se puede tapar el sol con un dedo.



Para colmo, el inmamable de Fher y su grupo cumbiero (sí, Maná) salen a decir que su mérito ha sido vender discos y llenar estadios. Hijos de su verde y sombrera madre… primero quítenle la toronja de la boca, se atreve a decir con total cinismo “¿a quién le importa que sea o no rock lo que tocamos?”. Vaya, hasta se extrañó la voz y presencia de León Larregui. Así las cosas.

Nada de lo que acabo de decir y preguntar quita mérito al programa, es bueno, en el balance, el corte de caja, termina con ganancia, pero no se puede negar el consenso en relación a las lagunas de contenido que son súper evidentes para quienes amamos la música en nuestro idioma. Los flashazos sobre la persona de Gustavo Cerati, acaso el artista más trascendente e influyente para el rock del continente saben a insuficientes para el tamaño de personaje que fue, es y será, lo mismo para los otros dos grandes, el Flaco y Charly.

Hay países que ni se mencionan, esas omisiones sí que son graves; soy mexicano y sentí vergüenza al ver que más de la mitad del tiempo de los últimos tres capítulos están casi por completo dedicados a la escena argentina y mexicana, ¿y Brasil? ¿Y Uruguay? ¿No son parte de Latinoamérica?

¿Recuerdan la escena aquella de Endgame donde se agrupan todas las heroínas? Pues así de forzado se siente la inclusión del tema “mujeres” en el documental, no porque se tenga que incluir a fuerza, sino porque no es para nada escasa la información, las artistas, la trascendencia de las mujeres en la historia del rock en español, pero acá parece una mera curiosidad. Esto sí que es imperdonable.

El secreto entre los dos, es que nunca volverá…

Se agradece, sin duda, el esfuerzo por generar contenidos de calidad con temas como este, y veo con ojos de esperanza que el éxito que aparentemente ha tenido, de acuerdo con la cantidad de reproducciones en su plataforma de origen, de pie a más contenido con esta temática, y es que también el apartado de “evolución” del rock en español queda difuso, equivocado incluso, se llega a mencionar al rap o la música urbana como sucesoras. Un disparate, en mi opinión, en fin…

Si bien hay muchísimas cosas que seguir analizando, vale recordar que se trata de un mero producto de entretenimiento, no una tesis doctoral, así que tranquilos, que seguramente se puede encontrar más profundidad y pasión en videos de particulares en YouTube, pero lo que no se le puede reclamar a Netflix, es escasez de compromiso y cosas bien manufacturadas, sobre todo en temas que no son su fuerte.


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1 En abril de 2019, la FMS en Argentina, una de las competencias de improvisación de rap más importantes del mundo, presentaba el enfrentamiento entre Papo y Dtoke, dos bestias del arte de las rimas; a Papo se le había acusado de defender el hecho de que este tipo de competencias debería hacerse con “batallas escritas”, es decir, priorizar libretos, casi como en la lucha libre y presentar números con resultados prácticamente pactados a priori, lo cual, en opinión de la aplastante mayoría, rompería la esencia del freestyle. Para no hacerla larga, en medio de una candente sesión de respuestas al momento, el viejo y retorcido colmillo del legendario ex campeón mundial Dtoke, apareció para dar uno de los versos más contundentes que se hayan visto en una competencia no escrita:

Todos pensamos una rima, esa es la receta,

¡pero nadie se escribe una canción completa!


No te puedes considerar parte del freestyle si crees que basta con mostrar lo que se escribe, así no es la cosa, por eso hago la referencia con los pioneros del rock en México, pues creo que valor histórico tienen, pero me resulta difícil darles mérito artístico si basaron toda su trayectoria en cantar temas de otros, arriesgando nada y adoleciendo de todo vestigio de creatividad, cosa que se corrigió, afortunadamente, generaciones más adelante.

2Fragmento de Canción para mi muerte, de Charly García.

3¿Es una fijación chilena, acaso? Ahí te hablan, Káiser.

4Además responsable del maravilloso soundtrack del videojuego para PlayStation 3 The Last of Us, una pasada. Hermoso hasta no poder más.

5Esta banda fusiona tango, candombe y milonga tradicional con ritmos pop bailables; El Mareo es su tema más conocido, eso porque la parte vocal estuvo a cargo de Gustavo Cerati, y cuando eso pasa, el mundo es maravilloso. En serio, escúchenlo o véanlo, produce placer. Garantizado.



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lunes, 23 de noviembre de 2020

Ya no estoy aquí: lo mejor que le pudo pasar al 2020

Por: Gustavo Torres G.

Y sí. Hasta llegar al punto en que simplemente esperamos la mala noticia de cada mes, en el asunto del entretenimiento digital una sorpresa ilumina el panorama de lo que podría ser un 2021 que comience con una avalancha de premios y reconocimientos en lo que hasta el momento, me parece la mejor película del catastrófico 2020. Es mexicana.

Este divorcio que muchos hemos firmado con el cine nacional desde hace ya algunos años (personalmente, al menos veintitantos) a raíz de obras poco menos que vomitivas, deleznables, de pronto ha encontrado tregua con la autoría intelectual de quienes hoy son reconocidos como algunos de los mejores directores del mundo, me refiero por supuesto a los tres alegres compadres: Iñárritu, Cuarón y del Toro, todos con sendos óscares en sus haberes, absolutamente merecidos, desmarcados de la porquería realizada a nivel comercial en nuestras tierras, apuntando absolutamente al cine de autor, a la defensa de las ideas por sobre la taquilla fácil y sobre todo, inspirando a nuevas generaciones a animarse a hacer cosas como Ya no estoy aquí, largometraje recién estrenado en Netflix (noviembre de 2020), que ha sorprendido a propios y extraños.

Por sobre todas las cosas: naturalidad. Se agradece segundo a segundo en la película cada que algún personaje abre la boca; casi estoy seguro que la indicación del director debió haber sido “di algo más o menos así, pero con tus palabras”, y dejó fluir. Todavía a mediados del siglo pasado, la interpretación de papeles no blancos era asignada a blancos, con resultados absolutamente ridículos y supongo, ultra-incorrectos, políticamente hablando. Si Ya no estoy aquí se hubiese filmado en los 90s o principios de los 2000s, seguramente Ulises habría sido interpretado por uno de los Bichir o abrían encuerado a Patricia Llaca, so pretexto artístico. Otro mérito para Fernando Frías, joven director que tomó todos los riesgos necesarios para entregar un coso absolutamente auténtico., redondo, sin nada en excesos, sin ninguna deuda.

Pero bueno, ¿y qué con la trama? No es una historia al uso, parece no estar contando nada si se ve con ojos de cine palomero, seguramente las quejas del gran público irán por ahí; el destino del protagonista, cuyo nombre seguramente es absolutamente intencional, no se decide con las acciones o decisiones que toma, sino que parece determinado desde el momento en que inevitablemente decide ser quien es, y no es que haya tenido muchas opciones; en una escena muestra a su amiga Lin cómo desde niño su onda cumbiera era ya parte de sí, jamás ha tenido la mínima intención de ser otro o vivir de otra manera; en el sentido más profundo de la expresión, citando al inmenso Camarón de la Isla: “Tu cariño es mi castigo”. Ulises no está siguiendo ninguna moda. Todo él: sus peinados, su vocabulario, su forma de entender la vida es una concepción y no una intransigencia de su parte que vaya a pasar “cuando madure”, acepta las desgracias y los placeres de la vida por igual, jamás se queja, entiende que todo es parte del paquete. La extorsión que hace con su clica al chico que va saliendo de la escuela es tremendamente trascendente, y es que no lo hace con malicia, lo corrobora con sus compas más adelante cuando intenta explicar que ha venido alguien de fuera a cubrir la plaza. El poder se ejerce legítimamente desde la fuerza, sin tapujos o dobles caras. Se es quien se es, no hay vergüenza en eso. Es preferible decir adiós a todo que tener que esconderse.

La travesía de Ulises es fascinante en tanto natural. Nadie se queda para siempre en un lugar, es ley de vida crecer, aunque en el camino tengamos que estrangular a la última versión de nosotros mismos, y con “quedarse” no me refiero a un lugar físico, geográfico, hay quienes se quedan estacionados en una época, una forma de pensar, una persona, una sensación. Nada vuelve. Nada se perpetua en el tiempo, porque este es irrepetible, irremplazable. Viene al tema aquel eterno fenómeno del deportista maduro, que no sabe cuándo retirarse, o bueno, sí, lo sabe, pero no quiere, pues desea replicar su sensación de gloria todo lo posible, se cree eterno, invencible, como cualquiera de nosotros en la adolescencia. Peter Pan vive en nosotros tanto como las circunstancias lo permitan, pero la estancia causa recargos y la vida cobra sus réditos tarde o temprano; Ulises lo aprende a la mala, lo que haga o deje de hacer no le importa a nadie, su entusiasmo por mostrarse se va mermando conforme se da cuenta que no es más que un peinado “curiosito” y que para vivir hace falta algo más que estirar la mano y pedir, hace falta esforzarse.

El regreso del héroe no es tal. Este interminable foco de análisis sociológico es perfectamente retratado en la escena de cierre, donde él ya no es de acá o de allá, se ha vuelto un extranjero en su propia cuna y un apestado en lo que debió haber sido la tierra prometida, incluso una minoría dentro de las minorías, “¡Eso no tiene nada de colombiano!” le reclamaba una prostituta colombiana en su intento por encajar en la comunidad latina en Nueva York. Como decía, el fenómeno de no pertenecer, de moverse y aceptar que de no hacerlo el estoicismo lejos de ser heroico es venenoso, conforma parte de la ley natural de vida que confronta el poder de la nostalgia con la necesidad tóxica de vivir en el confort emocional.



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lunes, 6 de enero de 2020

El mensaje del irlandés


Por: Gustavo Torres Gómez

La incendiaria declaración de Martin Scorsese sobre que las películas de superhéroes no se pueden catalogar como cine, ha generado un acalorado debate en los últimos meses en toda clase de medios; siempre que alguien llega a criticar lo que se hace la pregunta inmediata es: ¿y tú como lo harías? “Si no vas a contribuir con una mejor idea, mejor cállate”. El problema con los detractores de Scorsese es que no se le puede alegar a uno de los últimos dioses del cine, menos cuando bajo la manga tenía la mejor respuesta posible para semejante alegata: una producción de Netflix con elenco de miedo. Si el estreno de El Irlandés hubiese sido en marquesinas al uso, sobre todo en los 90´s o principios de este siglo, las taquillas habrían reventado y cada apellido, brillando con luz propia en la cartelera. Decir que Al Pacino, Joe Pesci y Robert De Niro (además de las estrellas invitadas, como Harvey Keitel) estarían en la misma cinta y dirigidos por el ya mencionado, hubiese sido suficiente para abarrotar de artículos y programas televisivos, trascendiendo horarios y formatos. ¿El problema? Estamos en 2020 y mucho de lo que solía ser ya no es, el mensaje más potente de esta película estrenada a finales del año pasado.

¿Quién es Martin Scorsese?
Para obtener más información, consulte Wikipedia. Sólo diré que es considerado uno de los mejores cineastas de todos los tiempos y que en lo personal, se ha ganado mi respeto con legendarias películas como Taxi Driver, Goodfellas, Gangs of New York, The Aviator, Hugo, The Wall Street Wolf y recientemente, The Irishman, toda una declaración de principios. Este señor tiene, por tanto, permiso de decir prácticamente lo que sea en cuestión de séptimo arte. Una vez aclarado el punto, veamos entonces qué tiene que decir con El irlandés.

Viejo lobo de mar.
El irlandés cuenta la historia de Frank Sheeran, un matón a sueldo que se relacionó con algunos de los políticos más importantes de su tiempo, especialmente con Jimmy Hoffa, mítico del sindicato transportista estadounidense a mediados del siglo pasado y acérrimo crítico de la dinastía Kennedy. Si después de la frase anterior no identificaste un solo nombre, es probable (casi seguro) que el resto de este artículo ni siquiera sea de tu interés (pero ese es el punto a discutir); si por el contrario, todos te son familiares, amigo, te aviso que ya no te cueces al primer hervor. Si bien la película se toma muchísimas licencias históricas, dado que la propia desaparición de Hoffa es hasta la fecha un misterio, lo que hace prácticamente a la perfección es contar cómo sucedió todo, desde el punto de vista de Sheeran. Aquel viejo arte de narrar es expuesto magistralmente con un filme que no cansa nunca, a pesar de aparentemente, ser una típica de gángsters. Escuché aquí y allá comentarios como “es muy aburrida”, “no le entendí nada” o “no desperdicié mi tiempo”, sin embargo, a partir de la cita con la que se abrió este texto, cabe señalar que no es una película cualquiera y no es una película para cualquiera. Levante la mano quien piense que El padrino II es la mejor película de la historia, esos entenderán mi punto.

El irlandés no tiene música incidental, ni efectos especiales deslumbrantes (bueno, el CGI en los rostros jóvenes de De Niro y Pesci sí que son deslumbrantes), casi todo transcurre en un peculiar silencio que lejos de incomodar o apagar el interés del espectador, hace que toda lo que se hace y dice tenga más cabida en los sentidos, sin apenas algún ruido que contamine el espectáculo cinematográfico ante nuestros ojos. No requiere más que una genial composición de diálogos, manejo de cámara, fotografía, ritmo, una historia bien hilada, la descomunal actuación de los pesos pesados que ya mencioné y sobre todo el temple del director que impasible ante las modas, los excesos de nuestro tiempo, se da a la tarea de entregar un producto completamente artesanal, un platillo de autor en el viejo restaurante Scorsese, donde ya sabemos que no hay área para niños, ni meseros empalagosos con amabilidad de franquicia, sino el toque de aquel que sabe poner los ingredientes en cantidad y orden correcto, porque sabe que lo que tenemos es ganas de comida de verdad y no recalentados de comida congelada, mucho menos postres rebosantes de azúcar, que nos alegrarán el paladar un rato, sí, pero no satisfarán el alma como ese preparado calientito de toda la vida.

Las más de tres horas de duración podrían espantar a muchos curiosos, pero vale la pena cada maldito segundo, si se tiene el humor y la paciencia para soportar este tipo de cine si se está acostumbrado a algo bastante más... mundano, digamos, cinematográficamente hablando.

El cine en casa también es cine
También está el cascarrabias al que nada le parece. También os digo que está equivocado. Algunos otros emblemáticos de la industria se manifestaron en contra de ver películas en lugares distintos del cine y sí, en parte tienen razón, hay obras que merecen ser vistas como el espectáculo, la experiencia que representa ir a una sala de toda la vida, pero no tiene que ser siempre así. Justamente, El irlandés la disfruté muchísimo en plan doméstico (cobijas, botana y sin nadie que haga ruido), se presta para experimentarse desde lo íntimo, y quien la haya visto en el teléfono o en su laptop, allá ellos, la trama es igual de disfrutable. Entendí de acá que si bien como obra cinematográfica El irlandés es incontestable, insuperable, el mensaje a las nuevas generaciones es “miren, así es como se hace cine”, y tiene razón, pero al mismo tiempo no.

La magia del cine radica precisamente en su flexibilidad creativa; no puedo decir que también llegó un punto hace no mucho donde llegué a decirle a alguien que ya estaba harto de Marvel y DC, que tenía ganas de “películas de verdad”, mucho antes de la declaración de Scorsese, que ir al cine y encontrar una “película adulta” era más difícil cada vez y que en esencia, para ver algo medianamente profundo había que escarbar en las exhibiciones de festivales internacionales o directamente ir a una videoteca universitaria (bueno, tal vez exagere). La tecnología de entretenimiento, cada vez más asequible para el común, permite que al menos algo de la calidad con la que se puede apreciar algo en una sala profesional se quede en nuestras habitaciones, con la intimidad que uno decida darle. Como en casi cualquier actividad humana, el refinamiento de los gustos a veces hace olvidar el goce de los sentidos con los cuales percibimos aquello que consumimos. Espero que la delicia de ver una película de este calibre le llegue a quien quiera darse la oportunidad de saber apreciarla, así como de saber que en el bufete del arte, lo demás también cabe en el plato.


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El último sueño: sobre los 30 años del «último baile» con Soda Stereo

Por: Gustavo Torres Gómez 1995 como ecuador de una maravillosa década en lo musical coincidió con la aparición de Sueño Stereo , obra última...