miércoles, 29 de junio de 2016

Altar

Por: Gustavo Torres G.

La joven Schwinger no podía creer la fortuna de sus amigas para encontrar el amor, especialmente cuando a pesar de ser (en sus propios ojos) la mejor dotada intelectual y físicamente, parecía no importar siquiera a los del concejo. Todo recurso disponible en la Tierra para defender a la humanidad de la invasión plutoniana dependía de la democrática y voluntaria selección del mejor partido posible en este planeta. Ese joven rey interplanetario aceptaría dejar a todos en paz, si podía llevarse consigo la afrodita que nunca encontró en los otros ocho; dijo alguna vez haber entrado al sol para negociar con los helioditas acerca del mismo asunto, aunque definitivamente supo, desde el inicio, que no estaba en posición para eso. ¿A quién se le ocurre dispararle a las escopetas?
La desgracia de Marisa Schwinger venía desde hacía muchas generaciones, cuando el Tercer Reich ejecutó su programa eugenésico en las postrimerías polacas. 

Dijo su propia madre alguna vez:
- Heredaste la hermosura de tu padre, y por desgracia, ese maldito gen atávico que persigue a las Seymour desde que llegaron de América, ese que hace a todos temernos. No te culpes por ser una diosa, no hay amor que esté a tu altura.

Recordó eso desde aquellas primeras mariposas de la adolescencia, cuando la lista de reconocimientos académicos y coronas de beldad atascaban las paredes de su habitación, igual que las cicatrices de su corazón, roto igual o más veces. De nada le sirvió su herencia genéticamente perfecta, planificada, si el peso de esa mezcla de sangre le haría sufrir para siempre en los recovecos amargos de la soledad.

Ahora, doscientos años después de los absurdos que terminaron creando su linaje, la ira de un monarca estelar estaba a punto de partir este mundo en dos si no se le entregaba al epítome de la evolución humana. Marisa sabía, sin incomodarse por la modestia, que ese título, ese honor, la cúspide de lo que podía ser pulcro e impecable, era ella.

Todas sus conocidas, las feas, las guapas, las tontas, las geniales, encontraron un par con quien departir destinos, todas un escalón o dos debajo de ella en el ascenso evolutivo, aunque a pesar de eso, más cerca de ser elegidas por aquel ser a quien se ofendió soberanamente al enterarle la categoría a la cual se bajó su lugar de nacimiento siglos atrás, sin saber los inútiles que Plutón no era otra cosa, sino la sombra del planeta tetradimensional sobre el cual nació Éstigos, el mismo que ahora anhelaba el amor.

Cierto día, cuando la ceremonia de las naciones terrestres se preparaba para la ceremonia de entrega, el plutoniano, con su visión de cuerdas súper avanzada, logró captar desde su estación espacial, junto a la luna, un movimiento vibratorio extraño proveniente de algún lugar cercano. Primero pensó en Mona, la princesa selenita con quien salía en su adolescencia, pero recordó que había muerto de un extraño susto hacía poco más de siglo y medio. Examinó de nuevo su recuerdo de su visión y vio que era de algún lugar de la Tierra. Rápido como el pensamiento, Éstigos se teletransportó hasta la campiña donde una mujer de impresionante presencia borraba aquel paisaje verde y fresco. Algunas hojas sobre el suelo se movieron con el calor emitido en el corazón del rey, ahora absolutamente tomado por la señorita Schwinger, quien por alguna mística razón, sabía el lugar exacto en donde se encontraría con el destino.


La tez absolutamente rosada del viajero no coincidía con su constitución física: un portento por donde se le apreciara, altísimo, superior en estructura a cualquier humano que haya existido, con una mirada de convencimiento apenas encima de sus propias expectativas sobre la mujer a quien ahora dedicaría el universo entero, de ser necesario.

Estando ya de frente, ella sonrió, lanzó su mirada hacia el horizonte tras él, se acercó para darle un beso y continuó su marcha hacia ninguna parte. El vestido sobre su cuerpo reaccionó a la ondonada sobrenatural del frío emanado del corazón del soberano, quien entendió al instante que no había ser en esta dimensión digno de semejante deidad; ella misma se dio cuenta, mientras una vorágine espectral consumía este pequeño punto azul el en universo, con todas sus risas, desgracias e historias… todo absorbido sin querer por el corazón roto de un dios, literalmente agrietado, descubriendo un vació sideral que tragó todo a su alrededor, menos la luz de la belleza en Marisa, suspendida ahora para siempre, por siempre en la inmensidad del espacio.



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