Apenas había amanecido cuando sintió el aire helado entrando por un costado, normalmente pasa cuando una mala posición impide tener la misma experiencia desde el frente. Nunca le había pasado algo así. Bueno, nunca le había pasado nada más. El deseo de estirarse fue más fuerte que el de protegerse del viento abriéndose paso a través de la hondonada y, en un bostezo eterno, la vida se confirmaba en sus pulmones. El hielo bajo los pies quemó desde el inicio, y el calor de papá contrastaba terriblemente con el resto del mundo, tan inhóspito, tan gélido… tan luminoso.
Más allá del hambre interminable de cada día, la sensación de no pertenecer nunca dejó de rodear sus plumas, como una fina capa de aceite que no puede ser desprendido ni con jabón o estropajos. Esas pláticas interminables sobre ningún tema con el resto de la parvada, en medio de la nada y sin llegar a ninguna parte lo hartaron desde el primer momento. En algún punto, creyó poder desviarse del interminable periplo de cada ciclo; creció muy rápido como para darse cuenta que el ir y venir a los cardúmenes del sur también eran todo, menos estáticos, por lo menos un par de ocasiones pudo presenciar su llegada de, seguramente un horizonte más norteño todavía. ¿Y si había más comida en esa dirección? Podría ser posible, si tan sólo el mero querer fuese suficiente.
Una de esas primaveras, seguramente en otro de tantos atardeceres limpios, una tenue tibieza bajo las patas le permitió percibir la suave aspereza de una enorme piedra plana. Se quedó hasta el anochecer esperando tacto seco. El sol saliendo de nuevo, con la prueba inequívoca de que todo riesgo tendría su recompensa, decidió ir a contracorriente. Como un misil teledirigido, sorteó todas las escamas que extrañadas, veían aquel rayo bicolor transitar de cuando en cuando al fondo y a la superficie, alternadamente. Nadie notó su ausencia en los días que le siguieron, pero él sí se sintió ausente cada kilómetro fuera de casa. La queja de incomodidad en su propio nido, aquel desierto blanco y azul, hoy se manifestaban como espasmos calientes en sus alas y su espina, la sangre reclamando volver, a cada instante, reventaba bajo su piel, inclemente.
En este road-trip acuático, detener su andar no había sido parte del plan, pero esa batería milagrosa que su milenaria genética le había heredado, de pronto hacía notar su insuficiencia, a cada aletazo, costaba más y más mantener el ritmo. Andar y andar en patio propio, por más inclemente que fuesen las condiciones, no se comparaba nunca a esto: la ansiada primavera eterna, la persecución por el calor perpetuo comenzaba a parecerse más a un portal dimensional al infierno de los desilusionados. Una vez más, creer que podía ser parte de un mundo ajeno, saltaba en sus pensamientos más como un pesar insostenible, que como la confirmación de que la voluntad individual es capaz de prevalecer sobre el espíritu. Sin detenerse por días, semanas, tal vez meses, con apenas algunas sardinas en el gaznate, toda la rabia contenida por toda la vida pasando sobre su cuerpo ahora moribundo, se convertía en el motor que anhelaba con desesperación el premio de consolación ahora mutando en éxito, la satisfacción de saber que ni la naturaleza, con todo su poder, su interminable arsenal de recursos, su sobrecogedora belleza y la bendita y dictatorial ley de autoconservación, pudo arrebatarle el absoluto placer de convertirse en la golondrina submarina que sin volar, surcando las olas por arriba y por debajo, dejó su último suspiro sobre un arenal en el caribe, sabiendo que lo imposible es solamente otro título que ponerle al libro de la determinación.
Se
ha especulado mucho con el tiempo que tenemos disponible para las
próximas semanas en todo el mundo: para algunos, desgraciadamente
serán sus últimos días en la oportunidad de ver la luz del día,
para otros, el privilegio de ser tocado por rayos de sol será más
apreciado, deseado, cada minuto de esta sui géneris primavera que
nos recibe con una luminosidad que ya olvidábamos era hermosa por
estas fechas y además un viento helado aún, resabio de un invierno
particularmente rejego al menos en el norte de México. Vi
publicaciones en toda clase de redes sociales donde incluso se
agradece al COVID-19 por obligarnos a estar quietos y no puedo estar
menos de acuerdo, considerando el fantasma del desamparo que produce
a aquellos cuya situación económica sobre todo, no permite tomarse
la cuarentena con calma. Aunque por supuesto, evitando la retahíla de
quejas adjuntas comunes a la temática, no tengo otra alternativa que
aceptar las bondades para quienes tenemos la posibilidad de construir
(dentro de lo que cabe) un itinerario potencialmente edificador en el
plano de lo humano.
¿Qué
se siente estar en cuarentena?
A
ver... es muy diferente guardarse en un espacio por necesidad
meramente individual que a raíz de una orden externa. En un periodo
relativamente corto, he tenido que restringir la capacidad de moverme
más allá de la banqueta de mi casa dos veces: la primera, una
fractura incomodísima y dolorosa, juez y parte en el itinerario de
un 90% del resto del cuerpo que no tuvo de otra más que obedecer y
alinearse para poder gozar a posteriori del esplendor y gloria de la
salud. En la segunda, un aislamiento por abonos impuesto por el clima
indecifrable de Ensenada, no dejó trabajar regularmente a
prácticamente nadie en el sector de la educación, dada las
terribles características viales y de seguridad que padece mi
ciudad. Ahora, la tercera extraordinaria, lanza al ring al oponente
más formidable posible: nosotros mismos. Si son peras o manzanas, si
es un ardid político, un bulo del neoliberalismo opresor o una
contingencia sanitaria innecesaria, lo más prudente es ser prudente.
Y hacer caso. Estar en casa no es tan feo como puede parecer.
#Homeoffice
Podría
ser el primer paso a una nueva forma de percibir la jornada laboral y
escolar. ¿De verdad era tan necesario ir? Nos preguntaremos en unos
años, cuando la pandemia nos haya enseñado a que tres o cuatro días
por semana en las escuelas y oficinas es suficiente para demostrar
que existimos y estamos vivos. Los roces con gente fea, los lonches y
las madrugadas bajo lluvia desaparecerán en virtud de un internet
que por fin servirá para algo más que compartir memes y videos de
gatitos. Veremos con gusto sincero a nuestros compañeros de trabajo
y la productividad destruirá los techos de las empresas con una
enorme flecha roja ascendente, mientras los jefes lloran de la
emoción.
Crear,
ser humano
En
la inconmensurable obra de Isaac Asimov, una novela cuenta cómo un
robot es acusado de asesinato, y el policía que lo interroga, en su
inútil afán por mostrar la superioridad del humano sobre la
máquina, le plantea la imposibilidad de las computadoras para
imaginar, crear cosas nuevas, hacer arte y lo increpa en su
incapacidad; el autómata, sereno, le responde: “¿Puedes tú?”.
Brutal. Si este ritmo de vida asesino de la individualidad y todo lo
que eso conlleva (ausencia casi total de espiritualidad, fé
empaquetada, ideologías de paja, entre otras menos terribles), nos
hace creer que el bienestar se obtiene comprando, existe siempre esa
posibilidad. En esa vorágine del intercambio, nadie da nada, nadie
sacrifica un sorongo, como si dar de sí implicara desprenderse para
siempre de algo que no debiera verse. La única solución es crear.
Liberarse uno en lo creado es ser, no sólo existir. El aislamiento
nos obliga a convertirnos en algo. Como veo las cosas hay dos
opciones: ser un post-súpernova hambriento de lo que sea que llene
de luz nuestras entrañas, o ser una semilla, para uno mismo o para
los demás.
El
desafío de ver al espejo
“Lo
terrible del mar/es morir de sed” rezaba el gran A. C. Clark,
siendo probablemente la metáfora más deliciosamente ambigua que
haya escuchado de él. En ese sentido, con el caudal de posibilidades
que existen para darle cuerpo a la frase se dispara por mil. La
soledad del aislamiento es una falacia que brinca incluso el lugar
común de decir “estoy yo y para mí”, se extiende tanto como el
amor que estemos dispuestos a dar, siempre dar. El otro es
indispensable. La ansiedad desaparece cuando existen además de mí,
y la mejor manera de brindarme es crear. El encierro es únicamente
insoportable para quien no puede estar consigo.
Anne
Rice es LA autora de novelas de vampiros. Fans de Crepúsculo,
absténganse de leer este artículo, o mejor dicho... quédense para
aprender lo que es bueno. Lo
dicho, si lo que buscas es una buena novela de chupasangres
inmortales y seductores, la mejor opción es conocer la saga de
Lestat y el resto de fabulosos personajes creados por esta autora
estadounidense; no solamente son excelentes novelas, perfectamente
escritas, planificadas, sino que tienen el valor literario del que adolecen muchas de las sagas juveniles contemporáneas que han
intentado abordar la temática sí con muchísimo éxito comercial,
pero con resultados sinceramente paupérrimos en aspectos técnicos,
estilísticos y de lenguaje, sin mencionar las ridículas premisas
argumentales con las que intentan vendernos sus historias.
Entre
las novelas únicas de Rice, aquellas que no tuvieron continuación o
se encontraron en el mismo universo, encontré “El sirviente de los
huesos”, cuyo planteamiento me atrapó nada más por la ubicación
temporal y la referencia histórica (me chifla, perdón por la
expresión, todo lo relacionado con las culturas originarias del
Tigris y Éufrates), además, claro de la reputación de su autora.
Este libro narra con gracia y mucho estilo la vida de Azriel, un
hombre que viviendo en la época de esplendor de la cultura
mesopotámica, tiene la habilidad de entablar conversaciones con
Marduk, el poderoso dios babilónico, y que, en la tranza de unos
sacerdotes de sospechosas intenciones, termina siendo sacrificado por
motivos que prefiero no revelar al lector, pero que es conveniente
aclarar, tanto en la forma de sacrificio, como en los resultados del
mismo, Anne Rice demuestra por qué es una maestra de la narrativa
fantástica, dibujando con detalle y exquisitez las formas y momentos
en que el protagonista termina convirtiéndose en un algo, no sabemos
si ángel, demonio, genio o espíritu, tan poderoso que es capaz de
rivalizar en fuerzas y habilidades con el mismísimo panteón de
divinidades sumerias.
En
la convención de Azriel y todo lo que representa su existencia, la
trama va avanzando en el tiempo, moviéndose en el espacio,
detallando aprendizajes y desventuras hasta entender su condición
como desgracia, mas no como fortuna; aun con la casi omnipotencia del
demonio angelado, saberse indestructible se vuelve peor noticia que
la propia promesa de muerte para el resto de los mortales. Hasta su
llegada a nuestros días, el propósito de su existencia no dejará
más que preguntas y cabos aparentemente sueltos, mismos que van
haciendo una historia sumamente emocionante y que en algunos pasajes,
da rienda suelta a la imaginación de la autora, sin que eso
signifique la pérdida de coherencia o la ganancia gratuita de
absurdos o recursos que rompen las reglas aristotélicas de la
literatura.
En
definitiva, los puntos fuertes de esta obra pasan por la estimulación
de la mente del lector valiéndose de lo mejor que Anne Rice tiene
como autora: desenvolver con sensualidad las bajas pasiones de sus
personajes sin reparar en moralidades sin sentido, priorizando con
mesura, claro, todo lo exótico y erótico que puede ser un ángel
con permisos de diablo y apetitos absolutamente animales, todavía
sin perder su naturaleza metafísica.
Puntos
negativos, muy pocos: las situaciones pierden fuerza después del
tercer cuarto del libro, se vuelve un texto monótono y unitemático,
triste si se piensa en las posibilidades argumentales que la propia
escritora generó durante toda la primera mitad. Si bien el final es
relativamente sorpresivo, resulta poco creíble en función del
personaje que acapara la casi totalidad del volumen del texto, que a
decir verdad, también podría considerarse un punto negativo, eso de
no aventurarse a cambiar de derroteros con el delicioso bufete de
personajes secundarios que, debe decirse, son buenísimos, cargados
de carisma y personalidad.
Si
lo que buscas es un libro emocionante, bien narrado y entretenido,
este puede ser, pues me parece que el mejor de los halagos posibles es
el hecho de ser único en su tipo, pues no es propiamente una
historia vampírica, aunque se tome cierta esencia de la realidad de
los mismos. Tampoco es un texto tan profundo como para huir a la
primera de cambio, pero como dije, es Anne Rice y eso es garantía de
historias bien contadas.
Había
hecho ya un análisis sobre un par de libros del periodista favorito
de Teruel, Javier Sierra, en ambos casos, el balance positivo.
La ficción del español es tremendamente entretenida, quien lo haya
escuchado o visto en los numerosos programas de radio y televisión
en los que constantemente aparece como invitado, constatará la
intensidad con la cual hace sentir todo aquello que comparte, tanto
en los temas de rigurosidad histórica, como en lo referente al mundo
del misterio, la natural empatía generada entre el susodicho y el
espectador se convierte en una relación ganar-ganar prácticamente
invencible.
La
ruta prohibida (2007) es el libro perfecto para los
conspiranóicos: desmenuza argumentalmente algunos de los temas
históricos más dogmatizados, al menos desde lo popular; el rumor de
la existencia de un prenauta (alguien llegó mucho antes que Colón
a tierras americanas) por ejemplo, es pretexto para indagar, junto
con el autor, en uno de los bulos que más cotilleo levanta desde que
los historia oficial se ha permitido aceptar tímidamente, la llegada
de personas ajenas a nuestro continente previo al arribo del genovés,
aunque, si nos permitimos pensarlo muy al estilo del gran Eduardo
Galeano, el verdadero misterio tendría que ser por qué seguimos
reconociendo más a los que llegaron después y no a los poblantes
originales. A fin de cuentas, la perspectiva sigue siendo
eurocentrista... joder.
Como
ha de suponerse, el texto se pasa como agua, mucho más si se es
asiduo de la temática o del propio autor (es un auténtico placer
culposo encontrarse uno mismo leyendo mentalmente con la radiofónica
voz de Sierra); desarticular junto con él los entresijos de la
historia oficial es poco menos que placentero. Haber sido ganador del
Premio Planeta en su edición del 2017 le consolidó como la
cara visible del periodismo de investigación serio, el de verdad,
aun cuando el libro que lo puso en el estrado se tomó sendas
licencias literarias. Ha de decirse que El fuego invisible es
la suma de lo que en tantos años el teruelense fue forjando en su
estilo y contenidos, y en mi parecer, la gota que derrama el vaso
para fortuna de todos nosotros, es La ruta..., como si de una
cartografía literaria se tratase. La ruta prohibida es un auténtico
bufet para mentes inquietas, no solamente los tintes arqueológicos
son parte de los tesoros ocultos detrás de lo que nos cuenta, lo
simbólico, anecdótico y místico, en su fasceta más objetiva
posible, son elementos mostrados sin pena ni reparo en la corrección
política, o mejor dicho, el miedo a romper pensamientos, creencias
arraigadas.
Las
revelaciones de Fátima, tratadas desde la óptica
contemporánea, parecen tener más sentido en la ciencia y lo
ufológico, que desde la asunción del caso en la fe católica;
afirmar, por ejemplo, que lo visto por aquellos pastorcillos en
Portugal no fue precisamente una mujercita, sino un ser
bastante más parecido a un personaje de Star Wars (así lo
califico, mea culpa), podría ser una afrenta para los
creyentes más asumidos, aunque de acuerdo a las evidencias de
primera y segunda mano obtenidas para el libro, no haría falta ni
pedir una segunda interpretación. Así con los demás capítulos,
unos más espinosos que otros.
Todo
el libro es una gozada, se va en un fin de semana o poco más, si se
tiene autocontrol, es de esos que parece no tener desperdicio, aunque
para quienes no estén demasiado familiarizados con la historia del
viejo continente o sean capaces de asimilar e investigar por su
cuenta la cantidad de referencias con las cuales se van contando las
cosas, es posible que se convierta en una lectura pesada, para
quienes estén dispuestos a correr el riesgo (los desconocedores del
autor y los temas) sin duda es una obra fundamental para dar un color
distinto a la realidad de la que somos presos.
Los vericuetos del destino son increíblemente misteriosos cuando se ve en retrospectiva. Pocas cosas en realidad son al azar y dentro de cada situación en la vida, toda una maraña de hechos detrás tuvo que haberse confabulado. Nuestro lugar hoy, en este momento, obedece a nada más que a la suma de muchas voluntades y bajo este precepto, autores maravillosos como Khaled Hosseini son capaces de extraer lo mejor y lo peor de alma humana para ponerlo en bandejas donde los lectores podemos empaparnos de narrativas ubicados en geografías desiertas, pero rebosantes de humanidad, de calor humano.
La obra de Hosseini la conocí durante la visita a una comunidad rural en el norte de Baja California, México, un diminuto pueblo con apenas medio kilómetro de diámetro y seguramente de menos del centenar de habitantes, dedicados en su totalidad a labores propias del árido campo que es posible cultivar ahí, en San Matías, a más de 1000 msnm. Por motivos de trabajo, permanecí unos meses en el sitio, lidiando con la falta de señales de todo tipo; teléfonos celulares, televisión o radio, no tenían cobertura en aquel ya lejano 2007. Por azares del destino, la única amistad que logré forjar (y permanece hasta la fecha) fue con una pareja de ancianos retirados, provenientes de Estados Unidos, ambos trabajadores sociales en su juventud y que llegaron a este punto de la geografía mexicana por recomendación médica, pues tanto la altura como las condiciones climáticas les permitían llevar una vida bastante más agradable que en su querido país de origen. Es importante que recalque los detalles que me llevaron a coincidir con la obra de Hosseini en tanto se entienda que el valor de sus textos no sólo está en el plano meramente literario (a fin de cuentas, lo que debería importar), sino que hay todo un asunto de aprendizaje que no tiene que ver con los discursos ridículamente moralinos de los best-sellers más populares en la mal calificada “literatura de superación personal”, lo de Hosseini trasciende porque es auténtico, y deja de lado su protagonismo como autor para dejar que los personajes y sus circunstancias hablen por sí mismos.
Y las montañas hablaron, la tercera novela del escritor de origen afgano, cuenta la carambólica historia de una serie de personajes surgidos para la trama a partir de las desafortunadas circunstancias de Abdulá y su hermanita menor, Pari, nacidos en la miseria material y las duras condiciones climáticas de su pueblo natal, Shadbagh. Para no ahondar en detalles (ahora llamados spoilers), sólo puedo decir que el cuento que da apertura al libro es básicamente la mirada metafórica de lo que pasa durante toda la trama principal (y es un primer mazazo al alma, en verdad), que hay que decir, está plagada de subtramas que a veces dificultan dar seguimiento fluido a lo que se supone deberíamos de saber, y en ese sentido, la elección de esa estructura para contarnos todo es, al mismo tiempo, lastre y bálsamo. Un lector casual probablemente sufrirá al intentar darle forma completa a lo que sucede, pero es un riesgo que evidencia la maestría del autor para consagrarse como uno de los mejores story-tellers de los últimos tiempos.
Desde Cometas en el cielo, quedó en claro la capacidad del buen Khaled para hacer mella en los corazones de quien inevitablemente empatice con sus personajes; conozco gente que quiere bautizar como Hassan a sus futuros hijos, por ejemplo. No es broma. Cometas... es una historia de redención, absolutamente espiritual (desde una perspectiva lo menos religiosa posible), que abordó el tema del perdón y la moral sin caer en los clichés o la santiguada gratuita, Y las montañas... a su manera, también habla de redención, de perdón, pero sobretodo de amor, tan puro y poderoso como puede llegar a ser, lo expone como un súper poder humano, lo único imperecedero, inmune a los embates del tiempo, la historia, los conflictos. Las figuras de Abdulá y Pari en su fraternalidad es un regalo a lo mejor que podamos ver reflejados de nosotros en ellos, así con personajes como Nila Wahdati o el propio Sabur, de quienes podemos poner en tela de duda su honorabilidad, pero jamás sus decisiones, tan respetables como necesarias, de las que dependerán el destino de muchos de los otros involucrados en una novela por demás compleja, pero tremendamente aterrizada, sin fantasías, sin falsas esperanzas, tal cual se construye la realidad fuera del libro.
Todo a lo que nos enfrenta el autor es duro, mucho. De principio a fin, literal, no recrea jamás paisajes esperanzadores, sin que esto signifique la pérdida del encanto en la narración. Son las vetas de dulzura en la acciones de todos los involucrados las que hacen potente esta obra; sin ir muy lejos, Nabi, el tío de los niños que abren el libro, se convierte en uno de los personajes más entrañables a través de su dedicación y sentido del honor para con su patrón; su aparición, el capítulo donde narra desde su punto de vista es, al menos para mí, el momento estelar en el libro, estremece hasta las lágrimas y hace pensar lo complicado encontrar otra figura con la que uno quisiese entablar conversación... y el condenado Hosseini, lo logra con Markus, el griego y Pari, “las otras Pari”, son los encargados de aterrizar todo el conflicto en nuestro tiempo, siendo sus historias de vida las que, en apariencia ajenas, conectan sutil y poderosamente todos los cabos sueltos que a lo largo de más de trescientas páginas se fueron deshilando.
La experiencia emocional de Y las montañas... trasciende el valor literario de este libro, es imposible no involucrarse y sufrir con cada una de las historias mostradas en cada capítulo, pero más difícil es aún hoy, dejar de reconocer a su autor como uno de los nuevos grandes baluartes de la literatura universal, quien orgulloso de sus raíces, muestra esa otra mitad del mundo de la que somos inconscientes, que ignoramos o malconceptualizamos a través de lo que las noticias deconstruyen, sin reparar en lo apasionante que resulta adentrarse en una cultura antiquísima y riquísima en el croma de lo artístico, en contraste con la piedra y el polvo que página a página construyen la narrativa de Hosseini, aun si te lo encontraste por recomendación, o estuviste predestinado en algún pueblito en medio del desierto, a recibir un regalo de esta magnitud.
La
incendiaria declaración de Martin Scorsese sobre que las películas
de superhéroes no se pueden catalogar como cine, ha generado un
acalorado debate en los últimos meses en toda clase de medios;
siempre que alguien llega a criticar lo que se hace la pregunta
inmediata es: ¿y tú como lo harías? “Si no vas a contribuir con
una mejor idea, mejor cállate”. El problema con los detractores de
Scorsese es que no se le puede alegar a uno de los últimos dioses
del cine, menos cuando bajo la manga tenía la mejor respuesta
posible para semejante alegata: una producción de Netflix con elenco
de miedo. Si el estreno de El Irlandés hubiese sido en marquesinas
al uso, sobre todo en los 90´s o principios de este siglo, las
taquillas habrían reventado y cada apellido, brillando con luz
propia en la cartelera. Decir que Al Pacino, Joe Pesci y Robert De
Niro (además de las estrellas invitadas, como Harvey Keitel)
estarían en la misma cinta y dirigidos por el ya mencionado, hubiese
sido suficiente para abarrotar de artículos y programas televisivos,
trascendiendo horarios y formatos. ¿El problema? Estamos en 2020 y
mucho de lo que solía ser ya no es, el mensaje más potente de esta
película estrenada a finales del año pasado.
¿Quién
es Martin Scorsese?
Para
obtener más información, consulte Wikipedia. Sólo diré que es
considerado uno de los mejores cineastas de todos los tiempos y que
en lo personal, se ha ganado mi respeto con legendarias películas
como Taxi Driver, Goodfellas, Gangs of New York, The
Aviator, Hugo, The Wall Street Wolf y recientemente, The
Irishman, toda una declaración de principios. Este señor tiene, por
tanto, permiso de decir prácticamente lo que sea en cuestión de
séptimo arte. Una vez aclarado el punto, veamos entonces qué tiene
que decir con El irlandés.
Viejo
lobo de mar.
El
irlandés cuenta la historia de Frank Sheeran, un matón a sueldo que
se relacionó con algunos de los políticos más importantes de su
tiempo, especialmente con Jimmy Hoffa, mítico del sindicato
transportista estadounidense a mediados del siglo pasado y acérrimo
crítico de la dinastía Kennedy. Si después de la frase anterior no
identificaste un solo nombre, es probable (casi seguro) que el resto
de este artículo ni siquiera sea de tu interés (pero ese es el
punto a discutir); si por el contrario, todos te son familiares,
amigo, te aviso que ya no te cueces al primer hervor. Si bien la
película se toma muchísimas licencias históricas, dado que la
propia desaparición de Hoffa es hasta la fecha un misterio, lo que
hace prácticamente a la perfección es contar cómo sucedió todo,
desde el punto de vista de Sheeran. Aquel viejo arte de narrar es
expuesto magistralmente con un filme que no cansa nunca, a pesar de
aparentemente, ser una típica de gángsters. Escuché aquí y allá
comentarios como “es muy aburrida”, “no le entendí nada” o
“no desperdicié mi tiempo”, sin embargo, a partir de la cita con
la que se abrió este texto, cabe señalar que no es una película
cualquiera y no es una película para cualquiera. Levante
la mano quien piense que El padrino II es la mejor película de la
historia, esos
entenderán mi punto.
El irlandés no tiene música incidental, ni
efectos especiales deslumbrantes (bueno, el CGI en los rostros
jóvenes de De Niro y Pesci sí que son deslumbrantes), casi todo
transcurre en un peculiar silencio que lejos de incomodar o apagar el
interés del espectador, hace que toda lo que se hace y dice tenga
más cabida en los sentidos, sin apenas algún ruido que contamine el
espectáculo cinematográfico ante nuestros ojos. No requiere más
que una genial composición de diálogos, manejo de cámara,
fotografía, ritmo, una historia bien hilada, la descomunal actuación
de los pesos pesados que ya mencioné y sobre todo el temple del
director que impasible ante las modas, los excesos de nuestro tiempo,
se da a la tarea de entregar un producto completamente artesanal, un
platillo de autor en el viejo restaurante Scorsese, donde ya sabemos
que no hay área para niños, ni meseros empalagosos con amabilidad
de franquicia, sino el toque de aquel que sabe poner los ingredientes
en cantidad y orden correcto, porque sabe que lo que tenemos es ganas
de comida de verdad y no recalentados de
comida congelada, mucho menos postres rebosantes de azúcar, que nos
alegrarán el paladar un rato, sí, pero no satisfarán el alma comoese preparado calientito de toda la vida.
Las más de tres horas de duración podrían espantar a muchos curiosos, pero vale la pena cada maldito segundo, si se tiene el humor y la paciencia para soportar este tipo de cine si se está acostumbrado a algo bastante más... mundano, digamos, cinematográficamente hablando.
El
cine en casa también es cine
También
está el
cascarrabias al que nada le parece. También os digo que está
equivocado. Algunos otros emblemáticos de la industria se
manifestaron en contra de ver películas en lugares distintos del
cine y sí, en parte tienen razón, hay obras que merecen ser vistas
como el espectáculo, la experiencia que representa ir a una sala de
toda la vida, pero no tiene que ser siempre así. Justamente, El
irlandés la disfruté muchísimo en plan doméstico (cobijas, botana
y sin nadie que haga ruido), se presta para experimentarse desde lo
íntimo, y quien la haya visto en el teléfono o en su laptop, allá
ellos, la trama es igual de disfrutable. Entendí de acá que si bien
como obra cinematográfica El irlandés es incontestable,
insuperable, el mensaje a las nuevas generaciones es “miren, así
es como se hace cine”, y tiene razón,
pero al mismo tiempo no.
La magia del cine radica precisamente en su
flexibilidad creativa; no puedo decir que también llegó un punto
hace no mucho donde llegué a decirle a alguien que ya estaba harto
de Marvel y DC, que tenía ganas de “películas de verdad”, mucho
antes de la declaración de Scorsese, que ir al cine y encontrar una
“película adulta” era más difícil cada vez y que en esencia,
para ver algo medianamente profundo había que escarbar en las
exhibiciones de festivales internacionales o directamente ir a una
videoteca universitaria (bueno, tal vez exagere). La tecnología de
entretenimiento, cada vez más asequible para el común, permite que
al menos algo de la calidad con la que se puede apreciar algo en una
sala profesional se quede en nuestras habitaciones, con
la intimidad que uno decida darle. Como en casi cualquier actividad
humana, el refinamiento de los gustos a veces hace olvidar el goce de
los sentidos con los cuales percibimos aquello que consumimos. Espero
que la delicia de ver una película de este calibre le llegue a quien
quiera darse la oportunidad de saber apreciarla, así como de saber
que en el bufete del arte, lo demás también cabe en el plato.
Soda Stereo vuelve y es necesario hablar. Muchas son las opiniones y raramente alguna es conciliadora con las demás. Es un tema en verdad delicado para los soderos de cepa. Público genérico, comprenda la situación. ¿Por qué no emociona tanto como se supone debería? Aquí mis porqués.
Es de todos sabido que el peso creativo y alma del grupo fue siempre Gustavo Cerati, quien con el paso del tiempo supo trascender su nombre más allá de la banda en cuestión, él se colocó con méritos de sobra en ese selecto olimpo de los dioses musicales argentinos, especialmente del pop y rock; junto con Spinetta, García, Páez y un puñado más, logró poner su nombre entre esos imprescindibles.
A pesar de su consagración en solitario, Gustavo nunca negó su origen, reconoció siempre en Soda a la banda de su vida y mencionó en repetidas ocasiones el hecho lógico de que si alguno de los tres faltase, la banda como tal no existiría, declaración que tanto Zeta Bosio como Charly Alberti retomarían en distintas ocasiones para reafirmarlo, ¿significa entonces que ante esta inminente gira internacional el nombre Soda Stereo está siendo mal utilizado? Dado lo mencionado, sí, la respuesta es clara: no hay Soda sin Cerati o sin cualquiera de los otros dos.
¿Dónde está el lío entonces? Como dije, habemos soderos de cepa a quienes no nos entusiasma escuchar los temas de nuestras vidas interpretados por quienes directamente consideramos indignos de ocupar un lugar así de grande; a título personal, haber abanderado a Chris Martin como el principal elemento dentro del cast de voces acompañando la batería y el bajo del grupo, me parece una jugada sin ningún tipo de sentido histórico ni artístico, el tipo de Coldplay jamás tuvo relación con latinoamérica ni en lo musical ni en ninguna otra forma, fue aquella noche en Buenos Aires cuando interpretó De Música Ligera en un gesto que se antoja bajo y populista; justo después de la partida física del maestro, las menciones y homenajes venían de todos lados, pero... en verdad esos tres minutos fueron suficientes para ponerlo a la cabeza de este proyecto en 2019? Ni de coña.
Incluso con Richard Coleman como sustituto natural en la voz y guitarra hubiese tenido más sentido en lo artístico (lástima que no en lo mercadológico, es un nombre prácticamente desconocido para el gran público fuera de Argentina), y es que previo a las giras Ahí Vamos o Fuerza Natural con Gustavo, las andanzas de Coleman junto al trío se remontan a épocas incluso más tempranas que el debut oficial de la banda... pudo haber sido el cuarto Soda. Leer en los comunicados nombres como Juanes o Mon La Ferté dentro de la alineación de artistas, simplemente provoca escozor (¡hasta Shakira tendría mi aprobación!). Caso distinto, es tal vez, la inclusión de leyendas que sí se “justifican” dentro del universo sodero, sea por su relación con el grupo en el pasado o por méritos propios, con el estilo y caché que puedan aportar: Benito Cerati (es hijo de su majestad, ni modo), el buen Rubén Albarrán (la mejor versión de Juegos de Seducción fue la de Café Tacvba), Andrea Etcheverri (su aportación al unplugged con La Ciudad... es simplemente apoteósica), el ya mencionado Richard Coleman (razones explicadas), Adrián D´Argelos (su estilo es interesantísimo si se piensa bien), León Larregui (se consruyó una carrera completa con Cerati como influencia innegable), Fernando Ruiz Díaz (no está tan mal, después de todo, creo que Zeta nunca había llevado un invitado personal), y Gustavo Santaolalla (el exquisito del repertorio). Como homenaje suena bien, pero el uso del nombre Soda Stereo para la banda es lo que hace ruido a muchos.
Recien estaba leyendo Yo conozco ese lugar, la autobiografía de Héctor Pedro Juan Bosio (Zeta, para el resto del mundo), cuando surgió la noticia de la gira. Si bien conocía muchas situaciones respecto al origen de la banda y muchas de sus aventuras, este documento (sumamente importante para soderos de toda la vida) abre inesperadamente una nueva veta de apreciación respecto al papel de cada uno de los elementos de Soda Stereo, junto con la sentida y en verdad sincera exposición de motivos por parte de su autor respecto de un montón de cosas, entre ellas, las broncas con Gustavo en relación a lo que cada quien hizo para haber hecho de su grupo lo que fue y lo que es aún. Explica con detalle cómo para una banda la autoría de las letras es sólo una parte del trabajo, la composición de las mismas (con toda su complejidad), arreglos, maquetación, ingeniería (en estudio y en directo), ensayos, organización de imagen, fechas, negociaciones con disqueras, arrendatarios, músicos invitados, patrocinadores, contratos y un largo etcétera, no pueden ser para nada, obra de una sola persona. Zeta jamás demerita el monstruo artístico en que se convirtió Cerati, una auténtica bestia del pop mundial, al contrario, no deja de ensalzarlo y congratularse por la oportunidad de haber crecido personal y profesionalmente junto a él, pero reclama, con toda razón, su tercio del pastel, uno igual de grande que el de Charly y de Gustavo; la magia sólo de daba con los tres, y en ese sentido, fue tan importante como las otras dos partes. De lo que vivieron y pasaron, hace más entendible hoy esta postura de empoderamiento, de decir “Soda también soy yo, también me pertenece, también fui responsable de su construcción”.
¿Que es un negocio? ¡Claro! Lo dijo Gustavo en 2007, justo en aquella memorable conferencia de la gira Me verás volver, cuando un cizañoso reportero les preguntó: “¿Dónde está el problema en aceptar que vuelven por el dinero?”, ante lo cual, como un auténtico príncipe, con serenidad y sabiduría contestó: “No hay ningún problema en aceptarlo (...), plata es lo que nos pagan a todos por trabajar (...) estamos acá por una situación más personal... ”.
Me parece que se acusa innecesaria y cruelmente a Alberti y Bosio respecto al asunto de los dineros, como ha venido pasando desde lo del Circus Soleil, para algunos un homenaje innecesario, para otros, una muestra de que el legado de Soda continúa y se esfuerza por seguir vigente en las generaciones que siguen. Yo soy de estos últimos.
Nadie va a hacer trabajo gratuito, tengamos un poco de sentido común.
Queda claro que Gustavo es insustituible, pero prefiero mil veces ver el bajo y la batería verdadera de dos auténticos Soda en una gira de este tipo, que un homenaje pedorro hecho por terceros, y ahí sí sacando provecho de canciones, material y nostalgia que jamás generaron, léase Matute, por ejemplo, una vergüenza y asco de banda que se dedica a lucrar con versiones horribles ¡de temas que jamás compusieron! Ladrones en toda regla.
Desde mi parecer, los ya mencionados tienen total y absoluto derecho de hacer lo que les plazca con el material que amamos, no podemos esperar que la única forma de volver a escuchar a Soda sea a través de los discos.
Es sumamente injusto para ellos no poder tocar sus propios temas sólo porque inevitablemente Gustavo no está, ni estará, además, lo han dicho ya, todo el asunto es un homenaje para él, una metáfora viva en la que la banda revive junto con todos nosotros y quienes se unirán para darle voz a la banda. Jamás se ha pretendido “sustituir”, no va por ahí el asunto.
En el regreso del 2007, decía Gus en medio broma que le gustaba la idea de que sus hijos viesen un show de Soda Stereo en vivo, ahora, uno de ellos será parte del legendario trío: un Cerati, un Bosio y un Alberti de nuevo juntos en un escenario.
Gustavo Cerati fue, es y será la figura musical más importante de mi vida, su obra con Soda, en solitario y con colaboraciones es artísticamente descomunal, llena de sutilezas y míticos episodios por todos lados, dotada de sensibilidad y creatividad única. El lugar común no era lo de él... Con todo esto, como fan acérrimo y vitalicio, no me cierro a aquello que ya mencioné, Soda Stereo debe seguir asegurándose un legado no sólo a través de los recuerdos (ecos que no volverán), sino de iniciativas como las que afortunadamente el resto de la banda aun tiene el entusiasmo por compartir.
Mucho tiempo atrás, las huellas de pasados más lejanos no fueron tan notorias como se sentían hoy, hasta la gravedad cantaba su edad, sin piedad sobre un cielo sin aves y un monte sin viento. Tierra sin humedad, trinos perdidos en alguna parte del ambiente, hojas desganadas hasta para marchitar; aun así, los pasos no se detienen, buscando llegar a alguna parte. Por fin hay recompensa al asombro: a lo lejos, milimétricamente quebrando el silencio, algunas risas de niños iluminan este páramo marchito, entre groserías y gritos, el brillo naranja de la tierra parpadea entre carrera y carrera. No es que haya miedo de acercarme, sólo que mi presencia se advierte no por vista, sino por el barullo de los tres o cuatro perros que vienen a darme la bienvenida. El canturreo rítmico de sus ladridos alerta a los jugadores, quienes en instantánea reacción, terminan por esconderse de mí, mientras mi carcajada es opacada por un par de mirruñas más, sumándose a la gala sonora de mis primeros y pulguientos anfitriones. Omito y camino. Ahora el ambiente parece renacer.
Las ramas y la hierba, el camino mismo solía abrazar la visita de quien fuera, tal la arena húmeda del mar cuando se pisa sobre esta, secándose al momento, llorando cada partida. Ya no es para nada lo mismo, ahora todo parece detestarme, la ribera se aleja cuando volteo siquiera a verla, incluso las piedras parecen haber huido. Otras épocas palpitaban recorridos que también eran mucho más fugaces, con un corazón a veces disfrazado de dínamo y actuando como estampida sobre estampida, pies acariciando el piso en instantes eternos, pintados de plata, la misma que despidió cada tarde antes de que terminaran los tiempos, todos los tiempos. Sí hubo un fin y lo estoy respirando hoy.
Y un hedor a frescura me despierta, la repugnante ondonada de humedad por fin se estrella en mi frente, esta vez para hacerme agradecer el atisbo de vida que estuve rogando hasta este instante, el que creí haber perdido cuando empecé este viaje, etiquetado como último y no como el más reciente, que justo ahora reacciona al ruego de mis nostalgias. Hoy, como siempre, la ventana que me permitía volver y detener las delicias grises del horizonte, se ha vuelto a abrir y nada más importa, en realidad me doy cuenta que siempre estuve buscando para no encontrar, para negar este destino abierto, dorado de punta a punta, sin más obstáculo que el constante deseo de arrastrarme, hasta no estar verdaderamente seguro que el mejor lugar para llegar siempre fue un paso más adelante.
Muchos aprendieron a dialogar con el camino, no se si fue mi caso; desde luego que la dialéctica de la distancia provocó efervescencias incluso en quienes fueron compañeros de ruta, pero no hoy, pues tras esta vereda que intento atravesar, bardeada por abedules indiferentes ante el tenue aroma de mi determinación. Un escalofrío recorre mi espalda. He llegado. Todo esto parecía haber estado más lejos, y así es, la mujer de Lot miraría con envidia cómo sí puedo voltear hacia atrás sin transformarme en sal, y lo hago, vale la pena. Desde la cima, el portal se abre en transparencias que dejan ver con belleza inmisericorde hacia todas direcciones y mi mente está tentada a pedir asilo en el mejor de los pasados, pero no está en mi naturaleza: mi único deseo ahora es existir para siempre, y siempre es hoy.