miércoles, 27 de enero de 2021

Reto de lectura 2021 (1/12): El libro de lo insólito. Antología, de Emiliano González y Beatriz Álvarez Klein


Reto de lectura 2021 (1/12): El libro de lo insólito. Antología, de Emiliano González y Beatriz Álvarez Klein

Por: Gustavo Torres G.

Los tradicionales retos anuales de un libro por mes siempre me parecieron interesantes, pero plantearme un número concreto lo sentía un tanto ajeno a la idea de libertad que supone leer cuanto uno quiera; algunos años sinceramente he perdido la cuenta de lo que leí por mero placer y lo que necesité leer por asuntos de trabajo o estudio, y aunque he tenido años terriblemente secos (cuatro o cinco libros cuando mucho), esto de asegurar el mínimo de doce y además variando las temáticas, resulta atractivo en una época donde el entretenimiento digital amenaza con su abundante oferta, mientras se tiene en paralelo, un menú prácticamente infinito de toda clase de bibliografía en formato digital, que por lo pronto (y sobre todo por seguridad) aprovecharé cuanto pueda en mi flamante Kindle (❤). El primer género sugerido por la mencionada lista fue ciencia ficción, así que me di a la tarea de buscar algo que se saliera de los lugares comunes (P. K. Dick, Asimov, Bradbury, Huxley... ) e intenté averiguar si en nuestro idioma existía algo digno de ofrecerle tiempo y neuronas.

Después de una intensa búsqueda, terminé por elegir y descargar El libro de lo insólito. Antología, a cargo de los escritores Emiliano González Y Beatriz Álvarez Klein, del primero tenía cierta referencia a partir de poemas más bien del género fantástico, que aunque no recordaba del todo (o nada) me invitaron a probar con esta colección, atractiva de inicio porque al tratarse de una antología, entendí inmediatamente que la variedad estaría a la orden del día, aunque el verdadero atractivo para mí, consistió en la nacionalidad del compilador (mexicano). He de confesar que de Álvarez Klein no tengo ni idea, pero bueno, aquí mis apreciaciones de un texto que en verdad no me dejó indiferente:

Sobre la presentación

Aunque se trata de un libro publicado en 1994 (la plenitud de mi década favorita), la pinta, a nivel visual es muy de los 70, casi tirándole a los 60; la portada, los interiores y su ingente cantidad de ilustraciones (monitos, pues) es más que sorprendente en el sentido de la orientación cuasi metafísica que va tomando con cada obra elegida. Si alguien ha visto la película de El Señor de los Anillos animada o las míticas Heavy Metal de los 80, entenderá de que va esta vaina: narraciones, cuentos, poemas cargadísimos de fantasía y ciencia ficción (a veces indistinguibles una de la otra), con estilos de dibujo sumamente característicos y tramas en apariencia simples, pero cargadas de simbolismo iniciático y revestidas de un erotismo abierto y sincero (no sexual, en el sentido pueril del término), divinizante de la mujer tanto en esencia, como en su poder estético, la energía de su cuerpo y formas como prueba irrefutable de lo divino, tan representativo del arte hippie post-Vietnam. Toda la obra está cercada por garabatos y grabados permeados de las temáticas mencionadas, haciendo ameno el paso por las poco más de quinientas páginas que integran la antología, por ese lado, para quien no tenga la paciencia de leérselo todo, la mera contemplación del apartado plástico le sabrá a que ha valido la pena darle vuelta a cada hoja. Dan ganas de conseguirlo en papel, pero el ejemplar más accesible que encontré en internet no baja de los 1,800 pesos mexicanos. Seguramente los vale.

Sobre el contenido

Acorde a lo que la parte gráfica ofrece, el tema central de toda la obra gira en torno a la mujer como sujeto deseando, que no objeto de deseo o sujeto deseante; visto desde la óptica del 2021, se vuelve actual y hasta contestatario, dado que desmitifica en buena parte de su selección de textos, el papel en la literatura de "la doncella", "la princesa" o la mujer atada a las preferencias que lo contemporáneo el exige dentro de su rol en cumplimiento de "lo que es femenino", en definitiva, El libro de lo insólito se planta con autoridad al mostrar lírica y narrativa de la mujer sin sacarina o actitudes idealizadas, todo a partir de la compilación inteligente, acertada de autores como Bendick, Noyes, Dowson, Beardsley, Rubén Darío, Amado Nervo y otros tantos cuantos menos, más y bien conocidos, todos maestros en su área y sin miedo a manifestar sus apreciaciones a través de las hermosas ficciones que González y Álvarez Klein seleccionaron para nosotros. 

Mencioné el carácter iniciático de buena parte de los cuentos y poemas incluidos, ante lo cual González ratifica: "por medio de la ficción transmitimos sabiduría esotérica, prescindiendo detalles técnicos", plantando contundentemente el sentido de lo que el lector presenciará más allá de las argucias convencionales de las tramas y la métrica, los grandes maestros emplearon a la literatura como vehículo de su propia iluminación que no como mero divertimento. Aquel o aquella que quiera adentrarse en los floridos y boscosos contenidos de este libro encontrará distracción fácil si así lo quiere asimilar, pero debe estar preparado para la carga simbólica contenida en gran parte de los personajes, tanto en sí mismos, como a través de sus actos y el script tras de ellos. En la balanza clasificatoria de los géneros, lo de ciencia ficción quedó corto y las inclinaciones hacia lo fantástico se hicieron evidentes en prácticamente toda la lectura, lo que de entrada me hace quedar mal con el reto de lectura asumido.

Sobre todo lo otro

No es una lectura al uso, como se habrá notado, no recurre casi en ningún momento a estratagemas narrativas que emborrachen emocionalmente, aspecto que puede ser tomado al mismo tiempo como defecto y virtud. Si bien la literatura verdadera no envejece, queda claro el tiempo en que esta antología fue armada, incluso cuando la mayoría de los textos procedan de décadas atrás, digo esto desde la total subjetividad, en el entendido absolutamente objetivo de la presencia en el mercado e imaginario colectivo de las sagas de éxito mundial, los best-sellers o la abundancia de clásicos contemporáneos saturando los estantes de los lectores de nuestro siglo, pero no lo digo como queja, sino como punto de partida para entender que compilados de este tipo serán cada vez menos probables, dado el nicho del que procede, sin mencionar el acuciante racionalismo que impera incluso, en la maravillosa ficción de nuestro tiempo.

El mes que viene toca un libro de romance ¿alguna sugerencia? Espero no ahogarme entre tanta mermelada.





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jueves, 21 de enero de 2021

Say no more!

 

Say no more!

Análisis y crítica al documental de Netflix Rompan todo (y a los criticones del mismo)

Por: Gustavo Torres G.

20 de enero de 2021


Empezar el 2021 sin serie de cabecera no es bueno para nadie, especialmente para quienes estamos habituados al entretenimiento electrónico y pagamos puntualmente la mensualidad de nuestro servicio de streaming favorito, digo, ¿para qué pagar por algo si no me va a ofrecer contenido de calidad? Entre las muchas opciones para desquitar la inversión, los documentales con tema musical suelen ser bastante aceptables, genéricos, de fórmula, pero aceptables; el nivel de producción de Netflix en gran parte de los productos visuales de ese tipo que ofrece desde hace ya varios años suele ser impecable, pero faltaba algún tipo de retribución para los miles de suscriptores que crecimos entre los 80s y 90s.

De entrada, tenía mis dudas, sabía que habría algún tipo de tendencia, dado que parte de la producción correspondía al legendario Gustavo Santaolalla, nada en su contra, pero es un dato que debe tenerse en cuenta cuando se ve la miniserie Rompan todo: historia del rock en América Latina. Una vez que se ve, es necesario hablar de algunas cosas.

Sobre los orígenes

El trabajo investigativo de quien haya estado involucrado en el proyecto de este documental es digno de respeto, el cuidado que le pusieron al delicado asunto de la objetividad a la hora de cumplir como registro verdaderamente histórico, sorprende por su ocasional frialdad, y no porque haya narrador o algún hilo conductor que pretenda ser imparcial, sino porque el presupuesto alcanzó para entrevistar a cada uno de los artistas que se van nombrando en cada etapa (obviamente, los finados aportan desde la crestomatía, inteligentemente editados, he de decir).

Desde el inicio, la brújula tiene bien claro dos destinos inevitablemente importantes para lo que después sería conocido como Rock en tu idioma: México y Argentina, el segundo con Buenos Aires como epicentro del acontecer musical sureño; el primero, mostrando atinadamente el gigantesco país que es, reconociendo no solo al extinto Distrito Federal como lugar de generación rockera, sino que extiende merecidamente la visión hasta Jalisco, Tijuana y Monterrey, con su mítica Avanzada Regia y el brutal aporte creativo que se dio en los 90 como parte de la explosión creativa que los melómanos gozamos toda esa década y ya entrado el nuevo milenio.

Personalmente, respeto lo que significaron figuras como Enrique Guzmán, Angélica María (que no aparece en el documental), Alberto Vázquez (tampoco aparece), los Teen Tops y algunos otros tantos que abrieron la feliz posibilidad de hacer rock and roll en nuestro idioma, pero debo confirmar como cierta la queja que hace el señor Guzmán y otro señor que no identifico, en relación a que se les acusa de haber sido “meros copiones”, que prácticamente todo su repertorio consistía en cóvers (con bastantes permisos literarios, diría) y que básicamente su única aportación fue la de traducir. Me parece cierto, pero reitero, sin ellos abriendo la puerta, la historia hubiese cambiado por completo, sin embargo no considero que hayan tenido ese pequeño gran detalle que es tener originalidad o identidad, pues argumentan haberle puesto “sabor mexicano” a su música, pero homenajeando al gran Dtoke: “coverear está bien, pero nadie se construye así una carrera completa”1 (¡barras, barras!).

No cabe duda que los extremos geográficos de Latinoamérica fueron determinantes para el futuro del rock en castellano, pero es justamente la redundancia en ese abordaje el que carcome la credibilidad del programa más adelante...



Sobre el asunto sociocultural del rock

Atribuía la frase “rompan todo” al inconmensurable Charly García. Oh, equivocación. Resulta que le perteneció a Billy Bond, otrora símbolo de la anarquía juvenil argenta de los años 70. Me parece acertadísima la elección del título de la serie dada las circunstancias en las que se generó, además que engloba perfectamente la intención de proyectar al rock como símbolo de rebeldía, de la juventud y su legítimo deseo de cambio, el resto de episodios va de eso y está perfecto. Bueno, está bien. Bueno, no tanto. Explico: siendo benévolo, concedería dos y medio capítulos, tal vez tres, como excelentes referencias de lo que pasaba en Latinoamérica a nivel social y las implicaciones que tuvo la música popular juvenil desde 1960 hasta 1980, tal vez.

La cosa es que conforme avanzan los capítulos, la rigurosidad en el tratamiento de la información parece disminuir y cada minuto parece un collage inconexo entre lo que pasaba en las calles y los grupos o músicos que reflejaban el fervor del momento, aun así, no me parece un despropósito del todo, pero lo explicaré más adelante. Queda clara la influencia norteamericana y británica en términos artísticos, pero se deja de decir mucho en relación a la forma de pensamiento de algunas figuras emblemáticas, así como el trasfondo de temas que marcaron a generaciones enteras. En mi opinión, un par de temporadas más tratando este tipo de cosas vendrían muy bien para cerrar algo que se ha vuelto una opinión generalizada por internet en las últimas semanas y es que la serie se siente corta, apresurada, como decía, el hilo de lo histórico agotó su carrete antes del cuarto capítulo, y eso desalma al trabajo hacia el final, que paradójicamente, representa la parte más interesante del relato, porque por fin aparecen las bandas y figuras que le dieron cara al movimiento en todo el continente, pero una vez más, se siente una suerte de desconexión entre lo que sucedía en los escenarios y el calor de mediodía en los asfaltos de Quito, Caracas, Lima y tantas otras latitudes que por lo visto no existieron nunca para los responsables del Rompan...


Lo bueno y muy bueno

Es emocionante, mucho. Llegué al punto de las lágrimas y el puchero alimentado por la nostalgia varias veces, fue muy sabroso. Para los de mi edad, ver reconocido, legitimado, estudiado el movimiento musical de la época en la cual crecimos, es totalmente una graduación, una confirmación prácticamente certificada para los grandes públicos, la certeza de que existimos como jóvenes en un tiempo que fue hermoso/ que fui libre de verdad2… Es un trancazo al corazón, en verdad; esta máquina del tiempo que es la música revive con cada entrevista en voz de sus protagonistas, ver por ejemplo al enorme Javier Bátiz platicando cómo se convierte en maestro de Carlitos Santana, así chiquito, es una gozada, lo mismo cuando dice que le hubiese encantado conocer en persona a Gustavo Cerati: “¡era un extraterrestre!” ¡dice con una ternura!

Señor, ¿quiere ser mi abuelo?, dije en voz alta frente a la tele. Javier Bátiz es una auténtica vaca sagrada del rock y soul en español, pero no tenía idea que fuera tan humilde. Lo quiero, más todavía.



Netflix le puso varo, mucho, se nota en los valores de producción. La edición y posproducción de Rompan todo es espectacular, justa para el tipo y tamaño de proyecto, perfecta para los tiempos que corren, al nivel o más alto de lo que se ha hecho en cosas similares para música en inglés u otro idioma.

 Muchos momentos son emocionantes porque recogen material inédito; yo, siendo fan de hueso colorado de Soda Stereo y Cerati, me sorprendí más de una vez con imágenes y clips que jamás había visto (y he visto mucho), lo mismo con otros tantos personajes. Luis Alberto Spinetta (santo padre del rock como arte), Charly García (su mero patrón), Gustavo Cerati (un ángel eléctrico), David Lebón (genio infravalorado), Pedro Aznar (último titán argentino de pie y con dignidad) Saúl Hernández (necesitamos que vuelva), Julieta Venegas (me quiero casar con ella), Sabo Romo (tan insoportable como siempre), Adrián D´Árgelos (genial, as usual), Andrea Etcheverri (diosa ABSOLUTA), Zeta Bosio (tipazo, digan lo que digan), Charly Alberti (reservado, como debe ser), Patricio Rey y los redonditos de Ricota (sí, ellos), Los Prisioneros, Beto Cuevas con y sin La Ley (pero con mucho rímel3), La Maldita Vecindad (La Bendita, son unos dioses), Café Tacvba, Neón, Control Machete, Plastilina Mosh (el mundo es mejor gracias a ellos), Los Tres, Illya Kuriaki, Dante Spinetta, Pappo Blues, Andrés Calamaro (lúcido, encantador), el Mtv de los 90 y otros muchos tantos aparecen a lo largo de los seis episodios en que se divide la serie. Es un deleite, no hay duda.


Lo malo, lo peor y lo imperdonable

Las críticas más severas dicen que es un “Santaolalla and friends” o “Cómo Santaolalla se autonombra el máximo prócer del rock en español”, o en el mejor de los casos “Santaolalla y los grupos que le gustan”, y ¿saben qué?, en muchos aspectos, tienen razón. Como he dicho al principio, el hecho de que Gustavo haya sido productor de esto parece haber parcializado u orientado sobremanera el producto final. Okey, fue productor de algunas de las bandas más importantes de todos los tiempos, como los tacvbos o La Maldita, pero su trascendencia en la música, aunque es innegable (multitud de premios de todos colores y sabores, entre ellos, un óscar4) para efectos y objetivos en la escencia del documental, me parecen totalmente fuera de lugar, él mismo y sus bandas no aportaron un pepino a la escena de manera directa, y el colmo es cuando muestran fragmentos de “El Mareo” con Bajofondo Tango Club5 como si hubiesen significado algo para el rock. Es muy duro, no sé si hasta grosero de mi parte, pero creo que el resto estará de acuerdo conmigo, sobre todo cuando a Patricio Rey apenas se le dan tres minutos, casi por compromiso, solo porque no podía faltar, con lo que ha significado para legiones enteras de seguidores, casi a nivel religioso, aspecto social que no se atrevió a tocar el documental. ¿Y Spinetta? ¿Cómo mierdas es más importante para el rock Santaolalla que Spinetta? ¿Y Charly? ¿Y Gustavo, el que sí es importante? ¿Y Cecilia Toussaint? ¿Y Kenny, la de los eléctricos? ¿Por qué se pone Fito Páez como un mero relator cuando es EL genuino genio del pop? ¿Por qué ni aparece María Gabriela Epumer y el mito en que se convirtió? ¿Y Carlos Baglietto? ¿Por qué ni se menciona a Los Héroes del Silencio o a Enrique Búnbury? ¿Y la Unión? ¿Por qué es más pinche importante un grupo caguengue como Nacha Pop o los anodinos de Radio Futura por sobre mitos como Mecano? Sí, dirán que Mecano es totalmente pop, pero también la línea de esta docuserie estaba marcada desde el principio por la trascendencia social y la responsabilidad de los artistas para con su contexto político y temporal ¿no? Mecano es tan o más importante para la música en español en los años 80 como el que más en su contraparte rockera y apenas se le menciona una vez, queda claro que se puede tapar el sol con un dedo.



Para colmo, el inmamable de Fher y su grupo cumbiero (sí, Maná) salen a decir que su mérito ha sido vender discos y llenar estadios. Hijos de su verde y sombrera madre… primero quítenle la toronja de la boca, se atreve a decir con total cinismo “¿a quién le importa que sea o no rock lo que tocamos?”. Vaya, hasta se extrañó la voz y presencia de León Larregui. Así las cosas.

Nada de lo que acabo de decir y preguntar quita mérito al programa, es bueno, en el balance, el corte de caja, termina con ganancia, pero no se puede negar el consenso en relación a las lagunas de contenido que son súper evidentes para quienes amamos la música en nuestro idioma. Los flashazos sobre la persona de Gustavo Cerati, acaso el artista más trascendente e influyente para el rock del continente saben a insuficientes para el tamaño de personaje que fue, es y será, lo mismo para los otros dos grandes, el Flaco y Charly.

Hay países que ni se mencionan, esas omisiones sí que son graves; soy mexicano y sentí vergüenza al ver que más de la mitad del tiempo de los últimos tres capítulos están casi por completo dedicados a la escena argentina y mexicana, ¿y Brasil? ¿Y Uruguay? ¿No son parte de Latinoamérica?

¿Recuerdan la escena aquella de Endgame donde se agrupan todas las heroínas? Pues así de forzado se siente la inclusión del tema “mujeres” en el documental, no porque se tenga que incluir a fuerza, sino porque no es para nada escasa la información, las artistas, la trascendencia de las mujeres en la historia del rock en español, pero acá parece una mera curiosidad. Esto sí que es imperdonable.

El secreto entre los dos, es que nunca volverá…

Se agradece, sin duda, el esfuerzo por generar contenidos de calidad con temas como este, y veo con ojos de esperanza que el éxito que aparentemente ha tenido, de acuerdo con la cantidad de reproducciones en su plataforma de origen, de pie a más contenido con esta temática, y es que también el apartado de “evolución” del rock en español queda difuso, equivocado incluso, se llega a mencionar al rap o la música urbana como sucesoras. Un disparate, en mi opinión, en fin…

Si bien hay muchísimas cosas que seguir analizando, vale recordar que se trata de un mero producto de entretenimiento, no una tesis doctoral, así que tranquilos, que seguramente se puede encontrar más profundidad y pasión en videos de particulares en YouTube, pero lo que no se le puede reclamar a Netflix, es escasez de compromiso y cosas bien manufacturadas, sobre todo en temas que no son su fuerte.


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1 En abril de 2019, la FMS en Argentina, una de las competencias de improvisación de rap más importantes del mundo, presentaba el enfrentamiento entre Papo y Dtoke, dos bestias del arte de las rimas; a Papo se le había acusado de defender el hecho de que este tipo de competencias debería hacerse con “batallas escritas”, es decir, priorizar libretos, casi como en la lucha libre y presentar números con resultados prácticamente pactados a priori, lo cual, en opinión de la aplastante mayoría, rompería la esencia del freestyle. Para no hacerla larga, en medio de una candente sesión de respuestas al momento, el viejo y retorcido colmillo del legendario ex campeón mundial Dtoke, apareció para dar uno de los versos más contundentes que se hayan visto en una competencia no escrita:

Todos pensamos una rima, esa es la receta,

¡pero nadie se escribe una canción completa!


No te puedes considerar parte del freestyle si crees que basta con mostrar lo que se escribe, así no es la cosa, por eso hago la referencia con los pioneros del rock en México, pues creo que valor histórico tienen, pero me resulta difícil darles mérito artístico si basaron toda su trayectoria en cantar temas de otros, arriesgando nada y adoleciendo de todo vestigio de creatividad, cosa que se corrigió, afortunadamente, generaciones más adelante.

2Fragmento de Canción para mi muerte, de Charly García.

3¿Es una fijación chilena, acaso? Ahí te hablan, Káiser.

4Además responsable del maravilloso soundtrack del videojuego para PlayStation 3 The Last of Us, una pasada. Hermoso hasta no poder más.

5Esta banda fusiona tango, candombe y milonga tradicional con ritmos pop bailables; El Mareo es su tema más conocido, eso porque la parte vocal estuvo a cargo de Gustavo Cerati, y cuando eso pasa, el mundo es maravilloso. En serio, escúchenlo o véanlo, produce placer. Garantizado.



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lunes, 23 de noviembre de 2020

Ya no estoy aquí: lo mejor que le pudo pasar al 2020

Por: Gustavo Torres G.

Y sí. Hasta llegar al punto en que simplemente esperamos la mala noticia de cada mes, en el asunto del entretenimiento digital una sorpresa ilumina el panorama de lo que podría ser un 2021 que comience con una avalancha de premios y reconocimientos en lo que hasta el momento, me parece la mejor película del catastrófico 2020. Es mexicana.

Este divorcio que muchos hemos firmado con el cine nacional desde hace ya algunos años (personalmente, al menos veintitantos) a raíz de obras poco menos que vomitivas, deleznables, de pronto ha encontrado tregua con la autoría intelectual de quienes hoy son reconocidos como algunos de los mejores directores del mundo, me refiero por supuesto a los tres alegres compadres: Iñárritu, Cuarón y del Toro, todos con sendos óscares en sus haberes, absolutamente merecidos, desmarcados de la porquería realizada a nivel comercial en nuestras tierras, apuntando absolutamente al cine de autor, a la defensa de las ideas por sobre la taquilla fácil y sobre todo, inspirando a nuevas generaciones a animarse a hacer cosas como Ya no estoy aquí, largometraje recién estrenado en Netflix (noviembre de 2020), que ha sorprendido a propios y extraños.

Por sobre todas las cosas: naturalidad. Se agradece segundo a segundo en la película cada que algún personaje abre la boca; casi estoy seguro que la indicación del director debió haber sido “di algo más o menos así, pero con tus palabras”, y dejó fluir. Todavía a mediados del siglo pasado, la interpretación de papeles no blancos era asignada a blancos, con resultados absolutamente ridículos y supongo, ultra-incorrectos, políticamente hablando. Si Ya no estoy aquí se hubiese filmado en los 90s o principios de los 2000s, seguramente Ulises habría sido interpretado por uno de los Bichir o abrían encuerado a Patricia Llaca, so pretexto artístico. Otro mérito para Fernando Frías, joven director que tomó todos los riesgos necesarios para entregar un coso absolutamente auténtico., redondo, sin nada en excesos, sin ninguna deuda.

Pero bueno, ¿y qué con la trama? No es una historia al uso, parece no estar contando nada si se ve con ojos de cine palomero, seguramente las quejas del gran público irán por ahí; el destino del protagonista, cuyo nombre seguramente es absolutamente intencional, no se decide con las acciones o decisiones que toma, sino que parece determinado desde el momento en que inevitablemente decide ser quien es, y no es que haya tenido muchas opciones; en una escena muestra a su amiga Lin cómo desde niño su onda cumbiera era ya parte de sí, jamás ha tenido la mínima intención de ser otro o vivir de otra manera; en el sentido más profundo de la expresión, citando al inmenso Camarón de la Isla: “Tu cariño es mi castigo”. Ulises no está siguiendo ninguna moda. Todo él: sus peinados, su vocabulario, su forma de entender la vida es una concepción y no una intransigencia de su parte que vaya a pasar “cuando madure”, acepta las desgracias y los placeres de la vida por igual, jamás se queja, entiende que todo es parte del paquete. La extorsión que hace con su clica al chico que va saliendo de la escuela es tremendamente trascendente, y es que no lo hace con malicia, lo corrobora con sus compas más adelante cuando intenta explicar que ha venido alguien de fuera a cubrir la plaza. El poder se ejerce legítimamente desde la fuerza, sin tapujos o dobles caras. Se es quien se es, no hay vergüenza en eso. Es preferible decir adiós a todo que tener que esconderse.

La travesía de Ulises es fascinante en tanto natural. Nadie se queda para siempre en un lugar, es ley de vida crecer, aunque en el camino tengamos que estrangular a la última versión de nosotros mismos, y con “quedarse” no me refiero a un lugar físico, geográfico, hay quienes se quedan estacionados en una época, una forma de pensar, una persona, una sensación. Nada vuelve. Nada se perpetua en el tiempo, porque este es irrepetible, irremplazable. Viene al tema aquel eterno fenómeno del deportista maduro, que no sabe cuándo retirarse, o bueno, sí, lo sabe, pero no quiere, pues desea replicar su sensación de gloria todo lo posible, se cree eterno, invencible, como cualquiera de nosotros en la adolescencia. Peter Pan vive en nosotros tanto como las circunstancias lo permitan, pero la estancia causa recargos y la vida cobra sus réditos tarde o temprano; Ulises lo aprende a la mala, lo que haga o deje de hacer no le importa a nadie, su entusiasmo por mostrarse se va mermando conforme se da cuenta que no es más que un peinado “curiosito” y que para vivir hace falta algo más que estirar la mano y pedir, hace falta esforzarse.

El regreso del héroe no es tal. Este interminable foco de análisis sociológico es perfectamente retratado en la escena de cierre, donde él ya no es de acá o de allá, se ha vuelto un extranjero en su propia cuna y un apestado en lo que debió haber sido la tierra prometida, incluso una minoría dentro de las minorías, “¡Eso no tiene nada de colombiano!” le reclamaba una prostituta colombiana en su intento por encajar en la comunidad latina en Nueva York. Como decía, el fenómeno de no pertenecer, de moverse y aceptar que de no hacerlo el estoicismo lejos de ser heroico es venenoso, conforma parte de la ley natural de vida que confronta el poder de la nostalgia con la necesidad tóxica de vivir en el confort emocional.



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lunes, 28 de septiembre de 2020

La culpa es de Pandora

 Por: Gustavo Torres G.

Mi javiersierrómetro ha marcado una puntuación baja. Jamás lo hubiese pensado. Como cuando tu equipo lleva media temporada invicto y un sábado cualquiera, contra el equipo menos pensado se da una goleada inesperada... así me sentí al terminar El Mensaje de Pandora, último libro del reconocido escritor teruelense Javier Sierra. He intentado escarbar todo lo posible hasta ver aunque sea un poco de bronce en el tesoro prometido, pero a duras penas me he topado con latón.

¿En verdad es tan malo? Y... no lo sé. La vara queda alta con cada entrega de Sierra, un tipo sumamente apasionado por estos temas tan absorbentes como son la historia y el misterio; La Dama de Azul cimbra las más profundas concepciones que se tengan de la historia; La Cena Secreta es (nunca mejor dicho) una pintura narrativa de la Italia davincesca; El Fuego Invisible es una delicia hecha novela; La Ruta Prohibida resulta una odisea por la historia como siempre debió haberse contado (se va como agua); El Mensaje de Pandora es... bueno, parece un intento de novela epistolar.

Lo bueno

El intento, respeto mucho el intento de dar su público algo distinto, tal como él expresa en la nota aclaratoria, que el asunto de las cartas venía de su padre, cartero de oficio, y que tras desempeñarse honorablemente en tal asunto, el acostumbrado sentido del asombro de Javier terminó transformando esos recuerdos de la infancia en algo que emula medianamente la sensación de cercanía y confianza que se tienen dos personas estableciendo contacto por misivas, sobre todo cuando el tema de esta parece ser de suma importancia, a tal grado que el centenar y medio de páginas que la integran deberían justificarse por mera extensión.


Lo no tan bueno

El recurso de la novela epistolar se siente forzado, tanto como el monólogo emprendido por la supuesta redactora de la carta que nos pone al tanto. No niego que en algunos pasajes (muy contados) el colmillo largo y retorcido del español reluce como de costumbre, pero termina siendo solo eso, un relleno innecesario, un discurso bien estructurado pero sin esencia. Abordar el tema de la pandemia tan, pero tan inmediatamente, ha supuesto sacrificar un libro que pudo haber sido mejor pensado, el argumento daba, tal vez, para bastante más; no sé si el contrato con la editorial obligó al escritor a apresurar la salida de este texto, pero sin duda, le faltó cocción. Este sonado origen cósmico de la enfermedad pudiera ser irrespetuoso si se mira bajo cierta óptica. No es momento de jugar con la desgracia de millones (no lo pienso así, pero habrá quienes lo señalen de esa manera).

Poco qué ver con el Sierra de antaño, mimando cada palabra en cada cuartilla.


Lo malo

Si alguno de ustedes ha leído a Yuval Noah Harari y su genial Sapiens: de animales a dioses, notará fácilmente y hasta con cierta lástima el pobre intento que hace El Mensaje... al querer narrar el desarrollo de la humanidad. Evidentemente los alcances de Sierra son otros, pero como he dicho, estoy seguro que la idea hubiese prosperado mucho mejor si se dejaba el pastel en el horno por lo menos tres o cuatro meses más. La travesía de las protagonistas a bordo de la diosa amarilla en una ruta europea idílica se hace innecesario ante los recordatorios cada tantas páginas de datos que el propio Javier cita una y otra vez en la respetable prensa española del misterio, que a estas alturas resulta ya repetida y cansina, volcada sobre los temas clásicos con el único y maravilloso respaldo de su profesional trabajo, pero con casi ninguna novedad alrededor de Gobekli Tepe, las ruinas de la España más romanizada y un puñado más que apenas resultan relevantes para los tiempos que corren.

Con ganas de...

El Mensaje pudo haber sido menos aventurero y transformar todas esas teorías sobre el origen panspérmico de la humanidad y su posterior evolución en algún ensayo al estilo de La Ruta Prohibida, lo mismo con la reflexión acerca de la absoluta relevancia del mito como factor de transmisión de conocimiento y cultura; por ese lado, el libro es hermoso, abre la metáfora del saber humano por vericuetos que en verdad sorprenden, pero como he dicho, innecesariamente trasladado a este formato. La historia de respaldo no me conmovió ni dos milímetros, me pareció sosa, lo siento. Me quedo con ganas de leer un nuevo libro del autor, uno que asuma riesgos, sí, pero que en la espera esté el mérito, tal, que justifique la salida de todos sus demonios contenidos hacia este mundo que se nos cae a pedazos.


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lunes, 8 de junio de 2020

Tres cabezas (parte 4 y última)

Por: Gustavo Torres G.

- ¡No se de dónde vino eso! - gritaba desesperado uno de los guardias de Arangio, con uno de los brazos sangrando y en el otro una pistola lista para usarse.
Osmar estaba petrificado, con la mirada perdida, sin crédito de la masacre en la que se había convertido aquello; la oreja izquierda ya no la tenía, en su lugar, una alcantarilla de porquería colorada brotaba espasmódicamente en su costado, sin piel, como si le hubieran pegado y arrancado una enorme cinta adhesiva de un plumazo... o un plomazo, debía decir. Tras la barra, el barman asomaba de cuando en cuando para dispararle a quien fuera, aunque no tenía una jodida idea de la situación, entre su papada y el brazo percutor, la voluminosa masa de músculos hacía ver la automática como si fuera un juguetito escandaloso. Cuatro o cinco disparos seguidos desde fuera deshicieron la balacera casi medio minuto, suficiente tiempo para escabullirme entre las mesas hasta una de las ventanas rotas cerca de la entrada, mi plan de escape se redujo a brincar por ahí hasta encontrar banqueta lo más pronto posible. De suerte que mi sentido perruno me indicó no ir de falda a aquel encuentro, hubiera sido incómodo, si no imposible tratar de saltar sin haber mancillado mi reputación de dama con modales; esos hijos de la chingada tenían todo preparado, como ritual para darme el tiro de gracia ahí mismo, con la complicidad del restaurante y su gentuza, que se habrá vendido por tres pesos, seguramente.

Cinco minutos antes de la hora pactada el tipo fumaba en la terraza del lugar, sus gorilas flanqueaban cada espacio sin disimular ni un poquito; dos dedos al auricular de su intercomunicador cada tanto les daban ese aire pedante que caracteriza a los mercenarios del espacio personal; lentes oscuros y corte a rape en cada costado armaban la pose automáticamente. Mi llegada fue apresurada, más por aspectos técnicos que por ser impuntual, pero eso pasó a segundo plano en cuanto Osmar me vio entrar: la clientela abandonó sus lugares tras la petición expresa de los guardias, mesa por mesa. La cosa se iba a poner fea. El saludo se limitó a vernos a los ojos con evidente desconfianza, pero con un sabor a fascinación mutuo tan potente que cualquiera pensaría estábamos coqueteando. Nada más alejado de la verdad. Yo no tenía idea de los alcances del hombre, pero estaba clarísimo, como pocas cosas, que el espécimen en peligro, la víctima del chacal y su jauría estaba frente a sus narices, me había olfateado kilómetros antes, días antes, meses antes, quizá años. Seguro. Temblé por dentro. Mis vísceras aceleraron el metabolismo en el momento menos oportuno.

- Señorita Rincón... he pasado tanto, tanto, tanto tiempo buscándola, que este encuentro parecería más un conjuro que una reunión de negocios... ¿Entiende? - recitó con aplomo, llevándose una mano al pecho.
- Ni en el peor de los escenarios me hubiese imaginado que tenía que terminar así, querida. Me he esforzado tanto que tendría usted que agradecerme la deferencia... - siguió hablando con un acento apenas perceptible, aunque con reticencias de italiano. Sólo callé, estupefacta. Era la primera vez que nos veíamos y se dirigía a mí como quien le habla a un cercano. No daba oportunidad ni de incomodarme. Y seguía soltando la sopa que nadie le había pedido.

- En el fondo lo sabes todo, Laila. El embudo que provocaste con tu investigación retrasó todo, sin embargo nos trajo inevitablemente hasta aquí, hoy.

Con la más sincera expresión de extrañeza, mi miedo soltó por si mismo una frase: - ¿Todo esto nada más para matarme? - Silencio y sonrisa. Arangio soltó una sonrisa.

- Lo has entendido todo. Así dolerá menos - Sin disimular, sin otra cadencia que no fuese la de estar convencido de lo que iba a hacer, levantó su mano derecha con la palma hacia arriba, en señal de pedir algo, al instante, su guardaespaldas le depositó, al revés, una pistola lista para ser usada; ese medio segundo necesario para acomodársela de tal manera que la puntería asestase su disparo en mi sien, le bastó a uno de mis compañeros en la calle para jalar el gatillo primero: con reflejos felinos, casi sobrenaturales, aquel proyectil destinado a volar en pedazos el parietal de Osmar en caso de emergencia, ahora le arrancaba de tajo un pedazo de cuero, pelo y oído. ¡Pum! Y vinieron muchos más detrás. Y delante. Y debajo, arriba, izquierda, derecha, como gatos boca arriba. Los vidrios en las ventanas, los vasos, algunas manos y ojos, uno que otro diente salieron despedidos tras cada bala disparada. Un ruido de petardos infernal y Osmar, pasmado. No sé cuánto tiempo pasó entre la primera detonación y el momento en que pude salir de ahí. Más vidrios reventaban tras de mí en lo que me colocaba detrás del primer automóvil que encontré. Mi bolso miniatura me parecía más impráctico que nunca, no podía despegar el cerrojito manual para sacar mi arma, las manos temblaban y sudaban a raudales. 

- ¡¿Están viendo eso?! ¡¿Están viendo eso?! ¡¿Están viendo eso?! - repetía alguien, desesperado, casi histérico desde la camioneta de vigilancia. Contra todo instinto de supervivencia, me alcé hasta poder divisar la entrada del restaurante. La gente comenzó a gritar como loca, a huir despavorida desde sus escondites improvisados en la calle, mientras los disparos de mis colegas entraron en una pausa angustiosamente eterna. Cuando entre la humareda pude distinguir algo, era aquel hombre caminando con un chuchillo en la mano y el traje blanco casi completamente entintado en rojo; su silueta hacía más notoria la asimetría en su cabeza tras la oreja perdida, pero conforme se acercaba a mí, el horror me consumía desde dentro inevitablemente... simplemente no podía dar crédito a lo que tenía de frente: Osmar V. Arangio se venía arrancando lo que le quedaba de piel en el rostro. Sentí cómo mis rodillas colapsaban. El calor de las lágrimas en mi mejilla y los orines escurriendo a través de mis piernas eran apenas nada comparadas con el vacío en el alma que me estaba consumiendo desde el tuétano. Amarillos como la pus, con la frialdad con la que mira una serpiente, sus ojos me atravesaban con odio, potente e implacable como el asco que me provocaba la textura de su verdadera cara, esa debajo de la máscara perfectamente articulada sobre las escamas y el verdor humectado, aperlado y brilloso de su cutícula, la auténtica.

- Eres la tercera, querida - musitó con voz siseante - era inevitable, tenía que ser así - aceleró su hablar para levantar su brazo con aquel puñal improvisado y abalanzarse hacia mí desde una distancia absolutamente inaudita; la sombra en el pavimento acarició en solitario todo el recorrido hasta llegar a su objetivo, apenas levantando polvo en su trayecto, casi sin hacer más ruido que el susurro del viento cortándose a su paso.

Disparé.

Como rehilete, se sacudió violentamente en el aire antes de caer al piso. Trastabillando, me acerqué con la firme intención de rematarlo; mis manos actuaron solas: se desprendieron del arma cual papel y tomaron el cuchillo todavía con hebras de su rostro. Algo que todavía no puedo comprender me llevó hasta su pecho, donde clavé mis rodillas intentando frenar su respiración de por sí agitada por los borbotones emanados  de la carótida, ahí había atinado la bala. Poseída por esa fuerza incomprensible, separé limpiamente la testa. Todavía creo haber visto una sonrisa en él un instante antes. Nunca dejé de verlo a los ojos, ellos me contaron todo, ahora le había arrebatado la posibilidad de vivir cien años más sin caer en decrepitud, sin el temor de enfermar o ser descubierto, con la posibilidad de extender su conciencia y su cuerpo en el mismo lugar tanto como fuese posible seguir absorbiendo el dolor y el miedo de sus víctimas, con el ritual que venía compartiendo, ejecutando con su estirpe aun antes de que el ser humano encendiera por su cuenta el fuego que le dio denominación de origen ante el universo y que según su script evolutivo, le daba pase VIP a presenciar el fin de los tiempos junto a todos los demás que desde el inicio lo habían acompañado en esta mota insignificante y azul de la Vía Láctea, pero ahora, todo eso era mío, parte de mí, podía ver con claridad, y lo sigo haciendo hasta ahora. 

Estoy condenada a morir con el sol que me da movimiento y me detendré cuando él lo haga. Consumiré el pánico de tres, cada centuria, para asegurar mi lugar de primera clase en el show inevitable del fin de los tiempos.




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sábado, 30 de mayo de 2020

Tres cabezas (parte 3)

Por: Gustavo Torres G.

Llegué tarde una vez. No podía más con mi alma, estaba peor que en mi época universitaria en eso de las horas dormidas, apenas lograba acumular ocho horas por semana y el café prácticamente había sustituido ese torrente rojo dentro de mis venas. Estaba hecha añicos. El señor Mendizábal mandó llamarme para saber qué estaba pasando, pues en la planta se había corrido el rumor de que consumía drogas o alguna cosa así; con los pantalones y el sostén bailando en lo que me quedaba de cuerpo, pensar otra cosa hubiese sido necedad, sumándole el inusual juego de lentes oscuros que habían sustituido mi jovial mirada matutina, las alarmas para la administración sólo estaban esperando el momento para pescarme. Entre a la oficina de Don Mendi con la preocupación de quien de verdad depende de un empleo como este. - ¿Le está gustando mucho su trabajo, señorita Salas?- preguntó con cierto sarcasmo que no pude interpretar.
- Disculpe, no entiendo su pregunta- respondí, sinceramente confundida.
- Mire, Salas, no andaré con rodeos, sé a lo que usted le está tirando. Lo tengo clarísimo, ¿no ve? - dijo, señalándome directamente a la cara.
- En verdad no sé a qué se refiere. Si es tan amable de explicarme...
- ¡Vamos, Salas! Desde el primer día tu desempeño ha sido e - jem - plar. Nunca había visto a alguien así desde que trabajo para esta empresa pitera. Nadie se chinga el lomo como usted ahí afuera.

Destanteada, preferí guardar silencio hasta que pudiera "caerme el veinte" de lo que me estaban diciendo. Lo de perder el trabajo sólo me alejaría un tanto de mi objetivo final: el asunto de mi venganza legal y personal, aunque con lo que logré sacar de la empresa en ese tiempo, mis superiores tenían que estar más que contentos del botín informativo que representaba mi presencia ahí.

- De más arriba han seguido el orden que predomina en los pasillo, Laila, y están muy satisfechos - Extendió un sobre caqui hacia mí, sobre el escritorio y con una sonrisa bastante honesta, debo decir.
- Ábralo. Le va a gustar - dijo, con un tono casi paterno. En el interior, una invitación de ascenso para mudarme a la matriz de la compañía, en Mazatlán. Tuve que contener la carcajada. Me había tomado tan en serio todo aquello, que sin afán de ser convincente, logré colarme en tiempo récord a las altas esferas de la paletera. Acepté, por supuesto. No porque en realidad lo necesitara, sino porque quien firmaba aquel oficio tenía el nombre bajo mi lámpara: Osmar V. Arangio Tessen.

Pasó una semana hasta que pude presentarme en las instalaciones nuevas, en el inter, una comitiva fue asignada para protegerme en mi nuevo domicilio: tres escoltas personales se turnarían las veinticuatro horas del día para cuidarme las espaldas; estaba sacrificando privacidad para garantizar mi vida, ni modo. La interpol tampoco se chupaba el dedo, estaba claro que este movimiento obedecía a otras cosas más que mi ejemplar desempeño. Arangio Tessen debía tener muy claro quien era yo, así como mi instinto decía que uno de los dos casos en los que estaba involucrada tenían que ver con él directamente. Para nuestra no sorpresa, la cita para platicar del supuesto nuevo rol en la compañía no fue en la fábrica, la secretaria del patrón envió un correo electrónico explicando la forma de llegar a uno de los restaurantes más exclusivos de la ciudad sinaloense. Más claro...

En mis viajes por distintos lugares del mundo, siempre patrocinados por las exigencias de mi trabajo, jamás vi atardeceres más bellos que los del Pacífico mexicano; la suma de temperaturas, salinidad del mar y ambiente en los malecones de cada playa, cada puerto del país, es inigualable. El guinda del ocaso en Mazatlán vaticinaba el final de algo importante. Darren Waltz, mi jefe de escolta, insistía en colocarme equipo de espionaje bajo la ropa, prefería perder el caso con el infortunio de haber sido descubiertos, que con el cargo de conciencia de haber entregado una vida así, por nada. Dos horas antes del encuentro, mis tres ángeles de la guarda ya estaban rodeando el lugar, identificando los puntos de acceso y escape en caso de cualquier incidente. La mezcla de aromas entre la arena y la cocina del local reaccionaban en mi corazón como agua hirviendo, a cada minuto menos en el contador, el sudor en mi frente y nariz amenazaban con delatar el propósito de mi visita...

Continuará...


sábado, 23 de mayo de 2020

Tres cabezas (parte 2)

Por: Gustavo Torres G.

Había dos guardias en la entrada de la bodega. Olía a orín de gato, o rata, no podría asegurar. Al cabo de cinco minutos, el susto me tenía completamente despierta, con un dolor insoportable en la nuca. Salvo dos suburbans ochenteras, el resto del espacio estaba completamente vacío, a excepción, claro, de los tipos con los cuales me había topado antes; supe que eran ellos por el timbre en sus voces, además del perfume barato untado a discreción en el fulano que me estuvo apuntando. En cuanto mis "sistemas" cargaron por completo la escena, la adrenalina comenzó a operar en mi corazón y cerebro como nunca antes. Me puse de pie, respiré hondo y observé con detenimiento el ritual de salida: cada uno de los guardias se trepó a los vehículos disponibles y correspondientes, sin siquiera voltear a donde yo estaba, apagaron las luces y emprendieron marcha. Corrí como alma que lleva el diablo hacia el portón, sentía que no tenía puesto el candado, y así era. Tan increíble como parece, si la intención de estos tipos era secuestrarme, la cosa es que seguramente nunca antes vieron una película de acción.

El tramo hasta llegar a la carretera no era tan largo, aunque de terracería fina. Corrí tanto como un único pie calzado me permitió hacerlo sin sentir dolor en el otro; en un instante, como si la divinidad me protegiese, una patrulla federal se acercó mí, cegándome con sus faros; inmediatamente después, los dos oficiales a bordo se bajaron en mi auxilio. Ahí entendí todo: mi condición era tan deplorable que mis atacantes debieron haber pensado que estaba muerta; la sien, copada de sangre seca, me convirtió momentáneamente en un zombi, con todo y costras alrededor de las cuencas oculares; mi traje de baño, hecho girones tras, seguramente, una arrastrada en la tierra al momento de llevarme a la bodega, dejaba asomar un pecho totalmente raspado y ulceroso. Genoveva Frías, uno de los policías que me rescató, declaró en la central haber sentido asco cuando se acercó a mí, no sólo por cómo lucía mi cabeza, sino porque mi rostro, hinchado de golpes que nunca recibí estando consciente, evidenciaba una paliza brutal que se extendía hasta las pantorrillas, literalmente. Contrario a lo que cualquiera pudiera pensar, aquel golpe en la nuca me salvó la vida, seguramente porque durante la golpiza que de a poco comenzaba a recordar, el trancazo en esa zona me hizo perder el conocimiento, lo que provocó mi desmayo, haciendo creer a esa escoria que habían logrado matarme. Pasaron un par de meses hasta que pude armar una película más o menos completa de esa situación que de ser por mí, hubiese sido preferible olvidar a toda costa, pero era imposible. No, era incorrecto. Me enteré de la investigación en tanto me pude dar de alta, con la todavía incomprensible realidad de haberse encontrado un par de cuerpos en la bodega de la que salí huyendo, cosa que dentro de mi pánico, fui incapaz de percibir. Úrsula y Dalila yacían en aquel horrendo lugar, pero sólo sus cuerpos, de sus cabezas, ni rastro.

A un año de los hechos, sentí que nada de lo que hacía tenía sentido. Recibí un reconocimiento por parte de la Secretaría de Seguridad y lejos de motivarme, el impulso depresivo sobre el cual estaba construyendo mis expectativas, se hacía cada vez más potente. Nada me podría regresar a mis amigas y nada me sacaba de la cabeza que la de la idea de ir a pasar una noche de nostalgia a aquel oscuro lugar, fui yo. Las risas de Úrsula retumbaban en mi corazón cada vez que su recuerdo brotaba motivado por cualquier tontería. Lo peor de todo esto, es que su cabeza cercenada pervivía como un tatuaje en mi memoria. La tortura de aquella imagen se impregnó en mi recuerdo para siempre. Tenía que hacer algo, y el suicidio no era opción. La única manera de perdonarme era haciendo aquello por lo cual la Interpol me había dado su confianza: la habilidad de escabullirme en toda clase de terrenos sin apenas hacer notar mi presencia. Este metro con sesenta y uno, piel morena en tonos de miel y un pelazo azabache que envidaría el mismísimo Spirit, me habían abierto más puertas en cada caso asignado que la placa bañada en oro escondida en mi bolso de mano.

Dediqué la mitad de mi tiempo a seguir mis impulsos, la otra parte la concentré en mis responsabilidades. Escarbando entre papeleos y contactos, pude por fin armar mi caso con un nombre: Osmar V. Arangio. Hijo de Haseem Arangio, un acaudalado empresario italo-iraní radicado en California, Osmar era una auténtica ensalada genética y cultural. Había aparecido algunas veces en la prensa del jet-set apenas siendo la ridícula sombra imberbe de su padre. El relativo bajo perfil del señorito Arangio no permitió seguirle la pista hasta que algún descuidado contador de una de las empresas que manejaba en México a nombre de su padre, en el trajín diario olvidó hacer la cubierta correspondiente al dinero que estaban lavando, aprovechando el éxito de "La Nayarita" en el sur del país. Quedó claro que la única manera de pescar infraganti al junior era desde dentro, así que me contraté como asesora de seguridad industrial en su planta de Tepic. No descansé los siguientes cuatro meses, había que cumplir mi papel de empleada ejemplar, abnegada, mientras el resto de las horas restantes de cada día se enfocaron por completo en seguirle la pista a los asesinos de mis amigas. Volví varias veces al bodegón (acompañada, claro) para armar el mapa de los hechos. Lejos de resultarme chocante, la inyección de ánimo en mi espíritu alentó a mi cerebro a trabajar deliciosamente en segundo plano; cada amanecer significaba para mí un cabo suelto menos, todo el rompecabezas comenzaba a configurarse entre recuerdos de sangre y paletas de fresa con relleno de chocolate.

Continuará...



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jueves, 21 de mayo de 2020

Tres cabezas

Por: Gustavo Torres G.

Soy Laila Rincón Salas, agente de la Interpol, asignado en México. Desde hace un par de años sigo la pista de un presunto traficante de nacionalidad dudosa, pero que por alguna razón, eligió el país de la bandera tricolor. Mi objetivo ha utilizado muchos nombres, casi todos latinoides, parece tener especial apego a las culturas de esta parte del mundo, por mi parte, pensé que me daría igual ese dato, no obstante, el tiempo detrás de sus pasos me fue dando la data suficiente como para entender que todo tenía un motivo.

Por ahí de 1987, el sur de Estados Unidos se había convertido en un hervidero de mierda; toda la frontera sur, especialmente las inmediaciones del Río Bravo, pertenecía a por lo menos docena y media de "empresarios", que era el nombre dado al montón de polleros, coyotes y demás fauna pululante a lo largo de ese entonces relativamente descuidado espacio. No había hora del día en que no se supiera de una nueva incorporación hacia el sur o hacia el norte, personas vivas o muertas serían moneda de cambio para casi todos los involucrados, aunque el principal activo siempre fueron los estupefacientes. Mi experiencia la tuve principalmente en el sur, en el extremo opuesto de la república. Fueron tiempos muy complicados. Aprender el manejo de armas, la metodología de seguimiento o las mil y un formas de aplicar entrevistas a alimañas que prefiero no volver a nombrar, no fue para nada lo más complicado el entrenamiento del estómago y el control de la bilis eran determinantes si una quería lograr algo más allá de sólo cumplir con el papel. El entonces secretario de seguridad, el licenciado Tiago Castro Tule, orgullo de la sierra oaxaqueña (muchos exagerados lo veían como el siguiente Benito Juárez), tuvo para conmigo una actitud visiblemente más severa que para el resto de la corporación y nunca supe por qué, pues desde la academia, donde fungió como tutor, jamás concedió un milímetro. En algún momento llegué a pensar que se trataba de una especie de acoso, pero tampoco tuve elementos para interpretar de facto. Con el tiempo entendí que no era más que otra forma de manifestar su respeto hacia mí, la única mujer de la generación y la única con historial absolutamente limpio tras los primeros cinco años de servicio, al final de los cuales una evaluación internacional terminó por evidenciar ante la sociedad mexicana y el resto del mundo la clase de estercolero que operaba escudado en el poder que les concedía el Estado.

Nayarit, con su calor implacable y sus hipnotizantes playas, fue la primera parada que logró darme una pista verdadera respecto a mi objetivo: su apellido el primero, era Arangio. Logré colarme, por mera casualidad, como infiltrada, en una compañía paletera, ¡sí! ¡Paletas de hielo! Llegué ahí como parte de un convoy diplomático, todo lo que tenía que hacer era asistir a una serie de conferencias dentro del complejo militar de la localidad, asegurarme que se firmaran los documentos correspondientes y entonces estaría libre casi una semana. Así sucedió, con la particularidad de que esos días de libertad los aprovecharía para escaparme por ahí con dos de mis mejores amigas de la preparatoria: Úrsula y Dalila. Con tales nombres de sonoridad bíblica, lo menos que esperaría alguien que no las conociera, sería, por seguro, un par de arpías con tabaco en mano y mirada fulminante. Nada más remoto de la realidad: las dos podían exhalar bocanadas de vainilla al respirar; la mermelada de sus abrazos había que quitarlas con agua salada, y a eso veníamos al Pacífico. Al menos cinco kilos atrás, en la flor de nuestra juventud, habíamos tenido una escapada con toda la generación hasta este mismo punto del país, con el único objetivo de "reventarnos" y desquitar una adolescencia que para entonces creíamos enterna. Un hotel abandonado frente a la playa, al sur de la ciudad, fue nuestro cuartel de felicidad aquel verano inolvidable. Ahora, tantos años después, repetir juerga en petite comiteé nos sabía a pura gloria, aun con trajes de baño que apenas podían contener nuestros abultados encantos, y sobre todo, con la advertencia de los lugareños de que, como había de suponerse, trasnochar en las ruinas de aquel viejo resort abandonado ya no era para nada, tan seguro como recordábamos.

La segunda noche, con el fuego en el centro de la tertulia, Dalila deshilaba cómo es que por culpa de la perra de Consuelo Godoy nunca pudo hacer torcer el brazo a Julio Manríquez, el guapito del 720, entre tanto, entre risas, entre recuerdos potenciados por el alcohol, nos fuimos desvaneciendo hasta no saber más de nada. Sería cerca de las tres de la madrugada cuando sentí el frescor de la brisa marina; el instinto me hizo estirar el brazo en busca de una sábana que nunca llevé, el calor no invitaba a tal despropósito; en su lugar, tras mi muslo izquierdo, un tobillo hizo topar mi mano. Un susto de muerte me hizo levantarme al toque. Frente a mí, una 9mm apuntaba directamente a la cabeza. Con la lumbre apagada, distinguir a mi asaltante fue totalmente imposible, sólo el reflejo de la luna sobre el arma daba pie a tener mis sentidos en total alerta.

- ¿Cómo te llamas? - dijo el hombre tras la pistola, con voz raspada.

No contesté. Apenas podía entender qué estaba pasando.

- ¿Hablas español, pendeja? - preguntó con un ridículo intento de hacer sentir autoridad.

- Te están hablando, ¿No oyes? - saltó una segunda voz desde lo alto de uno de los balcones carbonizados del hotel.

Intenté callar tanto cuanto pude, sólo con el objetivo de no darles todo el control, pero tras otros cuestionamientos cuyo contenido ya no recuerdo, el tipo en lo alto levantó su brazo izquierdo, cargando algo que inmediatamente rompió mi resistencia, doblando mis rodillas instantáneamente y haciéndome estallar en un grito que llegó, seguramente, hasta el poblado más cercano. Las aves alrededor hicieron parecer aquello un coro de aleteos vampíricos, al tiempo que un espasmo en mi corazón rompía la existencia: la cabeza decapitada de Úrsula, todavía chorreando sangre, colgaba de la mano de aquel monstruo de quien no sabía identidad.

Continuará...




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El último sueño: sobre los 30 años del «último baile» con Soda Stereo

Por: Gustavo Torres Gómez 1995 como ecuador de una maravillosa década en lo musical coincidió con la aparición de Sueño Stereo , obra última...