lunes, 11 de marzo de 2019

Prisma

Por Gustavo Torres G.

Mucho tiempo atrás, las huellas de pasados más lejanos no fueron tan notorias como se sentían hoy, hasta la gravedad cantaba su edad, sin piedad sobre un cielo sin aves y un monte sin viento. Tierra sin humedad, trinos perdidos en alguna parte del ambiente, hojas desganadas hasta para marchitar; aun así, los pasos no se detienen, buscando llegar a alguna parte. Por fin hay recompensa al asombro: a lo lejos, milimétricamente quebrando el silencio, algunas risas de niños iluminan este páramo marchito, entre groserías y gritos, el brillo naranja de la tierra parpadea entre carrera y carrera. No es que haya miedo de acercarme, sólo que mi presencia se advierte no por vista, sino por el barullo de los tres o cuatro perros que vienen a darme la bienvenida. El canturreo rítmico de sus ladridos alerta a los jugadores, quienes en instantánea reacción, terminan por esconderse de mí, mientras mi carcajada es opacada por un par de mirruñas más, sumándose a la gala sonora de mis primeros y pulguientos anfitriones. Omito y camino. Ahora el ambiente parece renacer. Las ramas y la hierba, el camino mismo solía abrazar la visita de quien fuera, tal la arena húmeda del mar cuando se pisa sobre esta, secándose al momento, llorando cada partida. Ya no es para nada lo mismo, ahora todo parece detestarme, la ribera se aleja cuando volteo siquiera a verla, incluso las piedras parecen haber huido. Otras épocas palpitaban recorridos que también eran mucho más fugaces, con un corazón a veces disfrazado de dínamo y actuando como estampida sobre estampida, pies acariciando el piso en instantes eternos, pintados de plata, la misma que despidió cada tarde antes de que terminaran los tiempos, todos los tiempos. Sí hubo un fin y lo estoy respirando hoy.

Y un hedor a frescura me despierta, la repugnante ondonada de humedad por fin se estrella en mi frente, esta vez para hacerme agradecer el atisbo de vida que estuve rogando hasta este instante, el que creí haber perdido cuando empecé este viaje, etiquetado como último y no como el más reciente, que justo ahora reacciona al ruego de mis nostalgias. Hoy, como siempre, la ventana que me permitía volver y detener las delicias grises del horizonte, se ha vuelto a abrir y nada más importa, en realidad me doy cuenta que siempre estuve buscando para no encontrar, para negar este destino abierto, dorado de punta a punta, sin más obstáculo que el constante deseo de arrastrarme, hasta no estar verdaderamente seguro que el mejor lugar para llegar siempre fue un paso más adelante.

Muchos aprendieron a dialogar con el camino, no se si fue mi caso; desde luego que la dialéctica de la distancia provocó efervescencias incluso en quienes fueron compañeros de ruta, pero no hoy, pues tras esta vereda que intento atravesar, bardeada por abedules indiferentes ante el tenue aroma de mi determinación. Un escalofrío recorre mi espalda. He llegado. Todo esto parecía haber estado más lejos, y así es, la mujer de Lot miraría con envidia cómo sí puedo voltear hacia atrás sin transformarme en sal, y lo hago, vale la pena. Desde la cima, el portal se abre en transparencias que dejan ver con belleza inmisericorde hacia todas direcciones y mi mente está tentada a pedir asilo en el mejor de los pasados, pero no está en mi naturaleza: mi único deseo ahora es existir para siempre, y siempre es hoy.

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viernes, 26 de mayo de 2017

Laberinto

Por: Gustavo Torres G.

Bajé por la cordillera en poco más de tres días. Ninguna montaña cedía ante mi paso, como si supieran a dónde quería llegar. A cuatro pasos del inicio de su falda, tu vestido rojo pendía de las ramas de un olivo. No supe si llorar o agradecer, pero corrí como si aun tuviera ganas de hacerlo; ya en mis manos, sólo atiné levantarlo para suplicar en silencio por tu alma, nada más podía hacer. Aun tenía el corazón explotando de emoción al confirmar nuestra victoria ante aquel gigantesco dios hindú de tresmil pestañas, creías que no era posible vencerlo, pero lo hicimos, como dos faisanes imponiéndose por hermosura ante el gavilán.
En verdad lo disfruté. Tu sonrisa encajada en el aroma del triunfo me dijo lo mismo… el silencio del universo fue nuestro premio. Ahora el viento intentaba maquillar la desolación, primero en una hondonada ártica hermosa, después disfrazado de brisa implacable. Todo eras tú, menos el viento. Fue extraño verme de nuevo ante el mundo en su mismo nivel, no vi más, no lo necesitaba. Aquella calidez punzante del movimiento entre las nubes cambió en súbito hacia un gélido lago gris, casi tan bello como aquel abandono que nunca tuviste, hasta hoy.
Esperé bajo el olivo hasta no tener nada más por quién esperar y me abandoné al cielo; de pronto recorrí el espacio tan rápido como llegamos a aquel tesoro enterrado en jardines ajenos, regocijándonos de la fragilidad del mundo, ¿quién más podría hacerlo igual que nosotros? La senda que invita a ese olimpo pagano marchita sin el paralelo de nuestros pasos, pero la sangre y la miel que escurre por entre sus baldosas sigue tibia, en espera de los dioses que nos faltó por vencer y de las estrellas que prometimos regalarnos.



martes, 18 de abril de 2017

Sobre el miedo y su evolución. Parte 3 y última.

Por: Gustavo Torres G.

Miedo a ser uno mismo.
Tras la prolongadísima pausa hecha entre la parte intermedia y esta, la última, no es pretexto el hecho de no saber cuál de todos los miedos está inminentemente presente en la humanidad tal como la conocemos, simplemente había que madurar cómo plantearlo desde un lugar objetivo, no irascible. Finalmente caí en la cuenta que la tendencia a la asociación como mecanismo de supervivencia social es un poderoso motor constructor de grupos, donde de hecho, muchísimas prácticas formativas en edades generalmente tempranas contribuyen a estructurar la faz con la cual el individuo pueda ser aceptado en los contextos que enfrentará a lo largo de su vida.

Se ha dicho en dosmil ensayos este asunto de “la faz” como la máscara que utilizamos para mostrarnos a otros; pocos evidencian su verdadero yo por temor a desencajar, a ser señalado, a romper lazos (reales y posibles). ¿Qué tan grave es no ser parte del grupo? Cada cual valora la respuesta de acuerdo a sus recursos alternativos, dígase educación desde la familia, formación académica, círculos sociales tempranos, experiencias y, por supuesto, decisión propia. La relación más importante de cualquiera empieza por sí mismo, y es el olvido de esto lo que provoca la enajenante y permanente tentación de olvidarse para entregar el todo a la manada. Nietzche, en total uso de conciencia dijo: “El individuo ha luchado siempre para no ser absorbido por la tribu. Si lo intentas, a menudo estarás solo y a veces asustado. Pero ningún precio es demasiado alto por el privilegio de ser uno mismo”. Esta es la referencia que no resulta obvia para muchos, imposible para otros, ¿debería negar el deseo de pertenencia? No creo que sea factible dada nuestra naturaleza, tampoco enaltezco el antisocialismo, el punto es reconocer como superior la necesidad de autenticidad, en una cultura que además castiga al aislado.

La gran paradoja de la unidad mínima de grupo (dos) es que en esta sociedad clonificada, el miedo a perder la “individualidad” a la hora de complementar en pareja va en el equívoco entendido de que estar con otro implica dejar de ser uno. Nada más falso. En la colección de vértices que nos envuelven, la alegría de crecer personal, espiritualmente, es increíble cuando se vivencia en par, con un compañero o compañera de vida, según sea el gusto, así que “la paradoja del amor es, ser uno mismo, sin dejar de ser dos”, según el filósofo Erich Fromm. ¿Qué individualidad se tiene miedo de perder entonces? ¿Una armada de clichés y esfuerzos por encajar? Como lo mencioné en la primera parte de este texto, para muchos es mayor el miedo a quedar solo, que a la mismísima muerte. Incongruencias de la temeridad.

No debe confundirse el afán de encuentro de sí con ego ni aislamiento, es imposible separarnos del resto, el inmortal Borges proyectaba “… soy todos los libros que he leído, toda la gente que he conocido, todas la mujeres que he amado, todas la ciudades que he visto, todos mis antepasados… ”. La pintura de la vida requiere de trazos en diferentes ángulos, cada uno con su propia raíz; si bien el propio Jodorowsky hablaba de la “jaula mental” en referencia al individualismo, queda claro que tampoco somos una colonia de esporas u hormigas, el don divino de decidir, de discernir, es la habilidad que legitimaría, idealmente a cada uno de nosotros como personas.



sábado, 4 de febrero de 2017

La república del corazón


Por: Gustavo Torres G.

Recientemente leía un artículo sobre algún tema seguramente espurio, producto del ocio, donde se afirmaba, por alguna razón que no explicaré ahora, que sólo el 25% de la población tiene alma. Si bien no soy afecto a tratar temas metafísicos o de filosofía trascendental, sentí una perturbación en los cimientos del pensar. Las preguntas son inmediatas, algunas automáticas, y la reflexión es obligada.

El concepto de alma

Aparece como inseparable la concepción general de que alma es sinónimo de movimiento, una demostración de vida, con la maravilla inherente de la conciencia al concebir el hecho, por cualquiera que sea el origen o motor. Coincido con Aristóteles al determinar inasible la naturaleza de la misma, pero en cuya complejidad, los anales de todas las formas organizadas de reflexión han tratado de dotar de algún sentido metodológico. Si la memoria no me traiciona, de los antiguos egipcios es posible distinguir entre al menos tres tipos o niveles de alma, aunque la idea judía comparte ese principio de un todo “modular”, a saber:

"Es llamada por cinco nombres: Nefesh (alma), Ruaj (espíritu), Neshamá (aliento), Jaiá (vida) y Iejidá (singularidad). Los maestros jasídicos explican que los cinco "nombres" del alma realmente describen cinco niveles o dimensiones del alma. Nefesh es el alma como motor de la vida física. Ruaj es el ser emocional y la "personalidad" (Tauber).

Revisado así, el concepto en cuestión podría, ambiguamente ser aplicado a cualquier ser humano, pero estrictamente hablando, millones de casos a través de los tiempos han evidenciado individuos cuyo lejidá ha sido arrebatado o directamente renunciado, al igual que la ruaj; aunque el envoltorio rebose de potencia, como animal en celo, el apego a lo ordinario termina por “desacompletar” el paquete donde se construye el alma. En este sentido, la afirmación del 25% parecería nada descabellada.

El mito cristiano y el uso popular de la acepción

Dentro de la tradición occidental imbuida en el cristianismo, tanto el Éxodo como el Levítico hacen referencia al alma como una propiedad de los seres vivientes que es capaz de desaparecer, morir; contrario a la idea popularizada (en la más vulgar de sus interpretaciones) como un elemento permanente e inmortal. Llegamos a calificar como “almas en pena” a las conciencias de los muertos que no han terminado de cerrar sus ciclos, una especie de software que sigue operativo mucho después de haber cortado la corriente del CPU. Cimentamos esperanzadoramente todos nuestros actos para que llegado el momento, esa programación no se pierda y quede, literalmente, guardada en la nube. El miedo a desaparecer es más potente en tanto el individuo se convence de que es posible seguir existiendo mucho después de morir, dejando todo el sentido existencial a la única cosa que sabe segura: la oportunidad de evitar su propia intrascendencia.

Yo, robot

Spooner (humano): “Can a robot write a symphony?”.

Sonny (robot): “ ... Can You?”.

El genial diálogo de la película I, robot, basada en los relatos de Asimov, retrata plenamente la cada vez más indistinguible línea separadora entre aquello que nos vuelve humanos y lo que nos acerca a ser apenas poco más que máquinas de carne y hueso. En mi opinión, sólo la inquietud y el acto creativo ratifica al humano sobre aquellos que no lo son. No se pertenece a la especie si no se crea. No involucro al arte porque hay muchas áreas podridas, en concepto y concepción; no es artista el que reproduce, sí el que produce, el que se hace emerger. Si hubiese un rasgo distintivo para identificar al 75%, probablemente sería la incapacidad de generar de sí para el resto; sólo existe para sus intereses, se abre paso como la serpiente, sólo para comer; insensible a los colores, olores y formas, sólo atraído por la temperatura de la sangre en otros. No se compromete, no quiere conexión porque le es imposible, no tiene con qué.

El ying y el yang

En el equilibrio dinámico del universo, la teoría taoísta de los opuestos complementarios puede servir de referencia para corroborar aquello de los componentes modulares del alma. Una persona, cual átomo, no es un ser único e indivisible, tiene en sus interiores (no en sentido físico) migajas equilibradas en naturaleza y fuerza; electrón, protón... no existe uno sin el otro. Para las personas, su predominante masculino o femenino no son absolutos, requieren matices del ying o el yang para considerarse plenos. Los asesinos, rateros, sociópatas, sicópatas, el inconsciente que se atraviesa a mitad de la carretera, los que maltratan animales, quienes sorprendentemente pueden vivir sin música, los narcos, casi todos los políticos, los que no comen palomitas... todos ellos son unos desalmados, seres físicos cuya visión del mundo se reduce a lo que no pueden entender en la poesía.


Referencias.

http://es.chabad.org/library/article_cdo/aid/899895/jewish/Que-es-el-Alma.htm

https://www.jw.org/es/ense%C3%B1anzasb%C3%ADblicas/preguntas/qu%C3%A9-es-el-alma/

viernes, 20 de enero de 2017

El diluvio que viene (invocado)



Por Gustavo Torres G.
 
Dos clases de superstición gobiernan inconscientemente mi forma de ver la vida, no se de dónde salieron, ni por qué les sigo teniendo fe. Ambas tienen que ver con el sentido de renovación que la naturaleza nos recuerda se debe tener; por ejemplo, el hecho de que la gripe o resfriados no son otra cosa que una etapa de mutación que nos prepara y transforma hacia personas más fuertes para lo que viene. No sé tú, pero siempre el primer día de salud después de una semana de tos y calenturas, parece convertirnos en el ser más poderoso sobre la faz de la tierra. La enfermedad inmuniza, cicatriza el alma cuando se sabe enfrentarla.
La lluvia es esa otra cosa que indudablemente, sin temor a caer en un lugar común, representa efectivamente, un acto de limpieza, de purificación. Para como se están dando las cosas en el país, estas tres tormentas consecutivas en la región no son otra cosa que la ratificación de una premonición construida: todo se cae a pedazos. Hace falta un resfriado social.
Recapitular el 2016 en eventos significativos para la historia popular termina siendo la colección de personajes cèlebres en su defunción, pero aùn ahì hay simbolismo, ¿està muriendo la magia? ¿O simplemente persiste el temor de quedarnos sin figuras paternas/maternas? Como si las guìas espirituales del escape para nuestras ilusiones, vìa música, cine o televisión estuvieran obligando a las masas a dejar el nido; ya no hay nada màs que ver ni escuchar, es momento de apagar la tele y madurar. No màs Star Wars, no màs Bowie, no màs Iwata, no màs George Michael. La realidad, como dije, se està cayendo a pedazos.
"Alguien dijo una vez que la única diferencia que existe entre las personas que están dentro de las instituciones mentales y aquellos de nosotros que estamos fuera… es que nosotros somos la mayoría. Si ellos fueran la mayoría nosotros estaríamos dentro" dijo alguna vez Sugel Michelen, en idea foucaltiana. Ante una realidad enferma, resulta innegable afirmar que las puertas del manicomio han desaparecido por completo. Somos todos parte del Macondo que temimos siempre habitar.
Como sea, si mis conjeturas son ciertas (como de costumbre), la efervescencia del momento darà paso a días luminosos sobre una colina verde, un puño de niños pecosos corriendo sobre ella y un perrito salchicha regodeándose de un mundo que, en realidad, no se quiere acabar.

lunes, 12 de septiembre de 2016

El inexcusable destino del porfiado uróboro.

Por Gustavo Torres G.

¿Qué antídoto hay contra la necedad? ¿Cómo se es tolerante ante la intolerancia? ¿Cómo debe entenderse? ¿Debe entenderse? ¿Debe atacarse? ¿Se debe tener actitud pasiva? Hay muchísimas interrogantes que acusan respuestas si no inmediatas, sí contundentes respecto al asunto tan necesariamente actual de los derechos de las personas con orientaciones y preferencias sexuales “no naturales” en ojos de la cristiandad, la urgencia de cordura en un país caracterizado por no tenerla.
Decía el insoportable e intenso Michel Foucault, que el sexo, la sexualidad es un asunto de poder, de dominio. Probablemente nunca antes en la historia se haya pensado en los bajos instintos como hoy, con la aceptación del placer como inexpugnable del acto carnal, y, en ese sentido, las explicaciones sociológicas al respecto de por qué el disfrute de las aptitudes sociofisiológicas que encarnan al acto sexual (nunca mejor dicho) son todavía (o cada vez más) tan amonestadas por la iglesia en todos sus niveles.

El asunto es que la sexualidad no es sólo disfrute, tendría una connotación limítrofe si se deja en ese horizonte; estamos hablando de toda una estructura de pensamiento y personalidad construida alrededor de la identidad sexual, que se intercala inequívoca e inseparablemente de los roles y patrones de comportamientos que se ajustan o no a lo esperado socialmente, o trágicamente, por el consciente-inconsciente del individuo, en ese orden.
¿Cuál es, entonces, el propósito de condenar el legítimo y natural derecho a ser uno mismo? ¿Por qué coartar la felicidad y realización individual en lo colectivo, cuando los hábitos en la cama son estrictamente individuales e inviolablemente íntimos? Si hay alguien que pueda defender razonable y lógicamente el hostigamiento, la persecución inquisidora contra lo que contemporáneamente se denomina sociedades de convivencia,  contra las personas de actitudes y prácticas de sexualidad “no convencionales”, la quiero saber.

Sobre las desventuras sufridas por la humanidad padeciéndose a sí misma durante siglos, entender la existencia del otro y su derecho a la individualidad ha sido el reto más importante por superar, especialmente por las grandes religiones del mundo. Nos asombramos por las barbaridades del Estado Islámico en medio oriente con sus crímenes de lesa humanidad y contra la cultura, pero olvidamos convenientemente que la iglesia católica quemó gente viva durante una bonita etapa histórica conocida como Inquisición, sin dejar de mencionar la evangelización forzada de prácticamente todos los pueblos “incivilizados y sin alma” en la América recién colonizada. Recordamos a Hitler con su consabido repeluz ante los judíos, pero no hacemos memoria de las decenas de papas hipócritas que condenaron con sangre, encierro y marginación a personas con un nivel de homosexualidad apenas debajo de la de ellos mismos. No condeno la homosexualidad, señalo el cinismo de las altas cúpulas ultraconservadoras, extremistas, cerradas y retrógradas de todas las religiones. El camino hacia cualquier dios, según ellas mismas, es el amor, pero no entre maricones o tortillas, porque es pecado mortal. Los cielos se van a confundir mucho cuando hagan corte de caja. Dijera el gran Orwell en su Rebelión… “todos somos iguales, pero hay algunos más iguales que otros”.

La falacia que sostiene la legitimidad de la iglesia como institución superviviente en nuestros tiempos tiene que ver con la unificación social y la transmisión de valores, y es cierto, lo hace, pero ¿son la intolerancia, la ignorancia, el dogmatismo, la impulsividad sexual depravada de los sacerdotes, la fé estúpida, la irracionalidad, el misticismo, fanatismo, superchería, mitomanía sistemática, cinismo encubierto, lavado de dinero, pedofilia, negociaciones con empresas armamentísticas, solapamiento de genocidios como los de Ruanda, Auchwitz o Pretoria, afán de protagonismo, pedantería, valores o situaciones que necesita la humanidad a estas alturas? Catafixio todo eso por racionalidad, sentido común, tolerancia y sobre todo poesía, mucha poesía.

La gran Simone de Beauvoir en sus brillantes reflexiones sobre el papel de la mujer, sus roles y demás problemáticas de la personalidad dijo: “No se nace mujer, se llega a serlo”, explotando así, hermosamente, el sentido profundo de lo que significa identidad sexual, pues es innegablemente un constructo, una pirámide artificial determinada o sopesada según las necesidades/ideas de la sociedad donde se edifica. No aprendemos a ser hombres o mujeres, se nos enseña, que es bastante distinto. Tener pene o vagina, pues, no implica destino, ni formas, ni ideas que “se tienen que seguir”, no hay nada natural en ningún comportamiento, en ninguna institución social, especialmente en lo que se empeñan en definir como “familia funcional”, es un asunto de poder, como ya mencioné, no de moralidad, ni de una decisión divina. No hay teocracia ni teología que sustente lógicamente la barbarie del rechazo a los grupos sociales a los cuales me refiero, no cuando se desestima el poder de personas que genuinamente pelean su derecho a amar.

Llegará el día en que se considere ilegal cantar, porque no es natural del ser humano, se condenará la educación en escuelas porque la ciencia nunca ha aportado algo apenas útil, será pecado hasta pensar y nos consumiremos a nosotros mismos como nación, cual serpiente que ha encontrado su cola, la consume y felizmente asume su dolor como la única y vulgar manera de justificar la saciedad de su apetito. Eso es México.



martes, 9 de agosto de 2016

Tú, mi lienzo

Por: Gustavo Torres G.

¿Y si lo pintamos juntos? Si, tomarás la bata y la ajustarás a tu cintura y a tu cuello,
a la primera, para no mancharte los pantalones, al segundo, para evitarme atizándote un beso.

Esperaré el pincel cargado en rojo, ya porque es tu idea del cielo, o acaso porque mi infierno nace del mismo. Entre un trazo y otro, la purga de verte frente al lienzo hace injusta la afrenta: mi arte, torpe, de impulsos, no encuentra colores para siquiera enmarcarte.

Ya lo propuse, dibújalo tú. Miraré atento el precipicio de azules abriéndose paso por la senda de flores que cuidadosamente tracé para ti.

Dalí envidia con toda su divina locura las ledas atávicas, tu cuerpo confundido en el óleo, mientras me doy cuenta, de alguna manera, que logras ser Gala e histeria sólo con pensarte, sólo con verte.

Pintemos de nuevo. Esta vez decides el lienzo. Si soy yo, haz de mí lo que quieras, si eres tú, haré de tu propio sudor, colores.

martes, 12 de julio de 2016

Crin de luz

Por: Gustavo Torres G.

Y me vi reflejado en el techo. No me reconocí, pero era yo, sin duda. Le di un beso a esa imagen para afirmar que me aceptaba tal cual. Hacia abajo, el abismo. No sentí miedo, pero el escalofrío duró mucho más al entender en qué situación me encontraba: era libre.
Muchos otros aparecieron y entendí todo al instante. No necesité pronunciar palabra; era uno con todos. Ir a cualquier lugar era lo mismo que sólo pensarlo; deslizar el cuerpo sobre las piedras sin tocarlas, dejar una estela sobre la superficie a la velocidad del sonido, descender para eternizar polvaredas ante los atónitos ojos multicolor del cangrejo martillo… formas elegantes de manifestar el placer de vivir sin preocuparse por más.

Los días existen sólo para recordarnos la mitad de lo que somos, cuando siento que la realidad me alcanza y de nuevo he de caminar sobre dos pies, con la sonrisa que en mi otra vida no puedo mostrar, pero guardo celosamente para quienes amo aquí, y me cuidan. Son mi tesoro. Soy su tesoro, en este cofre inmundo, hermoso y breve que es mi cuerpo.

Aquí donde no puedo ir al abismo, aquí donde las palabras hieren por ser tantas, demasiadas para alguien que sólo necesita decir “te quiero”; escuchar lo mismo de ti, de todos. La noche llega como el mayor de los premios, porque regreso a la sal, las mareas salvajes de un océano sin fin.
Y me da miedo entonces, porque en mi regreso a la libertad, alcanzo a ver cosas que no puedo cuando el cansancio gana, la mitad de mí sigue soñando en la otra vigilia y no entiendo entonces si es esta o aquella la verdad, si alimento el cuerpo de mi vida a dos pies sólo para poder seguir impulsándome acá, tras un cardumen que huye despavorido ante mi evidente superioridad, la perfección encarnada en dos aletas, el vértigo y el goce de existir.

¿Por qué me despiertas, mamá? No puedo resistirme a la calidez de tu regazo, ni partirte el corazón si revelo aquel hermoso secreto mío, donde sólo falta tocar las estrellas para pensar un poquito al menos, que el verdadero sueño es el amor que me entregas, como las tímidas olas acariciando todo cuanto ha crecido bajo el mar.


El último sueño: sobre los 30 años del «último baile» con Soda Stereo

Por: Gustavo Torres Gómez 1995 como ecuador de una maravillosa década en lo musical coincidió con la aparición de Sueño Stereo , obra última...