Por: Gustavo Torres Gómez
Es como el
duelo: se parte de la negación, hay broncas internas qué
solucionar, cierta negociación, la consabida depresión y al final
no queda de otra más que aceptar. Está ya disponible en Netflix
la última adaptación al cine (digital en este caso) de la más
grande obra de la literatura mexicana en cualquier género: Pedro
Páramo, del inmortal Juan Rulfo.
Supongo que
pasó lo mismo para quienes admiramos tanto al autor como a su
novela, desde que se anunció la primera reacción no pasó por lo
positivo sino todo lo contrario o sea, ¿Cómo se atreven a intentar
trasladar otra vez algo cuya naturaleza es totalmente literaria? Ya
se había hecho tres veces en el pasado con resultados bastante
cuestionables, en algunos casos hasta ridículos, como en la versión
del 1967 donde a razón de quién sabe qué se puso de protagonista a
John Gavin, actor gringo “de segunda” en palabras del
mismísimo Ignacio López Tarso, lo que restó de la fuerza
necesaria para retratar al cacique decentemente y dejó muy lejos la
posibilidad de ver al personaje principal tal como la lectura es
capaz de proyectar; en su lugar quedó en la pantalla un tipo bonito
carente absoluto de las tablas necesarias, un trabajo de edición tan
lamentable que se logran ver las “costuras” para medio subsanar
el despropósito de la actuación del gringo y por último el casting
mal aprovechado que en otras circunstancias pudo haber dado tal vez,
una de las películas más memorables en los anales del cine
nacional.
Pedro
Páramo de ficheras
Vino luego
la versión de 1976, de la cual me gustaría dar más opiniones
positivas de las que merece pero es que... Ay, mi México. Tiene el
encanto propio del cine de la época, con su tonalidad cromática, el
uso de efectos de sonido artesanales en post-producción que son una
gozada, pero ante esos elementos lo de pertenecer a la época dorada
de las películas de ficheras le cobra factura, sin mencionar las
“licencias literarias” que se toma, absolutamente innecesarias,
antiestéticas y hasta vulgares, como la escena de la noche de bodas
donde Doña Dolores Preciado, interpretada por Blanca Guerra
regala un desnudo gratuito (o sea, gracias) y un momento de pena
ajena con el brujo del pueblo cuyo tono es absolutamente ajeno a lo
necesario para el momento, ni qué decir de lo que sucede entre los
dos después... evítense el asco mejor. Lenta, sosa, de mal gusto,
ridícula por episodios, esta obra dirigida por José Bolaños es una grosería
escupida directamente a la figura de Juan Rulfo y por qué no, atole
con el dedo para la población mexicana estúpida que dio pie a este
tipo de bodrios.
La de
1981
Los ochenta
tuvieron su Pedro Páramo con la actuación estelar de Claudio
Brook, pero esa versión no he tenido oportunidad de ver, así
que reservaré comentarios para mejor ocasión.
Ahora sí,
la de Netflix de 2024
Ahora, a
finales de 2024 Netflix toma el riesgo de hacer adaptaciones
de dos monumentos literarios latinoamericanos: Pedro Páramo
de Rulfo y Cien Años de Soledad de Gabriel García
Márquez, del primero opinaré en breve y del segundo espero
poder librar la curiosidad por ver, dado que prefiero mantener en mi
memoria y corazón los rostros, voces y paisajes que las letras me
han dado.
Ver y
escuchar la materialización de lo que ha estado tan encarnado en la
memoria es fuerte. Resulta complicado aislar la emoción al ir
desenterrando de la memoria los instantes que tejieron en la
imaginación las palabras de Rulfo, tan justamente elegidas, con
carga estética propia, de poesía incomparable. Sigue siendo
imposible transformar en fotogramas frases como “Faltaba mucho
para el amanecer. El cielo estaba lleno de estrellas, gordas,
hinchadas de tanta noche. La luna había salido un rato y luego se
había ido. Era una de esas lunas tristes que nadie mira, a las que
nadie hace caso. Estuvo un rato allí desfigurada, sin dar ninguna
luz, y después fue a esconderse detrás de los cerros”.
Todavía preguntan por qué Rulfo es quien es. Aconsejo ver alguna
entrevista del maestro para guardarse su voz en el sistema y a partir
de ahí cada cita que se lea tenga textura. De nada.
¿Cómo
hacer entender a los no lectores que no es la trama lo intraducible
al cine sino la experiencia lectora? Simplemente no hay comparación.
En tanto el cine expresa su valor en el poder de la imagen, cómo es
posible componer a cuadro con lenguaje propio lo que se quiere decir
con o sin palabras, con ayuda o no del sonido, la literatura exige la
estimulación intelectual de cada lector donde se manifiesta para
poder ser comprendida en toda su dimensión, siendo paradoja en sí
misma pues la aparente limitación de “únicamente usar palabras”
es justo su mayor fortaleza, de ahí que se recree en la mente según
la potencia y riqueza de pensamiento del mismo.
Dicho lo
dicho, no se le debería exigir a una película darnos los matices de
los que dispone un maestro como Rulfo en el uso de la palabra
escrita, sino apuntar a las posibilidades narrativas desde sus
propios recursos, dejando de lado la obra original dado que la
confrontación no tiene sentido. Esta versión del director mexicano
Rodrigo Prieto es única, tal vez la mejor que se haya hecho
sobre el reconocido libro. Teniendo el respaldo presupuestal de
Netflix, entendiendo esta misma que no se trata de cualquier historia
sino de una de gran valía artística mundial, es notorio para cada
toma el cuidado que se ha tenido en respetar la envergadura del libro
no haciendo nada de más, siendo fieles hasta donde ha sido posible
según el intento de calca (el orden de narración es prácticamente
el mismo), tomando los diálogos tal cual se leen en el material
original y dando la batuta a gente con camino recorrido a fin de
garantizar la mejor película posible. En la pantalla se van
dibujando los recuerdos de cada página leída con fidelidad, con
poco para el reproche. Mientras en las películas del pasado se dio
ambientación casi permanente de desolación, acá la oscuridad y la
oportunidad de mostrar el realismo mágico en todo su esplendor se ha
tomado con cautela pero exitosamente, cosa que fue imposible de hacer antaño debido a limitaciones tecnológicas. Ver los saltos
temporales en la Comala efervescente del ayer, verde, llena de
vida, luminosa, rebosante de la energía con el trajín de su gente
para luego ir a la cálida oscuridad del presente en la piel de Juan
Preciado es maravilloso. No recuerdo alguna otra obra cinematográfica
de raíz mexicana tan espléndida visualmente. La escena de las almas
en el centro del pueblo consumiendo en miedo a Juan es muy pero que
muy bonita, de buen gusto, siendo el pretexto argumental perfecto
para pasar de ahí en adelante a las voces en off de él y Dorotea en
ese papel de narradores ya como muertos que se resignan a pasar la
eternidad en las entrañas de un pueblo que parece no perder vigor a
pesar de no tener a nadie vivo entre sus calles.
“Ya
déjate de miedos. Nadie te puede dar ya miedo. Haz por pensar en
cosas agradables porque vamos a estar mucho tiempo enterrados”
le dice Dorotea a Juan intentando calmarlo en su nueva condición de
muerto. La genialidad de Rulfo en todo su esplendor y la inteligencia
de Rodrigo Prieto para componer visualmente eso sin dejar de ser cine
y sin perder la potencia literaria de origen. Un aplauso.
La
perspectiva poética dentro del análisis de la realidad nacional en
Pedro Páramo merece análisis mucho más sesudos que este, pero no
deja conmover hasta las lágrimas (a mí me pasó, lo confieso) la
integración de potentísimas líneas que aparentemente no
contribuyen directamente al hecho cinematográfico, pero siendo
tomado literalmente del libro, así en bruto, cobra un valor
emocional brutal:
“Las
campanas dejaron de tocar; pero la fiesta siguió. No hubo modo de
hacerles comprender que se trataba de un duelo, de días de duelo”*.
Es
increíblemente disfrutable el trabajo de fotografía y sonido; la
música de Gustavo Santaolalla es tan exquisita como siempre,
justa, poderosa. A quien haya jugado The Last Of Us o visto la
serie homónima en HBO entenderá al instante la idoneidad de
haber elegido a este tipo para el ambiente que se quiso retratar.
Mis peros
Suma totalmente aquello de haber traducido al dedillo el libro, sin
embargo también existen puntos flacos que merecen la pena ser
señalados, vaya, que no es una película perfecta. Para empezar, el
casting pudo haber sido un poco mejor, hay altibajos y hasta mentadas
de madre al espectador mexicano específicamente, por ejemplo la
participación de Julieta Egurrola y Roberto Sosa...
¿En serio? Digo, en ambos casos sus papeles pudieron haber sido
dados a casi cualquier otro, especialmente el de ella, que
interpreta a la abuela Preciado, papel menor; en el caso del Padre
Rentería lo que hace Roberto es maravilloso pero mi queja va más en
el sentido de pensar que la paleta de actores disponible para hacer
cine mexicano debía estar ya a estas alturas totalmente renovada,
nada más faltaba que pusieran a uno de los Bichir en el
elenco. No sé si tiene
que ver con la capacidad actoral o la falta de guía por parte del
director, pero lo mostrado por Ari Brickman en su papel de
Bartolomé San Juan y lo de Ishbel Bautista es de
flojera, en el nivel de actuación de lo que se podría ver en
cualquier telenoverla de Televisa. Todavía no logro emitir un
juicio para el trabajo de Ilse Salas (Susana San Juan), igual
porque creo que podría ser más un asunto de dirección que de
capacidad actoral, dado que su personaje es la representación del
abuso en toda su desgracia y esplendor, con lo contradictorio que
pueda parecer la frase, siendo el contraste del impacto en pantalla
lo que más choca pues su contraparte adolescente (Sarah Rovira)
destaca por lo bien que se manejó frente a cámara.
El último
acto no es malo realmente, sin embargo se hace corto el descenso
progresivo del protagonista al morir Susana, lo que resta a la
desolación con la que debería percibirse el último suspiro del
cacique que transformó su dolor en muerte para todos, incluyendo la
tierra bajo sus pies.
Conclusiones
No hay lugar
a dudas, en la terna de filmes rulfianos este se lleva todos los
honores, apenas arriba de El Gallo de Oro, descarte narrativo** del
jalisciense que alcanzó a ver pantalla grande cobijado hermosamente
por los inmensos talentos de Ignacio López Tarso y Lucha
Villa (brillando como siempre) que solo “pierde” frente a la
producción de Netflix porque esta última lleva una intención
artística bastante marcada y superior, pero en ambos casos el
espíritu del prócer de las letras mexicanas está imbuído con
enorme respeto y gracia.
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*
Interpreté la noción de un México posrrevolucionario todavía
creyendo que la lucha ha acabado cuando resulta evidente la
inscosciencia en relación a la situación precarísima del país en
todos los sentidos, especialmente en la identidad moral de la que
poco se habla y mucho se padece.
** Rulfo
nunca quiso que El Gallo de Oro se llevara a la pantalla grande
debido a que la consideraba una obra inacabada, además de ser un
texto realmente pequeño (se lee de una sentada en un par de horas si
se tiene voluntad). Hay multitud de ensayos al respecto realizados
por académicos y especialistas tanto de cine como de literatura y
todos coinciden en el diagnóstico: Rulfo tenía razón. Tanto libro
como película me siguen pareciendo maravillosos y me parece que
dados los resultados, Netflix podría arriesgarse a hacer una nueva
adaptación con los estándares de calidad actuales.
Comala en Streaming: comentarios sobre la adaptación de Rulfo al cine digital © 2025 by Gustavo Torres Gómez is licensed under Creative Commons Attribution-NonCommercial-NoDerivatives 4.0 International 


