viernes, 1 de julio de 2016

Rubí

Por: Gustavo Torres G.
Hace un rato se dejó de escuchar la radio. Por alguna razón los murmullos de los niños en la calle se convirtieron en un ruido extraño. La calma como tal comenzó a preocuparle, nunca desde que se perdió había tenido la sensación de que todo estaba bien, aunque esta vez sus entrañas emitían tal vibración que pudo haber corrido un maratón ida y vuelta sin cansarse; ¿qué estaría pasando ahí afuera? Quitándose lagañitas, apenas con un camisón blanco encima, tomó valor para hacer a un lado esa sucia cobija de trapos. La excitación de comenzar un nuevo día no se perdía todavía en ella. Respiró lenta y profundamente, en tanto su esmirriado cuerpito de apenas metro y medio de pura actitud se estiraba a modo de calistenia. Un par de huesos tronaron y no pudo evitar soltar la carcajada.

Mucho antes de encontrar esta casa abandonada había conseguido acostumbrarse a vivir bajo los puentes de acceso portuario, el único lugar donde las banditas de la ciudad no cobraban derecho de piso. Una mujercita de su edad aún no levantaba pasiones desenfrenadas entre los niños de la zona, pero sí rivalidades automáticas con el resto de las niñas, territoriales hasta las últimas consecuencias. Los recursos nunca abundaron, la tolerancia tampoco. El barrio no pregunta. Mata. Un día el nivel del mar comenzó a subir y tuvo que buscarse un refugio lo suficientemente sucio como para no atraer a las ratas, lo suficientemente aislado para prender su receptor de radio, único vínculo con un pasado que ya había dejado atrás, pero se resistía a abandonarla.

No había llegado al baño aún, cuando escuchó un rasgueo tras la puerta. -¿Quién será?- Pensó verdaderamente sorprendida; hacía años, literalmente, que no entablaba conversación con absolutamente nadie, mucho menos reveló el escondrijo que utilizaba como domicilio. La sorpresa fue mayúscula: un gato criollo de bigotes elegantes se abalanzó tras sus tobillos y se embarró como si saldara una deuda. Paralizada, apenas notó una lágrima caer hasta el piso; era nada menos que Bastet, la vieja mascota de su abuela, finada cuando ella cumplió los seis. Era ella, sin duda. Ese collar y media oreja derecha no podían ser de nadie más.  Olía a jardín. Levantó la mirada, sintiéndose observada. Todo se puso blanco.

Veía caer una bruma que llegó hasta su cama, en tanto la gata trepó a sus brazos, buscando abrigo. No supo cuándo, pero de pronto estaba con la puerta detrás, sólo la puerta y su casa desvanecida. Tembló por frío o por miedo, al ver de frente una calle absolutamente vacía y sus brazos aún encogidos sobre un animal que ahora tampoco estaba ahí. Creyó escuchar un piano a lo lejos, juraría que una obertura de Prokofiev, como la que pasaban diario en el cierre de su estación de radio a la media noche… pero no era media noche, esta neblina evidenciaba una mañana radiante que el cielo se negaba a asomar.

Una voz tarareaba la melodía que creyó escuchar desde el radio, añadiendo un allegro propio de las mejores escenas de Vivaldi en sus estaciones, desentonando con el frío sepulcral del momento; ese pedazo de tela vieja que llevaba encima apenas servía para detener el vientecito helado del ambiente, cada vez más mordaz e implacable. Ya no sabía si era el suelo cobrando vida, o el cielo cayéndose a pedazos. Como fuese, aquella voz estaba cada vez más cerca y por fin pudo identificar su origen: ¡Venía del cielo! Su corazón se detuvo un momento… aquel cantar celestial tenía mucho de lo que en sus mejores veranos recordaba. Algo de todo aquello no estaba bien.

Nube tras nube, el cielo se fue aclarando, dejando ante nuestra mujercita, el paisaje más hermoso que jamás pudo haber imaginado. De la nada, donde debían estar derruidos edificios y calles de asfalto, postes de tendido eléctrico, basura amontonada y prostitutas vendiendo cualquier cosa que pudieran ofrecer, ahora una vereda de piedras lisas y auténticas paredes de arbustos trifoliados con gigantescos helechos como guías cuesta abajo, abrían paso ante una temerosa e incipiente sonrisa.

Como pudo, evitando pisar alguna espina o traicionera piedra del camino, puso un pie sobre otro hasta acercarse a un inesperado acantilado, donde sintió la confianza de lanzarse, así sin más. La sensación de liviandad había curado desde hacía un rato el escozor de la helada tras la niebla; se sentía preparada para todo, ahora era invencible. Cayó cual hilo al aire: paseada por una fresca ventisca casi al azar. Ya no importaba dónde estaba, ni a dónde iba, todo lo que sentía era felicidad, salida de quién sabe dónde. El sol, a punto de poniente, bañó de dorado todo cuanto la vista alcanzaba a captar, como una caricia en las pupilas, como un regalo divino ante lo cual no puede haber negativa ni objeción. Se sintió más viva que nunca, sin edad, eterna; había vivido por siempre y al mismo tiempo todo comenzaba. El talle, ya desnudo, lijó el agua sobre la cual desplazó su etérea humanidad.

- ¿Tú? – Escuchó de pronto. - ¿Qué estás haciendo aquí? De pronto todo el verdor platinado a su alrededor comenzó a tornarse gris… y de pronto a esfumarse, como la bocanada que se da a un habano. De lo denso a lo liviano, la abuela acaecida dejaba verse de nuevo, acaso preocupada por encontrarse inesperadamente a su nieta en un lugar al que definitivamente no debía acudir aun. –No debes estar aquí, mi niña – dijo con dulzura infinita, y una mano tocándose el pecho, en señal de pena. –Te daré el regalo del tiempo, pero por favor ya no me des un susto como ese, tesoro mío – musitó la anciana.

Qué tan confundida estaba la mujercita, que no supo si correr a abrazar a su abuela o caer rápido en cuenta del derrumbe de esto que definitivamente no era la realidad. Los tallos se volvieron columnas de concreto; las aves a lo lejos, mosquitos en busca de sangre sobre la piel de los brazos; el suelo cálido de un verano utópico, frío asfalto negro y quebradizo. Rachmaninoff al fondo, en una estación de cortísima amplitud, hacía parecer aquello el apocalipsis adelantado de una infancia nunca vivida, el alma vieja de una niña cuya vida nunca fue y hasta en el trance al otro mundo la felicidad le estaba siendo negada.

-Alegra el corazón, mi niña- repetía una y otra vez la vieja, con amor, mientras se elevaba lentamente hasta perderse en las nubarronas que aparecían de nuevo. El camisón blanco se materializaba sobre el bracito enclenque, extendido hacia las arrugadas manos ahora perdidas en el firmamento. Así hasta que se vio de nuevo en su cuarto, sobre un tapete sucio de plástico hecho en China, la mugre sobre las mejillas diseccionada salvajemente por miles de lágrimas nostálgicas y el ruido del radio con su estación favorita mal sintonizada.

La noche cayó al instante. Un hermoso sueño sobre las sábanas de algodón.

Vista desde el cielo, la ciudad no parecía tan mala, incluso para un gorrión como este que había nacido en la falda de una montaña y había visto las delicias de la naturaleza imponerse o caer ante el asedio humano. Conforme acomodaba su vuelo para hurgar en los ventanales de ese modesto hospital, le pareció ver colarse una luz a través de los ventanales. Le dio tiempo para curiosear.

Pero nada que haya visto antes se parecía a esto: vio una sombra de bata blanca desplazarse hasta el vientre de una neófita emocionada a punto de parir.

-¡Es una niña! – gritó el doctor, emocionado.

-¡Imposible! – se dijo el gorrión, al ver aquella luz habitar al nuevo cuerpecito, ahora rebosante de energía. Y entonces entendió.

De vez en cuando, segundas oportunidades se dan a las almas que, víctimas de sus circunstancias, eluden toda posible vía de felicidad y se dan cuenta en último momento que nunca fueron tan plenas, como en la más tierna de las inocencias.


Tocar la puerta a arañazos, comenzó a ser un hábito para una bolita de pelo llamada Bastet, quien en adelante se aseguraría de no dejar a su joven joya enfriarse de nuevo en ninguna bruma, ni brisa advenediza, aun cuando no pudiera protegerla más que en sueños, como sus milenarios antepasados hicieron con faraones y reinas revestidos enteramente en oro, añorando un atardecer perpetuo que ya no diese marcha atrás.



miércoles, 29 de junio de 2016

La huida del asafino

Por Gustavo Torres G.

El arte de la caza  se inventó sobre tierra por necesidad de los primeros humanos, se dieron cuenta que la satisfacción calórica por la ingesta de insectos, frutos y otras viandas regaladas por Madre Naturaleza, se quedaba corta ante el consumo desmedido de energía en esos incipientes, aún encorvados cuerpos blandengues. Costó trabajo hacerse primero a la idea de tomar la vida de un hermano mayor; al principio, ninguno soportó el tacto gelatinoso de las entrañas ajenas, pero la fisiología hizo su trabajo al no dejar opciones, salvo sobrevivir. Tomar una vida no tendría otra justificación que esa. La recompensa a esas largas jornadas tras la desafortunada presa fue siempre, para el cazador, el regazo de su hembra al regresar, o bien, saberse en igualdad momentánea ante el poderío de todas las demás especies animales.
Legitimaba su menú al elegirlo. Ese fue siempre su único distintivo. No se come lo que hay. Se come lo que se quiere. Fue siempre así hasta que negó el placer del sudor, la sangre y el riesgo de su propia existencia al crear el cautiverio y la crianza, aberraciones de la inteligencia humana, de su soberbia, del talante falso de la organización. Negó su propio propósito y pagó el precio: por las noches, cuando las necesidades han sido satisfechas en demasía durante la vigilia, toda su estirpe enfrenta al ancestral espectro de la noche, implacable e inmune al paso del tiempo, aquello tan temido por quienes creen haberlo comprendido.

Anterior a nuestra raza se enfrentaron a tan oscura fantasía tecolotes, ratas, peces y delfines, todos quedaron con heridas noctámbulas para la eternidad. Algunos más afortunados simplemente prefirieron no enfrentarla y perecieron eones antes, ¿o alguien ha escuchado alguna vez de algún tiranosaurio que durmiera?


miércoles, 30 de marzo de 2016

El emblema del estar

Por: Gustavo T. G.

Alejando de toda connotación sexual, la palabra perversión parece perder sentido, aunque es necesario ampliar el abanico de significados si partimos desde la concepción filosófica y hasta artística del término; pervertir es dar la vuelta, dejar de ser como se debería, violentar estructuras morales y definir sin equívocos la supremacía del pervertido, ¿y qué es la perversión sino la ocasión de dar paso desenfrenado a la voluntad y la inteligencia? No pretendo hacer apología de la bestialidad o del instinto animal desmedido en la búsqueda del placer carnal, ni siquiera concibo al perverso (en ese sentido) como una persona, intento abrir paso a un mundo de posibilidades no nefastas desde la cual el afectado/afortunado con trastorno mental de este tipo. Sí la diferenciación con el neurótico, en términos freudianos, en cuya concepción del mundo, el desahogo viene sólo de la laceración propia o ajena, percibiendo en eso regocijo; hablo de aquellos que modifican por necesidad intelectual, espiritual, estética.
Los primeros homínidos, en casi todas sus variantes, tuvieron ocasión de representar la cotidianidad en las paredes de las cuevas que habitaron, plasmaron en su limitada, pura y maravillosa capacidad pictórica aspectos cotidianos como la caza, los rituales o simplemente lo que estaba alrededor, por eso sabemos que tanto en América como en Europa u África, el común denominador para ese modus vivendi no era precisamente la recolección. Cada legado en los estadios de evolución humana ha tenido ese plus no retribuible para la comunidad donde se generó, pero que ha prevalecido el paso del tiempo como evidencia incontestable de las inquietudes metaexpresivas del humano en todos los tiempos.
Saber solucionada una necesidad, cualquiera que sea su naturaleza, implica la correcta administración de las energías para otros menesteres, pero en el curioso, son las nuevas formas de satisfacción de esa carestía las que le significan un nuevo modelo a seguir, ese que no existe y requiere tanto la más férrea voluntad, como el más agudo de los ingenios, porque la perversión no sólo es planeación, sino el emocionante estado de espera a los resultados inesperados. Lo saben los poetas, los dibujantes, el compositor, el amante de la vida. Virar no es regresarse, sino ver el camino como una realidad alterna. Nunca nadie regresó por gusto, sino por voluntad, es diferente; implica lucidez y valentía hacer tal cosa.
Junto con la cultura, la moral es un concepto sumamente ambiguo, tenerlas o no puede ser satisfactoriamente equivalente, al tiempo que contradictorio, pues toda nuestra actividad se supedita inconscientemente a lo que el resto considera culto o moralmente aceptable, en este sentido, el inmoral, culturalmente hablando, alcanza el grado de genio inalcanzable o incomprendido; el inculto, moralmente hablando, es el lado oscuro de la luna, su libertad está coartada por el infortunio de la ignorancia, solapada por la pedantería y temeridad de tal estado. En ambos casos, el impulso de perversión busca genuinamente nuevas formas de hacerse entender por el mundo, con la espera de abrir nuevos caminos desde el terremoto encarnado en su propia personalidad.
Un genuino perverso entiende las situaciones en forma holística, es así porque puede, sobre todo porque decide ser y hacer así, no hay forma de ser explosivo creativamente hablando si el futuro no es transgredido, si las vestiduras no se caen y si no se reconoce la necesidad del paneo sobre una vida a veces atada de manos y pies, y no precisamente sobre una mesa…

Continuará… (si algún grado de perversión me alcanza)

lunes, 19 de octubre de 2015

Una gota sobre la cornisa

Por: Gustavo Torres G.
“El hombre educado (…) está mucho menos expuesto a dejarse dominar por los demás animales”.
Sócrates.

Recién terminaba de leer algunos relatos de Lovecraft, cuando caí en cuenta del estado emocional en el cual estaba envuelto: la respiración acelerada, el corazón dando tumbos casi espasmódicos, la humedad del sudor en las manos y una enorme (enorme) sonrisa en el rostro. Estaba asustado, pero feliz. El asunto de involucrarse con lo que se lee no es precisamente una ciencia exacta, mucho menos existe un método, aunque habrá quienes perjuren poder escanear ocho mil páginas por hora, no veo nocivo darse el tiempo para disfrutar el sagrado acto de la cosecha intelectual (legére, según su raíz latina; etimológicamente hermoso).

Como sea, no sólo en la lectura puede encontrarse realización o desfogue, por supuesto, prácticamente todas las otras áreas del arte tienen, en su concepción o disfrute, la etérea cualidad del desprendimiento. Funciona para muchos lados, las aristas son infinitas. Me gusta entenderlo como la posibilidad de ser un “yo” dentro o sobre a obra misma, como aquel niño que juega a ser Supermán, o la niña que verdaderamente encarna a la enfermera o licenciada.

Hubo siempre un mágico momento en nuestras vidas en el cual los significados inmediatos se transformaron en inspiración: cuando infantes, para volar, curar, criar, manejar o salvar la humanidad; cuando adultos, nos volvemos incapaces de pensar a ese nivel, nos acobardamos ante la incontrarrestable verdad contenida en la muerte de la imaginación, un asesinado, un suicidio. No nos hacemos más grandes, simplemente tapamos esa verdad, aunque, como el superfluo Sonomán diría: “tenemos que resignarnos al hecho de que nunca llegaremos a ser adultos”.

¿Qué pasa cuando dejamos de imaginar por nuestra cuenta? ¿Son los sueños el grito desesperado de aquel chico que corría con capa sobre el césped? ¿Quién es capaz de salvarnos de la muerte espiritual? Las respuestas a esto y mucho más, en el siguiente y emocionante párrafo.
Igual que en universo, aun cuando casi el total de este está compuesto de materia oscura, realmente son las estrellas quienes se llevan el protagonismo, son bellísimas ¿no? Suceden cosas similares en el mundo social: aquellos que con energía de vida* inteligen una realidad distinta (normalmente mejor), ponen a disposición del resto vislumbres de esta voluntad, convierten el ardor de su alma en lo que atrevidamente entendemos y llamamos arte. El artista es el máximo maestro.
Probablemente el mérito de aquel que crea esté en, precisamente, no reproducir lo que se le ha enseñado ya, sino, desde sus capacidades, hacer posible el acercamiento propio y del resto hacia un universo inédito, a veces encarnado en sonidos o la sucesión de este; otras, acomodando manchas o líneas sobre papel, lienzo o cemento; algunos prefieren usar su propio cuerpo, mientras en las sombras utilizan las palabras…

“¿Quién sabrá el valor de tus deseos?” recitaba como lamento el inmortal Adrián Clark, quien añoraba “un maestro, una causa, un efecto”. La obra artística es superior a su creador, luego entonces, la vida puede ser explicada desde el arte, por eso se concibe al nivel del aire mismo. No hay humanidad, no hay dios si el arte muere.

Es endeble esta línea lógica, prácticamente metafísica, pues entonces ¿qué pasa cuando el artista se va? ¿Cómo continuar el camino si el maestro eligió otro plano de la existencia? Uno verdadero continúa otorgando verdades incluso cuando se ha marchado, cuando el camino abierto nos pone de nuevo en posición de imaginar, de transformar la mente en opio de sí misma con el único riesgo de ir más allá de las estrellas que podemos ver, y la condición de adulto no sea otra, salvo la de asumir la responsabilidad de no morir de quietud, como una gota de lluvia, indecisa antes de caer al resbalar de la cornisa.


* Los conceptos de “energía de vida y muerte” llegaron a mí por la genial antropóloga Socorro Guzmán, lo cual agradezco enormemente, pues ha significado una cifra/variable más con la cual sopesar el asunto de entender las realidades.

lunes, 21 de septiembre de 2015

Túnicas

Por: Gustavo Torres G.

En la distancia, una pirámide se bañaba del dorado brillo del atardecer. Sobre la vista se alzaba imponente, una columna de humo blanco, indeterminado entre el producto de una pasiva erupción o simplemente una nube colosal en proporciones. El viento tibio apenas movía las hojas de los árboles.

Cada tanto, los jaguares bajaban a holgazanear en las postrimerías del poblado, un sitio sagrado y de sacrificio. Si bien les iba, uno que otro hueso o el néctar vital aún caliente de los sacrificados caía en algún lugar suficientemente seguro,  entonces toda la familia podía deleitarse sin remordimientos o necesidad de correr. Así funcionaba desde hace mucho.
Cuando el sol terminaba de ocultarse, Saak-Balam gustaba de escaparse de la seguridad de la selva, atravesando corredores verdes y saltando sobre arroyuelos de fantasía; su ímpetu en el vivir nunca se contenía, incluso sus patitas regordetas aun, no eran lo suficientemente largas como para llegar más rápido a donde quería, y eso se estaba volviendo peligroso. Le urgía crecer.

Llegado el amanecer, el joven cachorro había ya recorrido todos los templos y jacales; robado uno o dos guajolotes pelados y admirado la exactitud de los trazos en la avenida principal, mientras todavía le quedaba tiempo de dormitar sobre la orilla de un cenote. El mundo era tan grande como sus patas.
Muchas lunas pasaron, casi tantas como las manchas sobre su preciosa piel. Saak-Balam había aprendido a entrar y salir de la ahora metrópoli sin ser detectado, incluso de día. Se había convertido en un experto mimético y su velocidad era tan vertiginosa que incluso las aves le envidiaban. A pesar de todo, el mundo del hombre le pareció siempre lo suyo, hubiera preferido andar sobre dos extremidades, en lugar de cuatro. Las ensoñaciones después de cada atraco eran cada vez más fuertes, siempre lo vinculaban con su añoranza de ya no esconderse al andar entre calles, o el de poder asir delicadamente cada bocado antes de pasarlo por el pescuezo; comenzó a ser víctima de sus propios deseos, un prisionero de la libertad.

Cierta tarde de verano, antes de cerciorarse que podía acceder a las inmediaciones de la gran ciudad, un impulso extraño le invitó a quedarse dormido; no opuso resistencia a pesar de todo y subió con una habilidad sorprendente, a un árbol tan grueso, como su propia longitud. No había terminado de cerrar los ojos, cuando la sensación de caída se hizo patente: el golpe fue durísimo, pero muy suave, como un cuchillo al enterrarse en la arena. Se quiso incorporar para lamerse cualquier posible herida, aunque le fue imposible, no por la ausencia de estas, sino porque la lengua ya no le alcanzaba a tocar salvo las comisuras labiales y su piel, ahora lampiña, carecía de motas, en su lugar, poros y sudor. Trastabilló hasta poder incorporarse sobre dos poderosas piernas, ante el asombro de verse por primera vez las manos.

Los hermanos de Saak-Balam, asustados después de algunas vueltas de sol por no encontrarlo más, se acercaron a la gran ciudad, y gritando como sólo su instinto les había enseñado, reclamaron a los hombres la devolución, pues el aroma salvaje aún se despedía del cuerpo convertido. En respuesta, los guerreros hicieron llover flechas y piedras a la frontera verde, pues consideraron perjurio. 

Aún la balista estaba bañando en dolor a la manada, cuando el propio transformado corrió tras el jefe del ejército humano, pero ya era tarde; los suyos, los originalmente suyos, le lloraban desde la muerte, sus heridas no emanaron carmesí, sino que expandieron una capa oscura sobre los pelajes. Con el tiño terminado, un nuevo aliento les levantó y entonces se marcharon, se hicieron llamar oncas, los oscuros, para recordar el luto por la pena del hermano que quiso cambiar de alma.

Saak-Balam aun recorre las ruinas de aquellos quienes le merecieron admiración, lo hace sobre todo en las tardes de verano, cuando el sol pinta de oro todo cuanto sus cansados ojos alcanzan a ver.


-Para Gabriela, a quien, en la distancia,  le encomiendo una misión de bienestar.

viernes, 18 de septiembre de 2015

Uróboro

Por: Gustavo Torres G.

Un bajo y una batería sonando. Loop divino, agresivo, sensual. El synth esporádico tras el rock crudo casi me eriza la piel. Tres notas más y no podré seguir caminando, el espíritu casi revienta mis sentidos. Ya no me importan las miradas, mi trayecto está hecho, el contoneo seguirá ofendiendo a todos, pero la música no parará, y mi cuerpo tampoco.
Estos lentes tras el aparador son lo único que desviarán mi destino, y no por mucho tiempo… ¡Auuuuuuh! Va a ser complicado dejar de enamorarse de mí. Este ritmo es infernal. Es hermoso. ¡Es rock! Y soy suyo, y nada lo va a evitar. Esa vieja loca de las flores me grita algo, enfurecida, pero no sé qué es lo que dice. Me da risa. La amo.

Soy el extranjero autoexiliado; entre botas de pitón y sombreros de vinyl colorado, mi piel curtida resiste los gargajos de la multitud. ¡Ridículo! ¡Mamón! Son pétalos de rosa que se cuelan entre las bocinas y mis oídos, que siguen besándose a cuatro tiempos, los mismos que hay dentro de mi pecho, potente y rebosante ¡Cuanta vida por consumir!

Mientras la noche cae, todo se vuelve más claro, ya no veo los cuerpos sobre la banqueta, ni los camiones, ni los primores a cuatro ruedas, sólo es mi música y yo. Ella me dice “te amo” y le creo, sé que no me traicionará, su résped sagrada ya me ha recorrido; el orgulloso imbécil no se puede resistir ante esta diosa de siete brazos, que los usa para moverme entre el púrpura real y la más oscura de las verdades, que me ha llevado a aquel plácido campo de frutillas de mermelada y me ha traído a bordo de un camión de fibra melancólica hecho cerca de Buenos Aires.

Estoy poseído, pero esto ya no tiene sentido, ni mis brazos, ni mis piernas, ni mis lentes de 29.90 son capaces de contener esto que es pura energía, soy yo, pero soy todo lo demás, y ya no soy nada. 
Me da miedo, pero me excita, porque no he parado de vibrar, porque ya soy uno con mi hermosa sacra, y viviré para siempre, mientras haya tiempo y alguien con ganas de escuchar.



-Para un Abril que eterniza las primaveras.

lunes, 31 de agosto de 2015

Sobre el miedo y su evolución: una perspectiva parasociopsicológica. (parte 2)

Por: Gustavo Torres G.
Parte 2

Miedo al dolor.
Si bien el placer de vivir está dado mayormente por la posibilidad de percibir el mundo a través de los sentidos, la capacidad de modificar la naturaleza a nuestro antojo o conveniencia, desencadenó un desafortunado malentendido entre lo que se volvió parte de la solución a necesidades mínimas de supervivencia, o lo que simplemente devolucionó en caprichos.Me explico: para resguardarse de los peligros de la naturaleza, nuestros antiquísimos antepasados recurrieron a la síntesis del refugio natural; abstrajeron la idea de la cueva, ese lugar confortable en las laderas de cerros y demás accidentes geográficos, crearon su propia versión de éstas pero con la ventaja de ubicarlas en lugares abiertos, sin depender del azaroso hecho de que exista tal cueva. Y entonces las cavernosidades artificiales  fueron agrandando y complejizando hasta el punto de lo ridículo. ¿Una mansión de mil metros cuadrados para una familia de tres individuos? ¿Una casa de 54 millones de pesos y sin biblioteca? ¿Blanca? ¿Ninguna de estas es mía?

La protección perdió sentido cuando además se volvió aislamiento. La casa no es para vivir, el hogar verdadero es el ambiente de afuera, pero lo quisimos entender mal, porque el mundo más allá de las paredes sigue mordiendo y eso representa dolor. En el afán de protegernos, nos insensibilizamos, nos convertimos en nuestra propia cueva, que mágicamente aísla del sufrimiento porque este se considera no sólo evitable, sino indeseable, aberrante. Por supuesto, lógico es pensar que no hay necesidad de padecerlo, pero, sin el afán de ser mínimamente masoquista, me parece que el dolor representa la oportunidad (la única verdadera) de encontrarse consigo mismo.

 En alguna de sus banales obras, Todd McFarlane se atrevería a decir que "el dolor aleja la mente de distracciones y da acceso al conocimiento", y aunque la frase pierde sentido (casi) cuando se trata del sufrimiento físico (sobre todo de terceros), dentro del contexto sociológico y psicológico, se vuelve una máxima, una ley matemática. Todo incidente de impacto emocional para el individuo o colectividad se vuelve instantáneamente una oportunidad de mejora, el paso necesario para regalarle a la existencia por lo menos un viso de evolución, la reacción ante lo que evidentemente no está bien, una ocasión de ver hacia atrás y despedir, de arrancar las costras de aquello que, aunque fue parte de uno, mutaron en el cuerpo extraño ávido de una energía que ya no estamos dispuestos a compartir. Esa casa puede llenarse de adornos y pretender que es bella, cumple su función de refugio, pero si no se reconoce lo necesario del dolor como impulso para crecer, cualquier castillo puede ser prisión.

Lo maravilloso de considerar a las personas como parte de una conciencia en colectivo, es sin duda este asunto casi metafísico de “si le pasa a uno, le pasa a todos”, no sólo en plano metonímico de la expresión, sino como una realidad precientífica (ante la cual una inminente explicación racional, seguramente merecerá un artículo de mi parte). Aquellos gigantescos organismos fungiformes de cientos de hectáreas y miles de años de edad (como los existentes en algunos bosques estadounidenses), palidecerían al conocer la capacidad psíquica de los grupos humanos, cuando en reacción a lo que les afecta, generarían tal cosa como el “dolor social”. Es triste descubrir de pronto cómo la anestesia mediática/cultural ha surtido un efecto devastador en países como México; desaparecen diariamente cantidades ingentes de conciudadanos y el corpus ni se inmuta.


Alguna vez escuchaba a un entrenador de boxeo decir que no se debe golpear demasiado seguido al oponente en la misma zona, porque el primer trancazo le va a doler, pero el segundo ni lo sentirá. Creo eso pasa acá, es tan cotidiano, tan normal, que parece no existir ese algo lacerante; mientras las raíces se consumen, las hojas en lo alto perviven esperanzadas en un cielo que nunca alcanzarán. La multitud no le teme al dolor, porque vive en él. Es ya parte de su naturaleza. Es más, nuestros milenarios antepasados lo usaban para contentar a sus dioses; no sé si algún resabio genético mictlantecuhitleco en nosotros nos impulse desde el inconsciente a seguir aceptando a nuestros masacrados como ofrenda divina.

viernes, 28 de agosto de 2015

Sobre el miedo y su evolución: una perspectiva parasociopsicológica.

Parte 1
Por: Gustavo Torres G.

El mundo quiere matarnos, eso es un hecho. La adaptación de la especie humana al entorno propio (la "civilización") es tan poderoso que no sólo ha terminado por establecer el único ecosistema posible a través del cual un individuo pueda desplegar todo su potencial, y como una ley física, el costo de esta dependencia implica también transformaciones profundas en el adalid de nuestra gloria y sufrimiento: el pensamiento, los retruécanos de nuestra actividad característica como seres vivos superiores (¡ja!). Cualquier cosa que represente riesgo a esa condición humanizante desemboca en una de las reacciones universales para todo el reino animal: el miedo.

Miedo a la muerte.
El más primigenio de los instintos es aquel que nos previene y alerta de morir. Dejar de vivir no es negocio para ningún ser vivo, a menos que, como en ciertas tragedias shakespereanas de la naturaleza, la muerte simbolice sólo el inicio de un nuevo resplandor; me viene a la mente aquel poético acto de amor materno en la cual cierta especie de calamar se deja morir una vez que ha ovulado, para que sus crías, una vez fuera de sus cascaritas, utilicen el cuerpo de su santa madre como alimento. "¿Qué es más bello que la muerte?" diría el divino Zeus en la gloriosa Wrath of the Titans (2012). Y sí, la sola idea de abandonarse a lo único en verdad inevitable, tendría una connotación sólo entendida como una liberación, un encuentro con el universo, si lo vemos con un mínimo de sentido panteísta. ¿Hay entonces razón para temerle?

No se le teme a la muerte, se le teme a seguir vivo. (De nada). Es el paso hacia el otro lado de a frontera lo que siembra en el corazón de las personas la necesidad de un Cancerbero, la horripilante angustia de sentirse abandonado, en medio de un camino neblinoso, a través de un pantano silente, abierto, iluminado sólo por aquello que consideramos esperanza. Si un atisbo de temor se asoma en ambos lados de la existencia, sería el de la soledad. Tememos a morir porque ahí abajo, dos metros bajo tierra, dentro del hornito, en las fauces de los zopilotes siberianos o en el rito sanguinario del Tíbet, en todos estos lugares, estaremos absolutamente solos. No sé si la aceptación de esa condición salve de la locura, pero es cierto que haría llevadero el trance de regreso hacia el seno cálido de Mamá Tierra. "Comprender que solo estar, es más puro", rezaba el poeta Adrián C. Clark.

Miedo al amor.
El infinito Óscar Wilde aseguraba: "the mistery of love is greater than the mistery of death" y probablemente haya tenido razón. En un universo de posibilidades, es incluso más probable aquella vieja idea medieval de la generación espontánea, que eso de que el amor exista, sea cual fuere la noción que tengamos de este. Como si de un fantasma se tratase, las personas parecen invocarlo, para demostrar ante sí mismos algo cuyo intelecto apenas comprende, aún más cuando de verdad el espectro logra materializarse ante los ojos del incrédulo o el escéptico.

El amor es un algo tan potente, tan superior a quien lo solicita, que invariablemente termina por espantarlo. Daría mi (guajira) fortuna asegurando que esta bendita especie, llamada humanidad, le teme más a los efectos del amor y al amor en sí mismo, que a la propia muerte. Es la más bella de las contradicciones: por un lado, el infectado de amor busca remediar su mal en el otro, entregando su vida en ello, creando los escenarios sobre los cuales este horrible y sensual Fantomas ha de hacer su acto; no le importa morir, pues le teme más al incumplimiento del compromiso que su corazón y espíritu han pactado en silencio, que a la pacífica entrega del ser hacia la nada. Morir no duele, amar sí. La gente es muy coyona; le teme al piquete de las inyecciones, ni modo que al amor no.

Miedo a la oscuridad.
Aún antes de saber que vamos a morir, o siquiera a saber que tal vez algún día nos enamoraremos, existe la certeza de la oscuridad. Termina el Padre Sol su jornada laboral, no somos nada sin él. La teoría de cuerdas o las diez mil cuarenta dimensiones de Michio Kaku palidecen sólo de enfrentar la realidad inevitable: la otra dimensión está aquí, y es la noche. Se entiende perfecto entonces el hecho de tener en el astro rey a la más potente de las deidades: Inti, en Perú; Ra, en Egipto; Helios en Grecia; Cristo con los hebreos; Tonatiuh con los aztecas... todos gozaron de pleitesía infinita de parte de sus creyentes, quienes prefirieron entregar sus vidas al servicio del honorable, que quedarse a tientas en la oscuridad. Las tinieblas son cabronas.

Nada más hacerle frente a la naturaleza ya de por sí despiadada de día, ahora de noche, el miedo estaba más que justificado, si se habla de los albores de la civilización. La oscuridad fue sinónimo de bichos y bestias indescriptibles (si no se veían, cómo se iban a describir, ¿verdad? ¡dahh!), pero también de la oportunidad de dejar volar la imaginación, esa que no se amedrenta a plena luz, pero que encuentra su elemento en los recovecos de la madrugada o la cálida estimulante luz de una lámpara o una vela. Los humanos no le tememos en realidad a la oscuridad, nos aterra nuestra cabeza, nos inmovilizamos, volvemos increíblemente vulnerables ante lo que pensamos que es. 

El coco no es el eterno espectro de nuestra niñez, es la transfiguración semántica de un temor mucho más profundo y encarnado, es el miedo a uno mismo, a lo que no conocemos, a la sensación de soledad que no se cura ni en la más presumible madurez, ni se aplaca prendiendo el foquito del baño. La oscuridad es la acuarela que ha instalado la muerte en el museo de la vida, y por tanto, sabemos insalvable.

Continuará...



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