miércoles, 29 de junio de 2016

La huida del asafino

Por Gustavo Torres G.

El arte de la caza  se inventó sobre tierra por necesidad de los primeros humanos, se dieron cuenta que la satisfacción calórica por la ingesta de insectos, frutos y otras viandas regaladas por Madre Naturaleza, se quedaba corta ante el consumo desmedido de energía en esos incipientes, aún encorvados cuerpos blandengues. Costó trabajo hacerse primero a la idea de tomar la vida de un hermano mayor; al principio, ninguno soportó el tacto gelatinoso de las entrañas ajenas, pero la fisiología hizo su trabajo al no dejar opciones, salvo sobrevivir. Tomar una vida no tendría otra justificación que esa. La recompensa a esas largas jornadas tras la desafortunada presa fue siempre, para el cazador, el regazo de su hembra al regresar, o bien, saberse en igualdad momentánea ante el poderío de todas las demás especies animales.
Legitimaba su menú al elegirlo. Ese fue siempre su único distintivo. No se come lo que hay. Se come lo que se quiere. Fue siempre así hasta que negó el placer del sudor, la sangre y el riesgo de su propia existencia al crear el cautiverio y la crianza, aberraciones de la inteligencia humana, de su soberbia, del talante falso de la organización. Negó su propio propósito y pagó el precio: por las noches, cuando las necesidades han sido satisfechas en demasía durante la vigilia, toda su estirpe enfrenta al ancestral espectro de la noche, implacable e inmune al paso del tiempo, aquello tan temido por quienes creen haberlo comprendido.

Anterior a nuestra raza se enfrentaron a tan oscura fantasía tecolotes, ratas, peces y delfines, todos quedaron con heridas noctámbulas para la eternidad. Algunos más afortunados simplemente prefirieron no enfrentarla y perecieron eones antes, ¿o alguien ha escuchado alguna vez de algún tiranosaurio que durmiera?


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